Aquí tengo aún el ejemplar de la primera edición en inglés y norteamericana de 'El amo del corral' -debut de Tristan Egolf- que compré en 1998. Y me acuerdo que me llamó mucho su contraportada: recamada de 'blurbs' extáticos y muy elogiosos de tantos ... periódicos europeos y de ninguno 'Made in USA'.
Y, sí, pronto supe por qué era y de qué se trataba: el manuscrito había sido rechazado por decenas de editoriales de su país de origen antes de aterrizar en la francesa Gallimard para ser descubierto y triunfar aquí y allá y en todas partes menos en la madrastra patria a la que ahora no le quedaba otra que adoptarlo.
Sí, en su momento, 'El amo del corral' fue uno de esos anecdóticos fenómenos literarios. Y tenía sus buenas razones para serlo. Porque lo del español de casualidad Egolf (San Lorenzo del Escorial 1971) no parecía encajar en el molde de lo que hacia finales de milenio sino debía al menos solía ser el primer libro de un joven desconocido.
Lo de Egolf lejos -muy, pero muy lejos- estaba del intimismo confesional urbano o suburbano de costumbre y, en cambio, se lanzaba en plan 'all over the place' acelerando partículas y centrifugando nombres. Así -aluvional, por momentos salvaje e indomable, a veces cuidadosamente descuidado, perfectamente tumultuoso-, Egolf narraba -con frases largas y sin respiro ni diálogos y adjetivación comparable con la de H. P. Lovecraft y, decirlo, todos los «defectos» del asunto eran a la vez sus aciertos- la saga ranchera del entre épico y patético pero muy prodigioso John Kaltenbrunner y sus conflictos epifánicos-laborales con los tanto menos hiperquinéticos y opacos habitantes del pueblo-casta necio-conjurada de Baker.
Y lo hacía agitando las memorias de William Faulkner y Mark Twain y John Steinbeck y Sinclair Lewis y Jack Kerouac y John Kennedy Toole, añadiendo truenos y rayos de Kurt Vonnegut y J. P. Donleavy y Edward Abbey y Thomas Pynchon y del por entonces chico maravilla David Foster Wallace.
'El amo del corral' -están tan invitados como advertidos- es una de esas cada vez más contadas ocasiones tan dignas de ser contadas: no se lo lee, se lo vive. Y haciéndolo se disfruta de una experiencia cada vez más rara: en un paisaje cada vez más saturado de simples narradores, Egolf aquí se consagró como escritor complejo, lanzado a enlazar y arrear a su corral al más valioso y ganador ganado: el estilo.
Luego de 'El amo del corral', Egolf se lanzó al activismo más autodestructor que constructivo y publicó la más modesta pero igualmente encantadora pero muy conversada 'La chica y el violín' (casi una versión comedia-loca del 'Ángeles' de Denis Johnson) y dejó lista la otra vez corralera y licantrópica y aún inédita en español 'Wolf' antes de decidir poner punto final a su vida.
Y de eso trata 'La invención de Tristan', del francés Adrien Bosc (Aviñón, 1986). De la intrahistoria del amo de 'El amo del corral'. Del modo en que Egolf fue casual y francamente descubierto como músico ambulante en París por la hija de Patrick Modiano. Y de cómo de ese amor nació un escritor consagrado y con todo por delante y quien al poco tiempo, en 2005, decidió cambiar máquina de escribir por gatillo de pistola y unirse a un club chattertoniano que ya incluía al mencionado Toole, a Breece D'J Pancake y que no demoraría en aceptar al también ya nombrado aquí Wallace.
Lo interesante de 'La invención de Tristan' es cómo el narrador reflexiona y tiembla sobre la naturaleza del maldito a la vez que debe resistirse a la tentación de no maldecirse
Y lo de Bosc (y está bien que este sea un libro francés, porque el caso de Egolf es otro de tantos en el que los galos descubren o revalorizan o reinventan algo que inicialmente se les pasó al otro lado del océano, ya sea el noir o Jerry Lewis) tiene su gracia y vale la pena.
Porque no se conforma con ser apenas una investigación documental acerca de las idas y vueltas de Egolf sino que, además, añade y lo envuelve todo con la figura del «detective»: Zachary Crane, joven neoyorquino que -tan perdido como Egolf en su momento, acometiendo encargo de perfil para 'The New Yorker' para así financiar su obsesión- sigue la pista del vivísimo fantasma, entrevista a quienes lo conocieron (entrevistas reales), y llega hasta Lancaster, Pensilvania, donde Egolf sintió que ya estaba acorralado y sin posibilidad de ser libre.
Lo interesante aquí -más allá de toda la información que va desde lo sentimental a las movidas editoriales rastreada con resfríos de Gay Talese y llamadas de Leila Guerriero y búsquedas de A. J. A. Symons en pos del barón Corvo- es cómo el narrador reflexiona y tiembla sobre la naturaleza del maldito a la vez que debe resistirse a la tentación de no maldecirse, de maldificarse, a sí mismo.
Una mención/dedicatoria final a Paul Auster redondea y cierra toda la cuestión: 'La invención de Tristan' es, sí, otra invención de la soledad.
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