LA TRIBUNA
Talento, competitividad y futuro empresarialEn la empresa se adquieren habilidades técnicas y competencias para toda la vida
Regala esta noticia Añádenos en GoogleNATALIA SÁNCHEZ ROMERO
VICEPRESIDENTA EJECUTIVA - SECRETARIA GENERAL DE CEM
22/06/2026 a las 02:00h.Hablar hoy de empresa es hablar, necesariamente, de personas. Puede parecer una afirmación evidente, pero conviene recordarla en un tiempo en el que la actividad ... empresarial se interpreta a menudo a través de resultados, ratios, márgenes, balances o indicadores financieros. Sin restar valor a esa dimensión, es necesario poner el foco en un aspecto fundamental y trascendente: la empresa es, ante todo, un proyecto humano. La suma de quienes la impulsan, la gestionan y, desde cada puesto de trabajo, la hacen posible cada día. Por eso, cuando hablamos de talento y empresa, no hablamos de un asunto accesorio ni de una moda vinculada a la gestión de personas. Hablamos de una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. La capacidad de atraer, desarrollar y fidelizar talento se ha convertido en un factor decisivo para la competitividad, pero también para la cohesión social, la igualdad de oportunidades y la confianza en el futuro.
La empresa es uno de los grandes espacios de desarrollo de las personas. En ella se aprende a trabajar en equipo, a resolver problemas,, tomar decisiones, convivir con la incertidumbre y transformar el conocimiento en resultados. En la empresa se adquieren habilidades técnicas, y competencias que acompañan toda una trayectoria vital: compromiso, criterio, autonomía, disciplina y creatividad. Por eso, invertir en talento no es solo una estrategia empresarial; es una inversión social.
Pero para que esa inversión dé frutos, debemos asumir que el talento también ha cambiado. Las nuevas generaciones se incorporan al mercado laboral con preguntas, prioridades y expectativas distintas. Buscan aprendizaje, confianza, coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, liderazgo cercano, propósito y posibilidades de crecimiento. No se trata de idealizar ni de contraponer generaciones, sino de comprender que cada tiempo trae sus códigos y que la empresa que quiera atraer talento joven debe ofrecer algo más que un puesto de trabajo: debe ofrecer un proyecto.
En este punto, tenemos una responsabilidad compartida. Los jóvenes deben ocupar el lugar que les corresponde y asumir el protagonismo que les toca ejercer en una etapa de cambios. Pero no basta con pedírselo. Debemos ayudarles a hacerlo posible. Eso exige mejorar la conexión entre educación y empresa, reforzar la formación profesional, acercar la universidad a la realidad empresarial, orientar mejor las vocaciones, facilitar primeras oportunidades y acompañar el aprendizaje. El talento joven necesita confianza, pero también exigencia; oportunidades, pero también cultura del esfuerzo.
La tecnología añade una dimensión nueva a este debate. La inteligencia artificial y la automatización van a transformar muchas tareas, pero no sustituyen aquello que hace singular al talento humano: el criterio, la ética, la empatía, la creatividad, la capacidad de liderar, cooperar y tomar decisiones en contextos complejos. Por eso, la formación continua deja de ser una opción para convertirse en una obligación compartida. Las empresas necesitan actualizar capacidades, y las personas necesitan aprender durante toda su vida profesional. Ahora bien, no podemos pedir a las empresas que afronten solas este desafío. Para formar, contratar, invertir, crecer y generar entornos atractivos se necesita un marco que acompañe. La sucesión de cambios normativos, la carga administrativa, la inseguridad jurídica o el aumento de costes afectan especialmente a las pequeñas y medianas empresas. Defender el talento exige defender condiciones que permitan a la empresa desarrollarse: estabilidad, confianza, diálogo social, flexibilidad, seguridad jurídica y políticas alineadas con la realidad económica.
El liderazgo es otro de los grandes ejes. Durante demasiado tiempo hemos asociado liderazgo con jerarquía, cuando liderar significa generar confianza, orientar, escuchar, compartir información, reconocer el esfuerzo y ayudar a otros a crecer. La cultura de una organización no se escribe solo en un documento; se construye en las decisiones diarias, en la coherencia de sus responsables y en cómo se sienten tratadas las personas. Una empresa con cultura sólida no solo atrae talento: lo convierte en compromiso.
La hoja de ruta debe partir de una premisa: las empresas están comprometidas con la formación, la integración y el desarrollo del talento en un entorno cada vez más exigente. Ese compromiso necesita un marco que lo acompañe: un sistema educativo conectado con la realidad empresarial, políticas que favorezcan la inversión en personas, marcos laborales equilibrados y una cultura social que reconozca a la empresa como espacio de progreso. También exige seguir fortaleciendo modelos de dirección basados en la confianza, la responsabilidad y el desarrollo profesional.
El futuro del talento no se juega en un único ámbito. Se juega en la colaboración entre todos. Porque cuando el talento crece dentro de la empresa, no crece solo una organización. Crecen las personas, crecen las oportunidades y crece la sociedad que somos capaces de construir.
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