Un agente se enfrenta a un manifestante, mientras otro es detenido, durante una protesta contra el ICE en el barrio de La Villita de Chicago, Illinois, el pasado 4 de octubre. Reuters
EEUU Suben un 183% las consultas en EEUU sobre doble nacionalidad por la erosión democrática y el clima de terror del ICECrece el temor de que, mañana, las mismas herramientas del Estado que hoy se usan contra el “otro” terminen aplicándose contra cualquiera que disienta.
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Luis Villajos Publicada 24 febrero 2026 19:00h Actualizada 24 febrero 2026 21:02hLas claves nuevo Generado con IA
Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, cada vez más estadounidenses miran a Europa no sólo como un cambio de rumbo vital, sino como una vía de escape preventiva, una especie de plan B, ante un país que sienten cada vez más irreconocible.
Sólo en el primer trimestre de 2025 se dispararon un 183% las consultas de ciudadanos estadounidenses sobre dobles nacionalidades y residencias alternativas en comparación con el mismo período en 2024, según un estudio publicado recientemente por Henley & Partners, una firma global de asesoría especializada en residencia y ciudadanía por inversión.
Este salto refleja, en buena medida, la reacción de parte de la ciudadanía al avance de políticas migratorias agresivas como las de ICE y a la erosión paulatina de las garantías democráticas en Estados Unidos bajo la Presidencia del republicano.
La política migratoria de Trump y las crecientes atribuciones del ICE "socavan" la democracia de Estados Unidos, denuncia HRWEn los últimos años, la frontera entre seguridad y persecución se ha difuminado para millones de personas en EEUU: redadas, detenciones arbitrarias y deportaciones aceleradas han dejado de ser algo que solo afecta a indocumentados sin recursos.
Bajo un clima de polarización extrema, muchos ciudadanos con residencia legal -e incluso con nacionalidad estadounidense- temen convertirse en víctimas colaterales de una política migratoria de 'mano dura'.
Los asesinatos de Renee Nicole Good y Alex Pretti, ambos de 37 años, ocurridos en enero en las calles de Mineápolis a manos de agentes migratorios siguen muy presentes en la memoria colectiva.
La pregunta que muchos se hacen ya no es sólo "¿qué derechos tengo?", sino "¿quién me va a defender si el Estado decide ir contra mí?".
Carteles en las calles de Mineápolis con los rostros de Renee Nicole Good y Alex Pretti, disparados mortalmente por agentes migratorios. Reuters
La lógica del "por algo será" se ha instalado en parte de la opinión pública: si alguien es detenido por ICE, si alguien entra en un listado, si alguien es objeto de vigilancia, se presupone culpa.
Esa presunción social de culpabilidad, respaldada por políticos que señalan a migrantes, activistas o periodistas como "enemigos internos", erosiona el núcleo de la democracia liberal.
Sin frenos ni contrapesos
En paralelo, el andamiaje institucional que debería actuar como freno empieza a mostrar grietas.
La colonización partidista de los tribunales, los ataques sistemáticos a la prensa crítica y la deslegitimación de los procesos electorales han dejado a una parte de la población con la sensación de que los frenos y contrapesos en Estados Unidos ya no bastan.
Si un gobierno decide utilizar los recursos de inmigración, seguridad interior o inteligencia contra determinados grupos, ¿hay suficientes cortafuegos para detener el abuso? Cada vez más personas responden en privado que no, y empiezan a buscar respuesta en otro continente.
La obsesión por el control migratorio ha sido el laboratorio perfecto para ensayar herramientas que después pueden ampliarse al resto de la sociedad: bases de datos biométricas, sistemas de vigilancia masiva, cooperación entre agencias y militarización de la vida cotidiana.
Lo que comenzó como un discurso contra "ilegales" se ha ido expandiendo hacia estudiantes, solicitantes de asilo, beneficiarios de DACA e incluso ciudadanos naturalizados. El mensaje subliminal es claro: tu estatus puede cambiar si el poder político decide reescribir las reglas.
En busca del antepasado europeo
Ese clima empuja a muchos estadounidenses de origen europeo a desempolvar árboles genealógicos, partidas de nacimiento y registros parroquiales en busca de un abuelo italiano, irlandés o español que les abra una puerta de salida.
No es solo nostalgia ni turismo de raíces: es la construcción deliberada de un plan B jurídico frente a un eventual endurecimiento autoritario en casa.
El pasaporte europeo se convierte así para muchos en un salvoconducto potencial si el entorno político estadounidense cruza líneas que hace unos años parecían impensables.
Europa, a ojos de estos solicitantes, sigue siendo uno de los pocos espacios donde el Estado de derecho, por muy tensionado que esté, conserva mecanismos de protección más robustos para la prensa, la oposición política y las minorías.
Aunque el viejo continente también vive su propia ola reaccionaria, se percibe que los márgenes de actuación de un gobierno frente a los ciudadanos están más acotados que en un sistema donde la seguridad nacional y la lucha contra la inmigración han servido para justificar casi cualquier exceso.
Miedo económico
El miedo también es económico, pero ligado a decisiones políticas: la privatización creciente de servicios esenciales, la captura corporativa de instituciones y la incapacidad del sistema para limitar la influencia del dinero en la política alimentan la sensación de que el voto ya no basta para cambiar el rumbo.
Si las grandes decisiones se toman a puerta cerrada y el ciudadano medio solo entra en juego como espectador polarizado en redes, buscar otra ciudadanía suena menos a traición que a instinto de supervivencia.
A este cuadro se suma un factor generacional: jóvenes profesionales, muchos de ellos progresistas, que crecieron creyendo en el relato de Estados Unidos como faro democrático, se encuentran ahora con un país donde los derechos pueden retroceder por decisión de un tribunal y donde el desacuerdo político es respondido con leyes antiprotesta y persecución selectiva.
En ese contexto, trabajar a distancia desde Lisboa, Berlín o Barcelona no es sólo un proyecto vital atractivo; es también una forma de retirarse de la primera línea de fuego.
El resultado es una paradoja amarga: mientras Estados Unidos se presenta al mundo como garante del orden liberal internacional, una franja creciente de sus propios ciudadanos se plantea en silencio cómo cruzar la puerta de salida si las cosas se tuercen.