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Tezanos le lamía las botas y al Sha de Persia le gustaba

Tezanos le lamía las botas y al Sha de Persia le gustaba
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Carta del Director Carta del Director Tezanos le lamía las botas y al Sha de Persia le gustaba Publicada 26 abril 2026 02:28h

Hay veces que progresista rima con narcisista y eso puede dar lugar a situaciones tan grotescas como peligrosas.

No se pierdan la que describe Scott Anderson en el primer capítulo de "Rey de Reyes" su obra magna sobre la caída del Sha y el triunfo de la revolución islámica en Irán.

Mohammed Reza Pahleviquiso pasar a la historia como el gran modernizador de su país. Algo así como un monarca ilustrado, dos siglos después de la Ilustración.

Pero nunca olvidó que, como "luz de los arios, sombra de Dios en la tierra" y no sé cuántos títulos más, ocupaba el Trono del Pavo Real heredado de su padre.

Junto a su joven y carismática esposa Farah Diba introdujo la moda occidental, las costumbres y fiestas occidentales. Hasta el paroxismo del banquete interminable de Persépolis para celebrar, con cocineros y vituallas de Maxim’s, el bimilenario de Ciro el Grande.

Siendo ese su referente histórico, no es de extrañar que, tras la fachada de cambio acelerado que presentaba al exterior, los rituales de la corte siguieran anclados en el despotismo oriental del imperio persa.

En el inmenso despacho del Sha sólo había una interminable mesa vacía, a la que los secretarios transportaban los documentos requeridos. Ningún ministro o dignatario tenía donde sentarse.

Despachaban de pie ante su amo y señor, después de besarle la mano. Cuando se retiraban andaban hacia atrás para jamás darle la espalda y al salir hincaban la rodilla en tierra.

"Mohamed Reza Pahlavi desdeñaba casi tanto como gozaba del servilismo extremo de los que se arrodillaban ante él", escribe Anderson. "Desconfiaba de las palabras almibaradas de sus aduladores, aunque exigía oírlas".

Se las daba de avanzado, pero era un narcisista de manual.

Tezanos le lamía las botas y al Sha de Persia le gustaba. Javier Muñoz

Así las cosas, no es de extrañar que sus colaboradores terminaran siendo seleccionados "más por sus limitaciones que por su destreza". Y que la manera más práctica de competir por el favor del Sha fuera sobrepasar en sumisión voluntaria a los demás.

"En 1970, el ministro de Asuntos Exteriores se había acostumbrado a sobreactuar -explica Anderson – y en lugar de contentarse con el besamanos, se postraba en la alfombra del despacho para besar los zapatos del Sha".

La biografía de tan obsequioso canciller, por nombre Ardeshir Zahedi, es un ejemplo palmario de que hay regímenes en los que cuanto más bajo te arrastras, más alto terminas llegando.

Primero se casó con la hija del primer matrimonio del Sha y luego fue por dos veces embajador en Washington, donde pudo reproducir su "teatro cortesano", agasajando a Elizabeth Taylor, Barbra Streisand y otras celebridades del momento.

Sobrevivió más de cuarenta años a aquel a quien le lamía las botas y murió a los 93 con tiempo suficiente como para haber vivido la hostilidad hacia Irán del primer mandato de Trump. La resumió retocando la famosa cita de Churchill sobre Rusia: "Una táctica de presión, envuelta en belicismo, escondida en una quimera".

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Pero lo que nos importa no es el efecto catapulta que impulsó a quien se rebajaba tanto, sino la mirada que le dirigía el Sha cuando respiraba a sus pies gotas de sudor hidrocálido. Porque "el rey no se dejaba impresionar por su alarde y a menudo le dejaba en ridículo". Por ejemplo, ante el primer ministro.

Pero nunca le decía que no volviera a hacerlo.

Reza Pahlavi que viajaba a Washington y Londres o esquiaba en Saint Moritz, sabía que esa forma de vasallaje era una hipérbole que rozaba la abyección. Que de ninguna manera podía representar la relación entre un monarca y sus súbditos en la segunda mitad del siglo XX.

¿Por qué lo permitía o más bien lo fomentaba? Probablemente porque en la exageración del gesto de sometimiento veía esa otra orilla sobre la que podía asentar el puente de su salto hacia la modernidad.

Exactamente eso es lo que le ocurre a Sánchez cada vez que el director del CIS, arrastrándose por el suelo como una babosa, le trae su barómetro mensual de intención de voto.

La ridícula situación le servía para percibir que, si actuaba como un monarca abierto al cambio, lo hacía por su propia voluntad y buena disposición. Porque podía ejercer el absolutismo en cuanto prefiriera hacerlo; y ahí estaba uno de sus más ilustres vasallos tendido a sus pies, simbolizando la sumisión del pueblo, con toda su degradante obscenidad.

Había una realidad paralela en la que el Sha podía entrar y salir a conveniencia. No se la creía, pero la disfrutaba.

Exactamente eso es lo que le ocurre a Sánchez cada vez que el director del CIS, arrastrándose por el suelo como una babosa, le trae su barómetro mensual de intención de voto.

En octubre del año pasado, con Santos Cerdán todavía en la cárcel, el CIS dijo que el PSOE aventajaba en quince puntos al PP. ¿Por qué no convocó entonces Sánchez elecciones anticipadas?

¿Por qué no lo hace ahora, cuando en pleno juicio contra Ábalos y recién procesada su esposa por cuatro delitos de corrupción, la diferencia a su favor sigue siendo de trece puntos?

Es obvio que Sánchez siente un íntimo regocijo cuando recibe esos sondeos. Y no sólo por la humillación personal a la que, se somete un sociólogo profesional como José Félix Tezanos, al verse obligado a falsear los datos de participación y el recuerdo de voto para que le salgan las cuentas.

También, sobre todo, por la humillación colectiva que la pública asunción de esa mentira significa para la sociedad.

En el libro de Luis Haranburu Altuna "Pedro Sánchez y el síndrome de Narciso" se identifican varios de los rasgos que confluyen en esta contumaz oficialización de lo inverosímil: "sentido grandioso de su propia importancia", "fantasías de éxito ilimitado", "necesidad excesiva de ser admirado" o "actitudes y comportamientos altaneros".

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Los sondeos del CIS vienen suponiendo para el presidente una especie de vendetta virtual respecto a las derrotas reales que una y otra vez viene sufriendo su partido en las urnas. Incluida la de las generales del 23 con él mismo como cabeza de cartel.

Losiraníes se muestran levantiscos, hay desazón en las calles y hostilidad en las mezquitas, pero todo un ministro besa las botas de su amo y señor mientras le trae noticias de Kissinger.

El PSOE pierde en casi todas las autonomías y la gran mayoría de capitales de provincias y Feijóo le saca a Sánchez más ventaja que la de Aznar a González, pero el jefe de la demoscopia oficial pronostica un nuevo advenimiento del mesías progresista en su cuarta reencarnación.

No hay amarga derrota que no se compense con un dulce augurio. Sobre todo, si con su difusión masiva, puede convertirse en profecía autocumplida.

Pero, como decía Brecht, no aceptemos como normal lo que tan sólo es habitual. Ni siquiera en las dictaduras más asentadas reptaban en los años 70 los ministros por las alfombras de palacio como en aquel Irán.

Sánchez no puede salir a la calle; su Fiscal General ha sido condenado; su lugarteniente primero está siendo juzgado; su lugarteniente segundo, su hermano y su esposa lo serán pronto; las luces se le apagan; los trenes le descarrilan; su gobierno lleva tres años sin aprobar presupuestos y va a perder por inepcia 20.000 millones en fondos europeos.

En ningún otro Estado miembro de la Unión Europea existe una institución pública que se comporte como el CIS. Estamos ante un caso flagrante de malversación de caudales en concurso ideal con un presunto delito electoral continuado.

Yo no digo que metan a Tezanos trece o quince años en la cárcel, pero merecería tener que pagar un millón por cada punto de desviación entre este pronóstico y el resultado de las próximas generales.

Si Tezanos ha batido ya con creces el récord de duración en el cargo —lleva los mismos ocho años que su jefe— es porque ha creado un limbo para Sánchez. Y, lo que es peor, un espacio intermedio entre el mito y la realidad, en el que la comunicación política siempre barre hacia la Moncloa.

Sánchez no puede salir a la calle; su Fiscal General ha sido condenado; su lugarteniente primero está siendo juzgado; su lugarteniente segundo, su hermano y su esposa lo serán pronto; las luces se le apagan; los trenes le descarrilan; su gobierno lleva tres años sin aprobar presupuestos y va a perder por inepcia 20.000 millones en fondos europeos.

Suma y sigue, pero Tezanos le da trece, quince puntos de ventaja. Los que hagan falta para levantarle el ánimo.

El barómetro del CIS no es un pronóstico. Es un desafío de la guardia pretoriana del palacio dispuesta a la mayor bajeza para mantener a su ídolo en pie.

El barómetro del CIS no es una fotografía. Es un virus que va inoculando la desconfianza de la ciudadanía en su propia percepción coincidente con las demás encuestas.

El barómetro del CIS no es una fuente de información. Es un diseminador de incertidumbres que pretende instalar en el público ese no saber a qué atenerse que inconscientemente lleva a muchos a promediar.

Si el consenso de los demás sondeos dice que el PP ganaría por cuatro puntos y el CIS que el PSOE ganaría por trece, a ver si al final Sánchez no ganará por un poco y hasta logrará seguir en la Moncloa…

El barómetro del CIS no es una broma. Es un oprobio que envilece a quienes participan en su elaboración e infecta a quienes atienden a su contenido.

Para crear esa desazón que enseguida deriva en el chequeo de todos los defectos imaginables del jefe de la oposición, al director del CIS no le basta con besar la mano o hincar la rodilla. Tiene que rodar por el suelo y mimetizarse con la alfombra.

—Aquí está, gran Señor, el resultado de este mes. Trece puntos de ventaja, mi venerado amo.

—¿Y la hecatombe de Andalucía, José Félix? ¿Cómo le explicamos a María Jesús que el CIS no acuda también en su ayuda?

—Cuando una causa es imposible, mejor abandonarla. Acertar en Andalucía ayudará a que se crean nuestra intención de voto nacional. Por cierto, qué brillantes y suaves parecen hoy sus botas, mi Señor.

***

El barómetro del CIS no es una broma. Es un oprobio que envilece a quienes participan en su elaboración e infecta a quienes atienden a su contenido.

Sólo tiene una virtud. Es un heraldo del cortejo triunfal que lo arrasaría todo en el caso de que Sánchez lograra perpetuarse en el poder. Nadie podrá decir que no estaba avisado.

Si Sánchez no ha sentido rubor, vergüenza ajena, ni siquiera empacho de oropel y éxtasis imaginario, durante estos ocho años en los que Tezanos no ha dejado de falsificar la realidad a su mayor gloria, ¿por qué iba a pararse en el CIS?

Imaginen a la televisión pública diciendo que este viernes el Real Madrid le ganó al Betis o el Betis al Real Madrid. Al servicio meteorológico anunciando veranos suaves e inviernos templados. Al Instituto Nacional de Estadística detectando bajadas constantes de los precios. A la Seguridad Social comunicando una tasa de absentismo laboral cercana a cero. Y al Ministerio del Interior encontrando razones para excarcelar y regularizar a todos los presos preventivos.

No serán mayores esas ruedas de molino que las que mensualmente nos embaula el CIS, pero la obligación de comulgar se volverá diaria y en sesión continua.

A todo eso es a lo que nos arriesgamos si los chinos y los rusos, con sus algoritmos y sus bots, rematan la faena de Tezanos y, ayudados por el truco de la manipulación del censo mediante la Ley de Nietos, apuntalan la autocracia de Sánchez durante no se sabe cuánto tiempo más.

Si eso sucede, adiós democracia, adiós.

Si eso sucede, adiós libertad de prensa, adiós.

Si eso sucede, adiós seguridad jurídica, adiós.

Será una batalla desigual en la que el narcisista que quiere ser autócrata tendrá todas las ventajas de competir desde el poder. Pero el ministro que le besaba los pies no salvó al Sha, sino que le ayudó a ahogarse en el lago del autoengaño.

Es cierto, como advertía Maquiavelo, que "el poder manda callar a quienes dicen la verdad y premia a quienes mienten con elegancia". E incluso en estos tiempos habría que añadir que premia doblemente a quienes lo hacen con zafiedad.

Pero también es verdad que las mentiras demoscópicas son tan frágiles como las aldeas de cartón piedra. Y el día en que el Sha de turno deja de admirarse en ellas, desaparecen con la misma facilidad con que la tramoya cambia el decorado del teatro.

Veremos.

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