A la sombra de la historia
Suicidios en la Catedral de MálagaCrónica negra. Un vecino de Coín se arrojó desde su torre y otro individuo se pegó un tiro en una de sus capillas, según consta en los propios archivos del templo malagueño
Regala esta noticia Añádenos en Google Capilla del Sagrado Corazón. (SUR) 23/07/2026 a las 02:00h.Patrocinado por:
Quizá los dos lugares preferidos por los suicidas malagueños sean la torre de la catedral y el Tajo de Ronda. Nos centraremos en este texto ... en dos suicidios que han tenido como escenario la Catedral de Málaga aunque es seguro que hubo más. Alejandro Torres de León era vecino de Coín y de buena familia. Decidió arrojarse desde la torre de la Catedral el 6 de marzo de 1899. Nosotros hemos obtenido la información de un recorte de prensa conservado en el Archivo Díaz de Escovar, que escribió el propio don Narciso, pues también ejerció como periodista.
Gratificación
Aquella mañana el campanero no se encontraba muy bien y, además, su mujer estaba gravemente enferma. Así que, después de darle una gratificación, el visitante abandonó la vivienda del empleado catedralicio y siguió subiendo la torre acompañado por una hija de este, que tampoco notó nada sospechoso. Pasado un cuarto de hora, la chica bajó con la respiración entrecortada y, muy nerviosa, explicó que el hombre se había descolgado por uno de los balcones que daban a la plaza del Obispo y, desde la cornisa, amenazaba con arrojarse al vacío, gritando a las personas que pasaban por la calle Molina Lario y por la plaza.
El campanero, que se había vuelto a acostar, se levantó de un salto y se dirigió presuroso al lugar donde el visitante amenazaba con tirarse. Allí pudo ver cómo «el perturbado» -como le llama Díaz de Escovar- se quitaba con parsimonia el reloj, el sombrero y la chaqueta y se dirigía a él para decirle: «Me mato bajo mi responsabilidad». Luego se lanzó y cayó sobre la acera, a unos tres metros de distancia de la escalinata de la puerta principal de la catedral. Su cabeza quedó destrozada sobre el pavimento. En ese momento, las campanas de la catedral daban las dos menos cuarto de la tarde.
Nuestro amigo Alberto Palomo, sacristán de la catedral, ha buscado sin éxito en las actas capitulares del Cabildo algún tipo de mención a esta desgracia. Sin embargo, sí ha conseguido localizar otro caso de suicidio en las actas que se custodian en el Archivo Catedralicio. Este tuvo lugar tan solo siete años antes, el jueves 5 de mayo de 1892. Al final de la tarde, a punto de cerrar la última puerta del templo, un «desgraciado» que había entrado en la catedral poco antes se descerrajó un tiro «por debajo de la barba» y quedó en estado gravísimo a consecuencia de la detonación. Según aseguran las actas, vino el juez y se retiró al herido para su curación aunque, teniendo en cuenta la naturaleza del disparo, creemos que es probable que no salvara su vida. No conocemos su nombre.
El suceso tuvo lugar al pie de la grada de la capilla del Sagrado Corazón, que es la segunda a la derecha entrando por la puerta principal. El Cabildo se reunió con urgencia para tratar de resolver «acerca de este caso en extremo desagradable que acababa de ocurrir». Acordó retirar de inmediato el Santísimo Sacramento de la catedral y trasladarlo a la aledaña iglesia del Sagrario. Y se decidió informar al señor obispo de lo que había ocurrido, para hacer al día siguiente, a primera hora de la mañana, la reconciliación de la catedral de manera que «no sufriese interrupción ni retraso alguno la celebración de la santa misa y divinos oficios en la forma y horas acostumbradas». En efecto, el derecho canónico establece que, cuando en un templo existiese derramamiento de sangre, aunque no mediara muerte alguna, la iglesia debía volver a consagrarse. Y a esta labor se dedicaron los canónigos de la catedral a la mañana siguiente.
Las dificultades de hoy en día para subir a la torre del templo
Subir hoy a la torre de la catedral no es fácil. Para poder hacerlo, nosotros pedimos un permiso al Cabildo, con una justificación razonada (Víctor Heredia y yo queríamos estudiar los grafitis del cuerpo de campanas), y firmamos un certificado que exoneraba a aquel de responsabilidad ante cualquier desgracia o incidente que pudiera acaecer. Pero en otros tiempos bastaba con dar una propina a alguno de los habitantes de la catedral, ya que hasta no hace mucho en el templo vivían el campanero, el sacristán, el organista y otros trabajadores encargados de su mantenimiento. Hasta algún canónigo residía en alguna de sus dependencias, que formaban una pequeña ciudad.
Cuentan que el poeta Emilio Prados era amigo de un canónigo, tachado de revolucionario, quien le franqueaba el acceso. En una ocasión, estaba en lo alto de la torre, acompañado de Manuel Carmona, asomado a uno de sus balcones, ambos balanceándose con los pies colgando fuera del campanario. Allí el poeta le hizo a su amigo el siguiente comentario: «Es muy posible que, pegando un salto, no cayera, sino que saldría flotando». Emilio Prados era famoso por anécdotas surrealistas como esta.
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