- TOM BURNS MARAÑÓN
La política requiere de talante, convicción y ética. Que esto lo sepan y que se lo apliquen los que "dan pases" en el ruedo político es otro tema.
Domingo Ortega, que fue la máxima figura del toreo en la década de los treinta del siglo pasado y que, ya retirado, teorizó sobre su profesión, decía que el arte de torear era un cosa y que pegar pases al toro era otra. Cuando estuvo en activo cumplió con maestría con lo que luego explicaría son las tres clásicas reglas de oro de la tauromaquia. Se llaman: parar, templar y mandar.
Lo que dicen los sabios como Domingo Ortega sobre el arte que conocen íntimamente, en este caso el de torear, puede servir para señalar las conductas apropiadas en otras áreas y disciplinas, donde también, con harta frecuencia, se "pegan pases".
El aficionado taurino comprende muy bien lo que dijo el maestro sobre las reglas de oro de su oficio. Lo entiende de la misma manera que toda persona dotada con algo de discernimiento sabe que el arte de escribir no consiste en juntar palabras ni el de pintar en dar pinceladas. Y además, no hay que ser un exquisito esteta para entender lo que tiene belleza y valor y lo que carece de ambas cosas.
Es así como el que más y el que menos reconoce instintivamente que el arte de la política requiere, de entrada, un talante, una convicción y una ética. Que esto lo sepan y que se lo apliquen los que "dan pases" en el ruedo político es otro tema.
"Parar", para Domingo Ortega y para cualquier taurino de pro, se refiere a los primeros compases de cada lidia, cuando el diestro detiene con el capote las violentas arrancadas iniciales del toro. En política, "parar" es sosegar a los de la fuerza bruta que en los mítines gritan aquello tan ordinario que es "dales caña".
El matador primero ataja las atropelladas arrancadas del toro y, a continuación, con el capote primero y con la muleta después, le enseña a seguir los engaños que le ofrece. Con el juego de sus brazos, de sus muñecas y de su cintura, arbitra el inicio y la velocidad de las embestidas de la bestia.
Esto se llama "templar" en el mundo del toro y en el de la política es la acción de acompasar a la ciudadanía. El político ha de saber regular y armonizar las expectativas y los arreones del electorado y este conocimiento está reservado a los que sobresalen en el arte de la política.
Por último, el deber del matador, según el canon de Domingo Ortega, es el de "mandar". Ha frenado al toro (le ha "parado"), le ha calmado (le ha "templado") y ahora toca dominarlo ("mandar"). Y en el arte del toreo, dominar no es lo mismo que dar pases, es decir, no es la repetición de una tanda tras otra de muletazos.
Al mandar, el diestro se prepara él y prepara al toro para lo que los taurinos llaman la "suerte suprema", que es la de entrar a matar. Al volcarse sobre el toro con la espada el matador culmina su particular obra de arte.
Para el político el también llamado "momento de la verdad" es el de las elecciones. El político que ha sosegado y acompasado al público ha de convocarlo a las urnas y ganar su voto. La convocatoria es ineludible como lo es la obligación de cuadrar el toro y enfilar el estoque. Como todo en la vida, la política y la tauromaquia tienen normas de obligado cumplimiento.
Llegado a este momento, a la ejecución de esta suerte final, el ciudadano que está en el tendido o el que acude al colegio electoral puede estar de mejor o de peor humor. El buen aficionado taurino puede estar de un humor de perros porque el diestro ha dado demasiados pases sin "ligar", es decir, sin armonía alguna.
Y el ciudadano que es muy consciente de los deberes cívicos y del valor del decoro puede estarlo porque el político vende fake news, dice digo cuando dijo Diego y se ha desdicho tantas veces que se ha perdido la cuenta.
De ello también habló Domingo Ortega. A las tres reglas del arte de torear añadió una de su cosecha que es la de "cargar" o "cargar la suerte" y esto equivale a atenerse a la verdad.
"Torear no es que el toro venga" y que el torero "se quede en la recta" dijo en una conferencia que en 1950 dictó en el Ateneo de Madrid. "Eso es destorear". Bienvenido sea el matador que "carga, echa el cuerpo hacia delante con la pierna contraria al lado por el que viene el toro". Para evitar la cornada, está "obligado a torear".
El arte en política no es ponerse de perfil ante los problemas y refugiarse en bloques. Eso es antipolítica. Hay que buscar la verdad junto al adversario como hace el torero con el toro.
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