- TOM BURNS MARAÑÓN
Se entiende que muchos bajen la guardia cuando un día sí y el siguiente también se descubre una nueva conducta corrupta.
Ala vuelta de la esquina está esa temporada de "Virgen a Virgen", la del Carmen y la de la Asunción, cuando habrá al menos tanta gente dedicada a su asueto estival como gente que sigue ocupada con sus labores. Y junto a los veraneantes estarán unos once o más millones de extranjeros, ingleses y franceses, los más, que una vez más han elegido las playas bajo el sol hispano para sus vacaciones anuales. Mírese por donde se mire hay mucha gente con enormes ganas de olvidarse de lo que ocurre en el entorno y quitarse de en medio.
Lo que está a la orden del día en la mente de gran parte de la población adulta, la de aquí y la de allá, es desengancharse todo lo que se pueda durante el máximo tiempo posible. Lo que se respira y se palpa es un profundo desencanto con unas élites gobernantes, poco o nada ejemplares, que en lugar de asegurar estabilidad y solucionar problemas exacerban contrariedades al mentir y polarizar la política.
La reacción, que equivale a la de la avestruz que ante la alarma hunde su cabeza en la tierra, es comprensible pero es también censurable. No son tiempos propicios para despreocuparse. Sin embargo se entiende que se baje la guardia cuando un día sí y el siguiente también los medios tradicionales y, sobre todo, las redes que acaparan la conversación de tantos "descubren" una nueva conducta corrupta y "anuncian" una grave imputación más.
Desde hace demasiado tiempo se vive un "nuevo normal" y para explicarlo los politólogos profesionales suelen citar la ventana de Overton, llamada así en honor de Joseph Paul Overton, un ilustre norteamericano de su gremio que a finales del siglo pasado teorizó sobre cómo la sociedad cambiaba el marco de sus juicios sobre determinados comportamientos. La "ventana" por la cual se asoma la opinión pública se mueve y lo que era aceptable deja de serlo, y al revés.
Esto puede ocurrir con el perverso proceso de putrefacción que se prodiga en las altas esferas de la vida pública. La gente puede acabar "tolerando" la desenfrenada degeneración de las élites porque no espera otra cosa; porque, en definitiva, es algo "normal". Se dirá que siempre ha sido así y esto puede muy bien ser cierto. La diferencia es que ahora la depravación está en boca de todos porque las redes se encargan de airearlo.
En los debates sobre el "nuevo normal" se suele recurrir también a la historia de la rana que está dentro de una cazuela que se llena de agua y se pone a calentar. Según aumenta la temperatura, la rana se va adormilando y acaba cocida. Sin embargo si se echa el bicho a un perol de agua hirviendo pega un salto y se pone a salvo. La moraleja es obvia: mientras que la corrupción sea vista como algo normal y corriente, la sociedad seguirá peligrosamente adormecida. No reacciona.
Ante este penoso panorama no faltan quienes citan al angloirlandés Edmund Burke, el biempensante político del XVIII que era un lúcido crítico de los "gobiernos de amiguetes" y fue uno de los pocos ilustrados de su tiempo que desde el principio denunció la Revolución Francesa como tóxica portadora del germen de la tiranía. Burke decía que el mal siempre prevalecerá si la gente buena "no hace nada".
Un gran mal para Burke era el populismo y la demagogia, y hoy le caería fatal Marine Le Pen, la líder de la derecha "patriótica" francesa y eterna candidata al Elíseo. La presidenta de la Agrupación Nacional encabeza cómodamente todas las encuestas de intención de voto en el país vecino y se podrá presentar a las elecciones presidenciales en abril del año que viene porque la Corte de Apelación en París ha reducido estos días una condena que le había sido impuesta por apropiación indebida de fondos públicos.
¿Podrá la veterana política asegurar estabilidad y solucionar problemas, que es lo que no ha conseguido un impopular Emmanuel Macron que ahora comienza sus últimos días en el Fort de Brégançon, el imponente castillo medieval en la Costa Azul, que en Francia es la residencia vacacional de la jefatura de Estado? Es la pregunta pertinente porque, sobre el papel, Le Pen abre de par en par la "ventana" de la radicalidad. Se la dejará hacer porque la atontada rana se habrá dejado cocer.
La nacida en la Isla de Francia en el fatídico año de 1968 no es precisamente la campeona de una burkiana democracia liberal. Y, como también se sabe, cuando Francia estornuda, Europa se constipa. Si Le Pen, que es una euroescéptica de pro, se pone a toser en el Elíseo, el resfriado en el Viejo Continente está asegurado.
Pero la gente cruza los brazos y no hace nada. Toca el dolce far niente de "Virgen a Virgen".
¿Locura o genialidad?Descontrol público con el absentismo laboralAtajar el absentismo ya Comentar ÚLTIMA HORA