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Trump acude por primera vez a la cena de corresponsales como presidente: el ritual que celebra —y crispa— a la prensa de EEUU

Trump acude por primera vez a la cena de corresponsales como presidente: el ritual que celebra —y crispa— a la prensa de EEUU
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Donald Trump ha boicoteado hasta ahora el evento al que suelen acudir los presidentes de EEUU, en un momento de tensión con los periodistas. Más información: Zampolli, el 'conseguidor' que facilita los negocios con Trump: exsocio de Epstein y "celestino" de su relación con Melania

Donald Trump durante la ceremonia de honores del Kennedy Center. REUTERS/Kevin Lamarque

EEUU Trump acude por primera vez a la cena de corresponsales como presidente: el ritual que celebra —y crispa— a la prensa de EEUU

Donald Trump ha boicoteado hasta ahora el evento al que suelen acudir los presidentes de EEUU, en un momento de tensión con los periodistas.

Más información: Zampolli, el 'conseguidor' que facilita los negocios con Trump: exsocio de Epstein y "celestino" de su relación con Melania

Corresponsal en EEUU Publicada 25 abril 2026 02:33h Las claves

Las claves Generado con IA

Durante más de un siglo, la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca ha funcionado como una liturgia singular del poder estadounidense: una noche de esmóquines, focos y discursos en la que el presidente comparte escenario con los periodistas encargados de vigilarle.

En teoría, celebra la Primera Enmienda y convierte la sátira en un lenguaje común entre poder y contrapoder. En la práctica, siempre ha sido algo más ambiguo: ceremonia institucional, espectáculo televisivo y escaparate de las élites político-mediáticas de Washington.

Este sábado, esa ambigüedad alcanza un punto crítico.

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Donald Trump asistirá por primera vez como presidente a un evento que boicoteó durante su primer mandato y también el año pasado. Su regreso devuelve al presidente al centro de un ritual que durante décadas ha funcionado como termómetro de la relación entre prensa y poder en Estados Unidos.

La edición de 2026 llega en un momento especialmente tenso. Más de 250 periodistas veteranos y organizaciones profesionales han pedido a la Asociación de Corresponsales que no normalice su presencia y que aproveche el escenario para una defensa explícita de la libertad de prensa.

La asociación, por su parte, sostiene que mantener al presidente, a los periodistas y a las figuras públicas en una misma sala sigue siendo una forma de subrayar ese principio.

Entre quienes reclaman convertir la noche en una protesta y quienes insisten en preservar su carácter institucional, se juega algo más que una cena: la manera en que el periodismo estadounidense decide situarse ante un poder con el que mantiene una relación cada vez más áspera.

Más incómoda de lo que parecía

Existe una tentación recurrente al hablar de la cena de corresponsales: describirla como una tradición entrañable en la que los presidentes aceptan el humor y los periodistas bajan la guardia por una noche. Esa imagen contiene algo de verdad, pero oculta una incomodidad estructural.

Desde su origen en 1921, la cena ha vivido de esa ambivalencia: es a la vez celebración del periodismo y escena de proximidad con el poder. Cuando Calvin Coolidge, presidente de Estados Unidos en los años veinte, asistió por primera vez en 1924, su presencia se interpretó como la aceptación pública de una regla básica: la prensa puede resultar incómoda, pero forma parte esencial del sistema democrático.

Con el tiempo, el evento dejó de ser una reunión de reporteros y políticos para convertirse en un gran acto social donde conviven periodistas, asesores, empresarios y celebridades ajenas a la cobertura política. La desproporción es reveladora: los ajenos a la prensa superan ampliamente a los profesionales de la información.

Esa deriva ha alimentado durante años una crítica persistente: la cena simboliza una cercanía excesiva entre prensa y poder, percibida como signo de endogamia elitista. En 2026, sin embargo, la incomodidad cambia de naturaleza.

La cuestión ya no es solo la proximidad, sino la vigencia del propio pacto implícito. La presencia de Trump obliga a formular una pregunta más básica: qué ocurre cuando el invitado principal cuestiona ese marco.

La escenografía refuerza esa tensión. La gala, celebrada en el Washington Hilton y retransmitida por C-SPAN, ha dejado de ser un evento de consenso nacional para convertirse en una ceremonia altamente politizada, seguida sobre todo por audiencias informadas.

Cuando la sátira dejó de ser un refugio

Durante décadas, la cena se sostuvo sobre un equilibrio relativamente estable: el humor. El presidente aceptaba reírse de sí mismo, el cómico repartía golpes y el periodismo se presentaba como una institución incómoda pero integrada. Ese mecanismo empezó a resquebrajarse en las últimas dos décadas.

En 2006, Stephen Colbert rompió el tono complaciente con un discurso feroz contra George W. Bush y contra la propia prensa. Lo que entonces se vivió como incomodidad —risas tensas, silencios— se ha reinterpretado como un punto de inflexión: la sátira dejó de amortiguar la relación entre prensa y poder y pasó a exponer sus contradicciones.

Aún más influyente fue la noche de 2011. Barack Obama y Seth Meyersironizaron sobre Donald Trump, que asistió como invitado y soportó las burlas con gesto rígido. Con el tiempo, aquella escena ha adquirido un valor casi fundacional: la humillación pública de quien más tarde convertiría ese agravio en motor político.

Fourteen years ago, Nobel Peace Prize winner Barack Obama and Seth Meyers spent much of the annual White House Correspondents’ Dinner mocking Trump as he sat stony-faced and seething as the room full of dignitaries laughed at him. The rest, as they say, is history.

People who… pic.twitter.com/wZDABidmFE

— Saul Sadka (@Saul_Sadka) October 9, 2025

Trump no olvidó el episodio. Durante su primer mandato convirtió el boicot a la cena en un gesto identitario. Sin embargo, según el libro Betrayal de Jonathan Karl, llegó a plantearse asistir en 2020 y a preguntarse si debía ser gracioso desde el estrado, antes de desistir al no poder controlar el formato.

La Asociación de Corresponsales ha ido adaptando el evento. Tras la polémica por el monólogo de Michelle Wolf en 2018, en 2019 se prescindió del cómico. El año pasado, la humorista Amber Ruffin fue apartada y se canceló el número humorístico.

En 2026, el giro se consolida con la elección del mentalista Oz Pearlman. No habrá sátira política, sino entretenimiento neutro. El propio Pearlman ha dejado claro que no se burlará (“roast”) de nadie.

Ese cambio tiene un efecto claro: al desaparecer el humor como válvula de escape, el foco se concentra en el presidente.

Por qué va Trump y qué se juega la prensa

La decisión de Trump de asistir responde a una lógica más amplia: en su segundo mandato, parece decidido a ocupar espacios simbólicos que antes rechazaba. Su relación reciente con la prensa refuerza esa estrategia.

Ha impulsado demandas contra grandes medios como ABC, CBS, The Wall Street Journal o The New York Times, algunas de ellas saldadas con acuerdos millonarios. Mientras, presiona sobre licencias, recorta financiación a NPR y PBS, debilita Voice of America —la emisora internacional pública— e interviene el sistema de periodistas acreditados de la Casa Blanca.

No es solo retórica, sino presión institucional sostenida. En este contexto, la carta firmada por más de 250 periodistas adquiere otro peso: mantener la normalidad puede interpretarse como convalidación. De ahí la petición de una defensa explícita de la Primera Enmienda.

La división es clara. Para unos, asistir sin confrontación equivale a normalizar esa presión. Para otros, mantener la invitación forma parte de la fortaleza institucional del sistema.

El programa añade, además, un elemento incómodo. Este año se premiará al Wall Street Journal por una información sobre una presunta felicitación de cumpleaños de Trump a Jeffrey Epstein, que el presidente negó y llevó a los tribunales antes de que un juez desestimara la demanda.

A federal judge on Monday dismissed President Trump's defamation lawsuit against the publisher of The Wall Street Journal.

U.S. District Judge Darrin Gayles, based in Miami, Fla., ruled Trump hadn't made a valid legal claim that he was defamed by an article about a letter to… pic.twitter.com/mi5i5mEnyW

— The Wall Street Journal (@WSJ) April 13, 2026

Algunas informaciones apuntan a que podría abandonar la sala tras su discurso, evitando ese momento. Sería coherente con su estilo: ocupar el centro y eludir lo que no controla.

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Ese posible gesto condensa el dilema. La cena siempre funcionó como un espacio de reconocimiento mutuo. Si esa reciprocidad desaparece, el ritual puede mantenerse, pero cambia de naturaleza.

A ello se suma un factor estructural: la debilidad social de los medios. La confianza pública se sitúa en mínimos —en torno al 28% según Gallup—, lo que limita su capacidad para fijar el marco del debate.

Por eso, lo que se dirime en el Hilton no es solo el tono de la velada. Es si ese espacio común sigue teniendo sentido cuando una de las partes puede utilizarlo sin someterse a sus reglas.

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