- PABLO ARZA GARALOCES
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El arquitecto finlandés defendió que la naturaleza debía estar vez más cerca del hombre. Su obra se centra en la incorporación del exterior en el interior y en la fluidez de los espacios.
"La naturaleza, no la máquina, es el modelo más importante para la arquitectura", sentenció Alvar Aalto en 1938, en pleno proceso de construcción de Villa Mairea, buscando distanciarse del funcionalismo más radical promulgado por la vanguardia arquitectónica. Si buena parte de la historia del Movimiento Moderno europeo puede leerse como una búsqueda abstracta de la "casa nueva para el hombre nuevo", en Aalto esa aspiración adquirió una profundidad lírica y un carácter orgánico poco común.
Frente a las versiones más abstractas o mecanicistas de la vanguardia centroeuropea, él defendió que la arquitectura debía atender a la condición humana concreta, poniendo la naturaleza cada vez más cerca del hombre. Esta idea, que recorre toda su obra, se manifiesta magistralmente en tres de sus viviendas: la Casa Estudio, Villa Mairea y la Casa Experimental.
Aalto nació en 1898 en Kuortane y se formó en Helsinki en un momento en que Finlandia, todavía bajo la influencia rusa hasta la independencia de 1917, buscaba un lenguaje arquitectónico propio. Dos tradiciones locales marcaron su formación: el clasicismo nórdico simplificado que Gunnar Asplund había depurado en Suecia, y el romanticismo nacional de arquitectos como Lars Sonck o Eliel Saarinen, apoyado en la construcción vernácula en madera.
Aunque sus primeras obras, como el Club de Trabajadores de Jyväskylä (1924-1925) son deudoras de esa influencia clásica, a finales de los años veinte, edificios como el del diario Turun Sanomat (1927-1929) muestran a un Aalto que ya había asimilado los cinco puntos de Le Corbusier y el vocabulario funcionalista internacional, que gradualmente había llegado a Finlandia. Su arquitectura asumió las conquistas modernas -la planta libre, la racionalidad funcional, la abstracción formal- pero se resistió a convertirlas en dogma. Introdujo en ellas la densidad del lugar, la materialidad táctil, el peso simbólico de la tradición y una atención extraordinaria a la experiencia del usuario, que cristalizarían magistralmente en el diseño de su hogar.
El germen de Munkkiniemi
Entre 1935 y 1936 construyó su Casa Estudio en un entorno casi natural, en el barrio de Munkkiniemi, en Helsinki. Fue la primera vivienda que Aalto proyectó para sí mismo, junto a su esposa y socia Aino. El programa era doble: vivienda familiar y estudio profesional. Ambas funciones se revelan al exterior. El volumen del estudio es de ladrillo con un enlucido blanco y la zona residencial se reviste con madera teñida. La casa, de dos plantas, articula a la perfección intimidad, labor creadora y relación directa con la naturaleza.
Es un edificio todavía próximo a la ortodoxia moderna de los años treinta en su blancura exterior, pero ya alejado de ella en el interior, donde el uso de la madera, el mobiliario diseñado por los propios Aalto, los cambios de altura, los encuentros entre distintos materiales, la luz afinada según usos y ambientes y la relación con la naturaleza introducen una calidez humana que el racionalismo centroeuropeo raramente contemplaba.
La Casa Estudio es el germen conceptual de su obra posterior. No es una pieza aislada; es la matriz de donde nacerían las soluciones de Villa Mairea. Esta, construida entre 1938 y 1939 en Noormarkku para el matrimonio Maire y Harry Gullichsen, industriales madereros y amigos de los Aalto, es una de las obras maestras de la arquitectura doméstica del siglo XX. Es un encargo atípico, en el que sin restricciones de presupuesto, los Gullichsen otorgaron total libertad creadora a Aalto. La casa, situada en medio del bosque, es lugar de vacaciones, casa de invitados y refugio rural de la familia, a la vez que integra la colección de arte y el estudio de pintura de Maire Gullichsen.
La planta en forma de L de la vivienda, esbozada en su Casa Estudio, delimita un ámbito semiprivado hacia el jardín y la piscina, y un frente más regular y cerrado hacia el camino de acceso, en una disposición que remite a las antiguas casas rurales finlandesas organizadas alrededor de un patio. En la planta superior se encuentran los dormitorios y el estudio de pintura de su dueña. En la planta baja, la secuencia de espacios construye una fluidez extraordinaria; son ámbitos diferenciados, pero no cerrados; se separan por desniveles leves, filtros delicados, inflexiones casi imperceptibles.
La experiencia física de la casa es inseparable de su paisaje. La llegada a Villa Mairea se produce a través de un camino que serpentea entre el bosque conformado por el característico y esbelto pino rojo finlandés. La arquitectura aparece gradualmente entre los esbeltos troncos de los árboles.
Villa Mairea es una de las obras maestras de la arquitectura doméstica del siglo XX.Una marquesina curva sostenida por postes de madera, que emulan el entorno natural, nos señala la entrada. Cruzado el umbral, un murete oblicuo nos empuja a hacer un quiebro hacia la izquierda y subidos cuatro peldaños, nos conduce a la zona de estar, que como en la Casa Estudio, vuelve a ser el centro de la vivienda, conectada con el jardín a través de inmensos ventanales de vidrio, que Aalto proyectó como un sistema de paneles correderos. Su apertura desdibuja el límite entre arquitectura y naturaleza.
Un porche exterior prolonga uno de los lados de la L, conectando la vivienda con la sauna. La cubierta vegetal de este elemento se adentra en el jardín como una prolongación del terreno hasta llegar a la piscina, que con su curvatura emula un lago natural. A su vez, Aalto traduce el bosque mediante postes de madera, troncos sin desbastar, pilares metálicos forrados de mimbre, listones que generan filtros, curvaturas que suavizan la geometría, materiales que hacen perceptible el paso entre lo construido y lo natural.
El sabor de lo primigenio
La Casa Experimental de Muuratsalo es el refugio vacacional que Aalto construyó entre 1952 y 1953, junto a su segunda esposa, Elissa, con la que se casó en 1952 tras el fallecimiento de Aino, marcando el inicio de una nueva etapa vital para el arquitecto. Se ubica en una pequeña isla del lago Päijänne, cerca del ayuntamiento de Säynätsalo, obra también del arquitecto. Si Villa Mairea es una obra compleja y refinada, Muuratsalo parece buscar deliberadamente una condición más elemental, pero no por ello es menos ambiciosa.
Casa Experimental de Muuratsalo fue la segunda residencia de Aalto.En su momento, la única manera de llegar a la isla era por agua. Para ello Aalto diseñó una pequeña embarcación con la que atracaba en un embarcadero de madera sobre una roca, desde el que se iniciaba un ascenso a pie por una topografía irregular hasta el lugar donde se alza el volumen rotundo de la casa, dominando el paisaje. Aalto condiciona la experiencia de la llegada como si pretendiese aludir al ritual procesional de la Acrópolis.
El volumen parte de un cuadrado de 14 metros de lado, dividido en nueve módulos. Cuatro de ellos conforman un patio, los otros cinco constituyen la vivienda, que se dispone en L en dos de los lados del patio. Los otros dos se cierran mediante muros a los que practica distintas perforaciones que permiten generar vistas al lago y la entrada al recinto. Este patio es, por una parte, un laboratorio de experimentación material y constructiva. Aalto ensaya en sus muros diferentes aparejos y acabados de ladrillo y cerámica, antes de emplearlos en encargos de mayor envergadura. Pero sobre todo, es el centro de gravedad de la casa, y en medio de ella, Aalto sitúa el hogar, el recinto del fuego. Evocando simbólicamente la vuelta al origen.
La Casa Experimental, junto a Villa Mairea y la Casa Estudio, son tres variaciones sobre la convicción de que la arquitectura debe medirse por su capacidad de acoger la vida, no por su fidelidad a un sistema abstracto. "El objetivo último del arquitecto -afirmaba Aalto- es crear un paraíso. Cada casa, cada obra de arquitectura debería ser fruto de nuestro esfuerzo por construir un paraíso terrenal para las personas".
Aunque ese ideal adoptó una forma distinta en cada proyecto, todos ellos compartieron un mismo impulso: despojar a la arquitectura de todo lo que no fuera esencial, sin renunciar nunca a la calidez humana ni a la capacidad de asombro. Hoy, casi noventa años después de aquella célebre sentencia de 1938, estas tres lecciones domésticas confirman la vigencia de su legado: la naturaleza, y no la máquina, sigue siendo el modelo más fecundo para aprender, verdaderamente, a habitar.
Pablo Arza Garaloces es profesor de Historia de la Arquitectura en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Navarra.
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