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Trump se somete a su cuarto chequeo médico en poco más de un año, a un paso de cumplir 80 y con el precedente de Biden

Trump se somete a su cuarto chequeo médico en poco más de un año, a un paso de cumplir 80 y con el precedente de Biden
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El multimillonario, que será a finales de su mandato el presidente más longevo de la historia de Estados Unidos, ha pasado este martes su cuarto chequeo en trece meses en medio de las dudas crecientes sobre su estado físico y cognitivo. Más información: Moratones en las manos, problemas de sueño y un test cognitivo: las preocupantes señales sobre la salud de Trump

Donald Trump saluda tras pronunciar un discurso en el Rockland Community College en Suffern, Nueva York. Kylie Cooper Reuters

EEUU Trump se somete a su cuarto chequeo médico en poco más de un año, a un paso de cumplir 80 y con el precedente de Biden

El multimillonario, que será a finales de su mandato el presidente más longevo de la historia de Estados Unidos, ha pasado este martes su cuarto chequeo en trece meses en medio de las dudas crecientes sobre su estado físico y cognitivo.

Más información:Moratones en las manos, problemas de sueño y un test cognitivo: las preocupantes señales sobre la salud de Trump

Publicada 27 mayo 2026 02:45h Las claves

Las claves Generado con IA

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se desplazó este martes al hospital militar Walter Reed, en Bethesda, para someterse a lo que la Casa Blanca describió como un "chequeo médico y dental preventivo anual".

Era su cuarta revisión documentada desde su regreso al Despacho Oval hace apenas trece meses: la primera en abril de 2025; la segunda, derivada del diagnóstico de insuficiencia venosa crónica, en julio; la tercera, en octubre, y esta cuarta a las puertas de cumplir 80 años el próximo 14 de junio.

Ningún presidente estadounidense en activo había acumulado tal frecuencia de exámenes en tan poco tiempo.

Trump es ya el presidente más longevo en jurar el cargo y aspira a serlo también en abandonarlo, superando a su predecesor y enemigo declarado, Joe Biden. Desde finales de 2024, las apariciones públicas del presidente vienen marcadas por una serie de síntomas que la opinión pública ha catalogado con una mezcla de morbo y preocupación.

A los tobillos y piernas notablemente hinchadas, los hematomas persistentes en el dorso de la mano derecha sistemáticamente cubiertos con maquillaje y un sarpullido en el lado derecho del cuello que se hizo viral durante la ceremonia de entrega de la Medalla de Honor, la máxima condecoración militar estadounidense, hay que sumar distintos episodios de somnolencia en reuniones internacionales y una palidez creciente que el maquillaje cada vez disimula peor.

Moratones en las manos, problemas de sueño y un test cognitivo: las preocupantes señales sobre la salud de Trump

Una transparencia sin constancia oficial

El capitán de navío Sean Barbabella, médico personal del presidente, ha emitido informes que describen el estado general como "excelente" y atribuyen las lesiones cutáneas a tratamientos comunes contra la queratosis actínica.

La Casa Blanca, por boca de su portavoz, Karoline Leavitt, ha quitado hierro sistemáticamente a cada episodio.

La insuficiencia venosa fue presentada en julio como un diagnóstico "benigno y común, particularmente en personas de más de 70 años". Los hematomas se explicaron por "los constantes apretones de manos y el uso regular de aspirina".

El sarpullido del cuello quedó atribuido a "una crema preventiva muy común", sin especificar exactamente qué se prevenía. Para el hematoma de la mano izquierda aparecido en Davos en enero, Leavitt explicó que Trump "se había golpeado contra el canto de una mesa".

Cuatro lesiones, cuatro explicaciones distintas, cero confirmaciones por escrito en el informe oficial, pese a la "transparencia" de la que siempre presume su administración.

Trump siempre se ha presentado como un hombre de salud excepcional. "Mi salud es perfecta", dijo en enero a The Wall Street Journal, el mismo adjetivo que utilizó en Truth Social a la salida de la revisión de este martes.

En la misma entrevista admitió tomar "más aspirina de la que mis médicos me recomiendan" —hábito que explica buena parte de los hematomas y que ningún cardiólogo recomendaría a un hombre de 79 años con factores de riesgo— y que dejó de usar las medias de compresión recetadas porque "no me gustaban".

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De la Coca-Cola Zero a la aspirina y el Big Mac

Sus hábitos alimenticios son de sobra conocidos: una dieta basada en hamburguesas Big Mac, Coca-Cola Zero a litros, escasísima actividad física más allá del golf… y unas rutinas de sueño con episodios de actividad en redes registrados a las tres y las cuatro de la madrugada.

Esa autopercepción robusta choca cada vez más con las imágenes.

En septiembre, en el G20 de Río, Trump fue captado claramente dormido durante la intervención de un colega y en la visita de Estado a China este mayo, su mirada perdida durante la cena oficial generó portadas en medio mundo.

El doctor Vin Gupta, analista médico jefe del canal de televisión MS NOW, publicó el 5 de abril una valoración que se hizo viral: "Errático. No termina frases. A menudo confuso. Hilo de pensamiento ilógico. Dificultades para encontrar palabras. Desarrollándose y empeorando gradualmente. El presidente exhibe todos los signos de demencia".

A principios de mayo, varias decenas de médicos firmaron una carta conjunta hablando de "marcado deterioro de la función cognitiva".

El doctor John Gartner, antiguo profesor de la Universidad Johns Hopkins, fue más lejos el pasado sábado: Trump está "deteriorándose a la vista de todos" y sus episodios de actividad nocturna en redes podrían apuntar a lo que se conoce en neurología como "síndrome vespertino", el patrón clásico del paciente con demencia que se desorienta al caer la tarde.

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La sombra incómoda de Biden

La comparación con Biden es la que Trump más detesta y, sin embargo, resulta inevitable.

Cuando el demócrata se enfrentó a Trump en el debate presidencial del 27 de junio de 2024, con 81 años, su deterioro cognitivo era ya evidente: respuestas inconexas, miradas ausentes, pérdida del hilo a mitad de frase, problemas para articular ideas que durante décadas había manejado con soltura…

El equipo del entonces presidente había pasado meses minimizando los síntomas. Aquel debate, retransmitido a una audiencia masiva, demolió en noventa minutos el relato cuidadosamente construido.

Tres semanas después, Biden renunciaba a la candidatura y cedía el testigo a Kamala Harris. Demasiado tarde: en noviembre, Trump volvía a la Casa Blanca.

El paralelismo es inquietante. Biden, como Trump ahora, era el presidente más anciano de la historia. Biden, como Trump, mantuvo durante meses una autopercepción de plenitud que chocaba con lo que veían los ciudadanos.

Biden, como Trump, contaba con un círculo cercano que minimizaba o directamente negaba los síntomas. Y Biden, como Trump, depositaba la verificación pública de su estado en informes médicos breves, redactados por el médico personal y filtrados por la Casa Blanca.

La diferencia es que Biden tenía a los medios y a su partido pendientes del menor desliz, mientras Trump opera en un ecosistema mucho más blindado, donde Fox News y Truth Social transforman cada gazapo en "troleo a los progres" y cada hematoma en evidencia de "trabajar sin descanso por el pueblo americano".

A Trump le quedan dos años y medio de mandato, control nominal sobre las armas nucleares estadounidenses y un Partido Republicano que ha optado en su totalidad por mirar hacia otro lado.

La mano amoratada de Donald Trump. Jonathan Ernst Reuters

El test de los animales y la fantasía del tercer mandato

Hay un detalle que merece especial atención. Trump presume habitualmente de haber pasado "con éxito" la prueba cognitiva del hospital Walter Reed: "30 sobre 30", en sus palabras, repetidas en mítines y entrevistas.

Lo que nunca menciona es que esa prueba se parece demasiado al Montreal Cognitive Assessment, conocido por sus siglas MoCA, y que no es un test de inteligencia, sino un cuestionario de cribado diseñado específicamente para detectar signos precoces de Alzheimer y demencia.

La prueba consiste en completar ejercicios elementales: identificar un león, un rinoceronte y un camello; recordar cinco palabras; dibujar un cubo; conectar números y letras alternándolos.

Sacar treinta sobre treinta no es un logro intelectual, sino el nivel mínimo esperado para cualquier adulto sin deterioro neurológico. Que el presidente lo cite como prueba de su brillantez sugiere, precisamente, lo contrario.

Hay otro detalle igual de revelador, advertido por el citado Gartner y otros especialistas: la llamada "parafasia fonémica" o incapacidad creciente para terminar palabras y frases, sustituir términos por otros que suenan parecidos y divagar por asociación libre sin lógica aparente.

Gartner ofrece un ejemplo: cuando Trump habla del Despacho Oval y de repente introduce un comentario sobre las paredes del nuevo salón de baile que ha ordenado construir, sin transición.

"Es como una piedra saltando sobre el agua", ilustra el psicólogo. "Va de una asociación a otra, pero no tiene sentido lineal".

La pregunta final no es médica, sino política. Trump abandonará formalmente el cargo el 20 de enero de 2029, con 82 años y siete meses. O así debería ser, porque, pese a la 22ª Enmienda, que limita a dos los mandatos y que el propio Trump admitió en octubre que "es bastante clara" en su prohibición, el presidente lleva semanas reabriendo el debate del tercer mandato.

El 20 de mayo, en la academia de la Guardia Costera, habló abiertamente de "estar aquí en 2028". Su asesor y líder del Movimiento MAGA, Steve Bannon, insiste en que "hay un plan". La salud de Trump hace tiempo que dejó de ser un asunto privado: es, hoy por hoy, el asunto público más serio del planeta.

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