Si el sexagenario de la esquina de la calle Goya con Serrano terminara sometido a las leyes de la termodinámica y mientras se prueba el chaleco de plumas que acaba de comprar en Uniqlo se desplomara víctima de un golpe de calor, al espabilarse podría creer que se acaba de plantar en las puertas del Cielo: en la mañana del sábado, los bafles de Colón inundan el barrio de Salamanca con las voces del coro que, desde una esquina de Cibeles, se prepara para la Misa del domingo. Santo, Santo, cantan, Santo es el Señor. Cuando Doris, Mildred y Verónica recorren Recoletos, la estrofa asegura que bendito es el que viene en nombre del Señor. Ellas, desde Granada, lo hacen en el de la Inmaculada Concepción. Llegan sin hábito, pues para moverse por la ciudad la ropa civil demuestra sus ventajas, en busca del espacio que ocuparán mañana durante la celebración de la Eucaristía. Andan también detrás de «una renovación. El Papa viene de las periferias de Perú y ha tocado las realidades del dolor. Creo que él puede transmitir la complejidad verdadera del mundo».
Algo más al norte, mientras, rodeados de flores minúsculas de los colores del Vaticano, en las terrazas los comensales aliñan su tataki de res con estrofas de Panis angelicus, Kenia, de veintipocos, vestida de blanco y naranja, corre al puesto de voluntaria que le han asignado. Llega ya tarde. Debe comenzar a señalar a los fieles los accesos subterráneos que les permitirán localizar el sector desde el que, esa tarde, podrán formar parte de la Vigilia. Quienes en la puerta de la iglesia de San Francisco de Borja comparten uniforme con ella saltan a la carretera en cuanto, desde la otra acera, divisan a un grupo de peregrinos con banderas y mochilas. Tienen agua para todos, anuncian, ¡y cuartos de baño! Una familia sigue las indicaciones y entra en el edificio. Antes de desaparecer, el pequeño frena de golpe y mira atrás: «Oye, ¡¿y si es una trampa y nos secuestran?!».
Secuestrado, se asume, está el sentido de la estética del programador de vitrinas publicitarias de la calle Velázquez. Mientras el sucesor de Pedro abandona el air-fryer portátil en el que se ha convertido el papamóvil, accede a un BMW con aire acondicionado y saluda con la ventana abierta a los fieles que lo saludan desde Goya, el anuncio de La luz, la película sobre los abusos sexuales en la Iglesia, protagonizada por Alberto San Juan, da paso en un parpadeo al anuncio de la visita papal. Nadie presta atención a la estrategia de comunicación, de humor casi florentinesco. Una madre y su hija trotan hacia el límite establecido por la policía cargadas con bolsas de Primark. ¿Ha pasado ya, ha pasado ya? Mientras a su espalda una mujer envía al grupo familiar el vídeo de una mano que, con manga blanca, se agita desde un coche, el barista de una cafetería de Príncipe de Vergara vuelve por donde ha venido. También él tiene que elevar el espíritu de sus peregrinos, puntuales y exigentes: atiende en una cafetería llamada Religion.
En la calle, entre autobuses que sacuden la bandera del Vaticano, el primer milagro en vida de León XIV puede intuirse: los taxis de Madrid circulan al fin vacíos, bombillitas verdes que aceleran aquí y allá. La misma se enciende en la plaza de Lima. Frente a miles de personas, media docena de jóvenes tiene permiso para plantear al Papa sus dudas. León XIV ha mostrado una fuerza vital solo antes registrada en la biografía de san Lorenzo, al que, cuenta la leyenda, sus torturadores pasaron por la parrilla: él, con una sonrisa, ha sobrevivido al número musical de Godspell, la obra de Antonio Banderas en la que se alaba a Dios con un vestuario como extraído del archivo de Agatha Ruiz de la Prada. Al micrófono, el Papa canaliza el cambio en la identidad de la religión que ha contribuido a que los jóvenes vuelvan a Misa: temor y amenaza se disuelven frente a la alegría. El diablo, había intuido C. S. Lewis, se agazapa en el daño. Dios se revela en el gozo.
«Las ideologías pasan y la verdad permanece. Dios es Verdad: si algo te lleva lejos de Él», responde el Papa a una veinteañera, «no es verdad ». Engordar la propia popularidad «avivando el fuego de la polarización», había puntualizado al mediodía, viola la dignidad humana. El mensaje de paz, añadió, encuentra «acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas». El lunes, cuando León XIV deba hablar en el Congreso de los Diputados, al Vicario de Cristo en la Tierra le tocará hacer de cerrajero.