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Tomarle el pulso a Joan Miró

Tomarle el pulso a Joan Miró
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La nueva ordenación de la Colección de la Fundación Joan Miró de Barcelona tiene una virtud: no busca explicar mejor una obra conocida, sino volver a ponerla en riesgo. 'Joan Miró. Círculos' no es una reorganización de fondos ni una actualización museográfica destinada a refrescar la visita. Es una manera de discutir qué puede ser una colección permanente. Allí donde tantas permanentes se presentan como relatos estabilizados, esta propone un organismo móvil, un dispositivo que se transformará durante dos años con cambios cada seis meses. La decisión introduce una temporalidad en el museo y convierte la repetición de la visita en una forma de lectura. Volver no será confirmar lo visto, sino descubrir cómo cambian las relaciones entre obras, espacio y relato.Noticia relacionada No No ARTE Fundación Miró: una cincuentona más joven que nunca Isabel LázaroLo más inteligente de la propuesta es haberse apartado del orden cronológico, siempre insuficiente con Miró. En lugar de distribuir la obra como una sucesión de etapas, la muestra adopta una estructura conceptual que atiende a sus procesos creativos y a sus tensiones internas: lugar, equilibrio, hacer y dejar hacer, círculos, ritmo, arriba y abajo, dentro y fuera. El punto de partida es una carpeta de trabajo de los años cincuenta, conservada en el archivo de la Fundación, donde Miró relacionaba imágenes del cosmos con formas circulares presentes en distintas culturas. Que esa carpeta se muestre ahora por primera vez resulta decisivo: desplaza la atención desde la obra concluida hacia la imaginación que la engendra. El archivo deja de ser material auxiliar para convertirse en el núcleo de una nueva lectura.En un campo de fuerzasEse desplazamiento produce un efecto revelador: Miró aparece menos como una secuencia de momentos canónicos que como un artista que piensa mediante oposiciones, intervalos y ritmos. Sus obras dejan de quedar fijadas en una narrativa evolutiva y vuelven a respirar dentro de un campo de fuerzas. La colección gana así una densidad distinta. No se trata de contemplar una obra detrás de otra, sino de entrar en una constelación donde cada pieza modifica a la siguiente y recibe una luz nueva. La exposición no ofrece una lección cerrada, sino una experiencia de pensamiento. Y en esa experiencia la mirada trabaja más despacio, pero también con más libertad.En las imágenes, 'Sin título (Seis puntos blancos)', de Calder; 'L'Étoile matinale. La estrella matinal' (1960) y 'Llama en el espacio y mujer desnuda' (1932), ambas de Miró © Successió Miró, 2026En la Fundación Joan Miró no puede pensarse la obra sin pensar a la vez el edificio que la sostiene. La arquitectura de Josep Lluís Sert no funciona aquí como un fondo prestigioso, sino como una condición de posibilidad. La luz natural e indirecta, los cambios de nivel, los patios, las terrazas y la circulación entre salas no acompañan simplemente a las piezas: las modulan. Esta reordenación acierta al insistir en esa reciprocidad. Mirar a Miró en esta institución es aceptar que espacio y obra forman una sola sintaxis. La visita no es únicamente visual: es corporal y rítmica.Por eso resulta tan pertinente la reapertura del Jardín de los Cipreses como parte activa del recorrido. No se trata de sumar un exterior amable a la experiencia del museo, sino de restituir una dimensión esencial de este lugar. El jardín, ligado al antiguo trazado de los Jardines de Laribal y preservado por el proyecto de Sert, no es un apéndice decorativo, sino una extensión viva del conjunto. Allí la exposición se abre al aire, a la topografía, a la pausa y al cambio de luz. Recuperar ese espacio significa devolverle al museo un umbral y recordar un concepto mironiano clave: que la obra no termina en la pared.A todo ello se suma el interés de los préstamos de esta primera presentación. En los próximos seis meses se incorporan seis obras del MNCARS, junto a piezas en depósito de la Generalitat y de colecciones privadas, además de un importante corpus de documentación de instituciones barcelonesas. arte_abc_0724Que algunas de esas obras del Museo Reina Sofía no se hubieran mostrado antes en Barcelona añade un motivo para visitar la muestra, pero lo más relevante no es la novedad en sí, sino lo que provoca: la colección propia deja de aparecer como bloque autosuficiente y entra en diálogo con otros archivos, otros patrimonios y otros saberes. La permanente adquiere así un valor extra. No monumentaliza una herencia: la pone en circulación.Joan Miró 'Circulos' Lugar: Fundación Miró (Barcelona) Dirección: Parque de Montjuïc, s/n Comisarias: Teresa Montaner y Marta Ricart Duración: Hasta el 12 de marzo de 2028 Valoración: ****Quizá ahí resida lo mejor de 'Joan Miró. Círculos'. La Fundación no convierte su colección en repertorio, sino en experiencia. No fija un relato, lo ensaya. Y en un momento en que tantos museos siguen confundiendo claridad con clausura, esta reordenación apuesta por algo arriesgado y vivo: dejar que Miró vuelva a suceder en el espacio, en el tiempo y en la mirada del visitante.

La nueva ordenación de la Colección de la Fundación Joan Miró de Barcelona tiene una virtud: no busca explicar mejor una obra conocida, sino volver a ponerla en riesgo. 'Joan Miró. Círculos' no es una reorganización de fondos ni una actualización museográfica ... destinada a refrescar la visita.

Es una manera de discutir qué puede ser una colección permanente. Allí donde tantas permanentes se presentan como relatos estabilizados, esta propone un organismo móvil, un dispositivo que se transformará durante dos años con cambios cada seis meses.

La decisión introduce una temporalidad en el museo y convierte la repetición de la visita en una forma de lectura. Volver no será confirmar lo visto, sino descubrir cómo cambian las relaciones entre obras, espacio y relato.

Fundación Miró: una cincuentona más joven que nunca

Lo más inteligente de la propuesta es haberse apartado del orden cronológico, siempre insuficiente con Miró. En lugar de distribuir la obra como una sucesión de etapas, la muestra adopta una estructura conceptual que atiende a sus procesos creativos y a sus tensiones internas: lugar, equilibrio, hacer y dejar hacer, círculos, ritmo, arriba y abajo, dentro y fuera.

El punto de partida es una carpeta de trabajo de los años cincuenta, conservada en el archivo de la Fundación, donde Miró relacionaba imágenes del cosmos con formas circulares presentes en distintas culturas. Que esa carpeta se muestre ahora por primera vez resulta decisivo: desplaza la atención desde la obra concluida hacia la imaginación que la engendra. El archivo deja de ser material auxiliar para convertirse en el núcleo de una nueva lectura.

Ese desplazamiento produce un efecto revelador: Miró aparece menos como una secuencia de momentos canónicos que como un artista que piensa mediante oposiciones, intervalos y ritmos. Sus obras dejan de quedar fijadas en una narrativa evolutiva y vuelven a respirar dentro de un campo de fuerzas. La colección gana así una densidad distinta. No se trata de contemplar una obra detrás de otra, sino de entrar en una constelación donde cada pieza modifica a la siguiente y recibe una luz nueva. La exposición no ofrece una lección cerrada, sino una experiencia de pensamiento. Y en esa experiencia la mirada trabaja más despacio, pero también con más libertad.

En la Fundación Joan Miró no puede pensarse la obra sin pensar a la vez el edificio que la sostiene. La arquitectura de Josep Lluís Sert no funciona aquí como un fondo prestigioso, sino como una condición de posibilidad. La luz natural e indirecta, los cambios de nivel, los patios, las terrazas y la circulación entre salas no acompañan simplemente a las piezas: las modulan. Esta reordenación acierta al insistir en esa reciprocidad. Mirar a Miró en esta institución es aceptar que espacio y obra forman una sola sintaxis. La visita no es únicamente visual: es corporal y rítmica.

Por eso resulta tan pertinente la reapertura del Jardín de los Cipreses como parte activa del recorrido. No se trata de sumar un exterior amable a la experiencia del museo, sino de restituir una dimensión esencial de este lugar. El jardín, ligado al antiguo trazado de los Jardines de Laribal y preservado por el proyecto de Sert, no es un apéndice decorativo, sino una extensión viva del conjunto. Allí la exposición se abre al aire, a la topografía, a la pausa y al cambio de luz. Recuperar ese espacio significa devolverle al museo un umbral y recordar un concepto mironiano clave: que la obra no termina en la pared.

A todo ello se suma el interés de los préstamos de esta primera presentación. En los próximos seis meses se incorporan seis obras del MNCARS, junto a piezas en depósito de la Generalitat y de colecciones privadas, además de un importante corpus de documentación de instituciones barcelonesas.

Que algunas de esas obras del Museo Reina Sofía no se hubieran mostrado antes en Barcelona añade un motivo para visitar la muestra, pero lo más relevante no es la novedad en sí, sino lo que provoca: la colección propia deja de aparecer como bloque autosuficiente y entra en diálogo con otros archivos, otros patrimonios y otros saberes. La permanente adquiere así un valor extra. No monumentaliza una herencia: la pone en circulación.

Comisarias: Teresa Montaner y Marta Ricart

Quizá ahí resida lo mejor de 'Joan Miró. Círculos'. La Fundación no convierte su colección en repertorio, sino en experiencia. No fija un relato, lo ensaya. Y en un momento en que tantos museos siguen confundiendo claridad con clausura, esta reordenación apuesta por algo arriesgado y vivo: dejar que Miró vuelva a suceder en el espacio, en el tiempo y en la mirada del visitante.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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