El británico, estrella del Q36.5, se muestra optimista en un Tour en el que vive rodeado de estrellas
- NACHO LABARGA
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Hay corredores que necesitan perderlo todo para encontrarse. Tom Pidcock es uno de ellos. Llegó a este Tour con el podio de la Vuelta a España todavía reciente, dispuesto a comprobar si su cuerpo aguantaba tres semanas peleando arriba. Nueve etapas más tarde, la general dejó de importarle. Y ahí empezó lo bueno.
El Tourmalet se llevó por delante el sueño de codearse con los mejores. Pero también le devolvió al terreno donde de verdad es peligroso: correr sin cadenas, cada etapa una apuesta.
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La novena jornada, la del domingo, resumió esa metamorfosis. Sin nada que proteger, se lanzó a la fuga, persiguió cada movimiento que olía a oportunidad y coronó primero el Suc au May. No hubo estrategia detrás, solo Pidcock volviendo a ser Pidcock, ese corredor que entiende la bicicleta como aventura antes que como ecuación. Un problema mecánico le impidió pelear por el éxito junto a Ven der Poel, ganador final. Todo empezó con ambición. El tercer puesto en LaVuelta’25 se demostró que podía soñar con metas más grandes. Así lo confesaba antes del Tour en MARCA: “El podio del Tour es algo muy distinto. Entiendo lo que requiere… quizá no del todo porque nunca lo he hecho. Pero es un desafío en el que estamos trabajando”.
La carretera corrigió el guion. En Les Angles perdió 18 segundos, abrasado por el calor, y el golpe llegó en el Tourmalet, donde cedió más de ocho minutos ante Pogacar. “No vi su ataque. Ya me habían descolgado”, reconoe después. Agradeció que Chris Harper aguantara a su lado y describió lo que se siente al perder así: “En estas situaciones solo quieres meterte en un agujero y esconderte”.
No buscó excusas. “Simplemente no tengo el nivel en las subidas largas. Fui todo lo fuerte que pude”, admite. Su preparación había quedado rota: una caída en la Volta a Catalunya, once días sin entrenar, una lesión de rodilla, una enfermedad y la ausencia en el Tour de Suiza. Su entrenador, Kurt Bogaerts, ya lo había avisado: “Si Tom acaba entre los cinco primeros, sería toda una sorpresa”. Ese tropiezo no desmonta el proyecto. Pidcock nunca construyó su carrera sobre una especialidad. Ha sido campeón olímpico de montaña, campeón del mundo de ciclocross, ganador en Alpe d’Huez y hombre de podio en una gran vuelta. Para él, divertirse no es un lujo añadido al rendimiento: es la condición sin la cual este ni siquiera aparece. “Cuando disfrutas algo, trabajas mejor de forma natural”, apunta a este medio hablando de sus descensos. Pidcock jamás ha mirado la bicicleta como una sucesión de vatios y planes cerrados: su ciclismo nace del gusto por dominar una curva, por improvisar una trazada, por encontrar una grieta donde el resto solo ve peligro. Tampoco le interesa obsesionarse con los rivales. Se le pregunta cómo batir a Pogacar y no ofrece ninguna receta imposible: “No me preocupo por cómo derrotar a los demás, me preocupo por estar en la mejor forma posible”. Cree que cualquiera puede caer un día. Lo que no acepta es que su identidad quede reducida a la comparación permanente con el esloveno.
Un equipo a medida
Esa manera de entender la carrera explica su cambio de equipo. En Pinarello Q36.5 encontró una estructura pequeña, pero suya. “Con este equipo hemos ganado nuestro derecho a estar aquí y nadie puede quitárnoslo”, asegura. Para él, correr la carrera más importante supone una responsabilidad compartida: que un proyecto en crecimiento demuestre que pertenece arriba. El cambio de Ineos, donde tenía una mayor presión, o al menos diferente, le ha sentado bien. “El objetivo es disfrutar del sufrimiento, de la intensidad, de la carrera y de todo lo que la rodea”, resume. Busca competir sin que el resultado le robe el motivo por el que se subió a una bicicleta. “En este equipo me ayudan a llevar todo ese equipaje”, reconoce alguien que cree que el ciclismo "a veces está un poco loco".
Su vínculo con el ciclismo británico forma parte de quién es. Wiggins y Froome fueron sus referentes de juventud. “Son los corredores que me inspiraron”, recuerda. Pero nunca copió su camino: mientras ellos levantaron su leyenda alrededor del Tour, él ha defendido una carrera repartida entre el barro, la montaña y el asfalto. “Los Juegos Olímpicos fueron lo más importante para mí”, afirma. Tras nueve etapas, París ya no se mide en posiciones para Pidcock. Una victoria de etapa, como la que peleó ayer, vale más que sostener un puesto discreto entre los 15 primeros. El Tourmalet le arrebató una ambición, pero la 9ª jornada demostró que el hambre sigue intacta. Ahora puede escoger sus días, colarse en fugas y sacar partido de su explosividad, de su descenso temerario, de su capacidad para correr sin miedo.
Pidcock quiere volver algún año a este Tour con una preparación completa. Este 2026, su carrera consiste en reconstruir confianza y encontrar esa etapa que justifique tanto sufrimiento. Ya no pedalea para parecerse a los grandes vueltómano:. “Lo más importante es disfrutar porque, si lo haces, todo lo demás acabará llegando. Aquí soy feliz y lo tengo todo para conseguir ganar en el Tour. Quedan muchos días y habrá nuevas oportunidades”.
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