- TOM BURNS MARAÑÓN
La Guerra del Golfo, versión 2026, propaga severos daños colaterales a la Alianza Atlántica, divide a los del 'America First', fractura la fachada de unión que Bruselas se esfuerza por mostrar y penaliza a los partidos que se autodenominan "patrióticos". Llevarse bien con Trump no sale gratis.
Los referéndums, se suele decir, los carga el diablo. Siempre puede haber sorpresas cuando las políticas gubernamentales se reducen a la simpleza binaria de un "sí" o un "no". Es lo que estará pensando la, de momento, incombustible populista italiana Giorgia Meloni, que tomó el poder al frente de una coalición de derechas en 2022 y hasta esta semana presumía de su inexpugnable poder para presidir un gobierno de coalición fuerte y estable.
No siempre mete mano el demonio en tales procesos electorales. El de la permanencia de España en la OTAN desgastó a los de "la enfermedad infantil del izquierdismo" que denunció Lenin, puso en ridículo a la derecha que pidió la abstención y consolidó el poder de Felipe González que convocó la votación. Al primer ministro inglés David Cameron le salió muy bien el plebiscito sobre la independencia de Escocia en 2014 porque perdieron los separatistas y rematadamente mal el de Brexit dos años después porque ganaron los de divorcio con Europa.
A Giorgia Meloni, la cara más amable entre los líderes que derechizan la política europea, el recurso a la democracia directa le ha salido fatal. Eligió esa vía el pasado domingo y lunes para aprobar una ambiciosa reforma de la judicatura italiana, pero la larga sombra de Donald Trump que cae sobre ella se ocupó de cargar su referéndum.
De aparecer invencible a año y medio de las próximas elecciones en Italia, Meloni ha pasado a ser vulnerable. Por obra y gracia del beligerante presidente de Estados Unidos la oposición ya la llama pato cojo. Llevarse bien con el presidente de Estados Unidos no sale gratis.
La verdad es que en estos tiempos tan volátiles el diablo tiene cuantas posibilidades quiera para liar la madeja. No hay nada a la hora de enfurecer a la gente como una guerra que es ilegal, según las normas del derecho internacional, y que a nivel de calle, es muy impopular porque dispara la inflación.
La incertidumbre es mayor que la creada por otros conflictos bélicos porque es una guerra aérea. Los expertos en la materia coinciden en que es imposible predecir el desenlace de los intensos bombardeos de Irán por Estados Unidos e Israel y los que, ojo por ojo, Teherán somete a adversarios y vecinos por igual. Mueren civiles y vuelan recursos energéticos de los cuales depende buena parte del mundo.
En teoría el único que puede terminar con la locura es quien la inició. Y muy posiblemente el imprevisible Trump no sepa bajo qué términos lo puede hacer y, lo que es peor, si quiere hacerlo. Se sabe cómo comienzan las guerras y nunca cómo concluyen.
Puede que se reanuden las feroces agresiones y puede que se detengan por cualquiera sabe cuántos días o semanas más. Todo cese temporal de hostilidades se deberá a negociaciones que unos anuncian y que otros desmienten y, también, al creciente temor de que se pueda producir un profundo hundimiento de la economía global. El curso de la guerra de Trump, sea escalada o sea desescalada, se asemeja al cara o cruz de una moneda que se lanza al aire.
Pero, lo que sí se puede afirmar es que la Guerra del Golfo, versión 2026, propaga severos daños colaterales a la Alianza Atlántica, divide a los de America First del movimiento MAGA en Estados Unidos, fractura la fachada de unión que Bruselas se esfuerza por mostrar en Europa y penaliza a los partidos que se autodenominan "patrióticos" y "soberanistas" y que son vilipendiados por pertenecer a una supuesta "fachoesfera" que alienta Trump.
Fue relativamente fácil anticipar esta última consecuencia desde el principio del conflicto hace ya cuatro semanas y la secuela cobra inmediatez tras el referéndum que ha humillado a Meloni. Al pavonearse como el dueño y señor de la guerra, el grosero presidente de Estados Unidos se convierte en un lastre para sus correligionarios conservadores en Europa.
El lado incorrecto
Instalado en una atalaya, en lo alto del "lado incorrecto de la historia", Trump es un banderín de enganche para la izquierda. Llena de bríos a los zurdos buenistas que recluta y, al paso que va, parará en seco esa "derechización" del Viejo Continente que anima a la "gente de bien" y saca de quicio a los biempensantes socialdemócratas.
El maléfico efecto Trump ha cobrado una víctima con el fuego amigo que apuntaba a la muy trumpiana presidenta del Gobierno italiano. Algo parecido le puede suceder al iliberal húngaro Viktor Orbán, el hijo pródigo de los MAGA en Europa y buen amigo de Meloni, que aguarda unas reñidas elecciones generales el próximo doce de abril. La oposición en Budapest al prorruso y anti-Bruselas Orbán ha cerrado filas y dentro de quince días le puede negar lo que sería su quinta victoria electoral sucesiva.
En este patio particular, es muy probable que el matonismo de Trump recortara los votos que Vox esperaba acumular en la elecciones que se celebraron en Castilla y León a las dos semanas de haber comenzado el bombardeo de Irán. Y en el de mi otro país que es Reino Unido la guerra ha puesto a la defensiva a Nigel Farage, el principal adulador de Trump fuera de Estados Unidos que lleva tiempo encabezando todas la encuestas de intención de voto.
Meloni pidió a los italianos que aprobasen un polémico plan que incluía la elección por sorteo de los miembros del equivalente al Consejo Superior del Poder Judicial con el fin de reducir lo que su gobierno considera el faccionalismo y la excesiva politización progresista de jueces y fiscales. Y el tiro le ha salido por la culata.
Por un cómodo margen los votantes rechazaron las propuestas que la primera ministra había calificado de "modernizadas" y urgentes para agilizar la justicia. Al parecer influyó tanto en el voto la ambigua posición de Meloni ante la guerra declarada por Trump como el temor a la limitación de la independencia judicial. Cayó en saco roto el argumento gubernamental de que los tribunales obstaculizaban el control de la inmigración ilegal.
En una situación normal Meloni no hubiera tenido problemas para sacar adelante los cambios que solicitaba. Una de las principales preocupaciones del censo italiano, al igual que el de otros en el entorno europeo, es, al fin y al cabo, la inmigración irregular. Las políticas de Meloni, centradas en el lema de Dio, patria, famiglia, han robustecido a la derecha-derecha en su batalla cultural contra el wokismo y tienen una incuestionable resonancia dentro y fuera de Italia.
Pero la situación, debido a Trump, es todo menos que normal y Meloni ha pagado por ello. Hasta hace nada era admirada por ser prácticamente el único líder de un gran país europeo capaz de mantener una relación más o menos de tú a tú con el presidente de Estado Unidos. Con las imágenes superpuestas de destrucción masiva a ambos lados del golfo pérsico ese respeto desaparece. Desde que comenzó el bombardeo de Irán, la familiaridad con Trump es algo sumamente tóxico.
Veneno
Ningún líder político hasta la fecha ha conseguido rentabilizar tanto ese veneno en vena que reparte el presidente de Estados Unidos como el presidente del Gobierno de España. Eso es lo que pensará Pedro Sánchez. Hizo gala de esta suposición en el pleno del Congreso de los Diputados a mediados de esta semana.
Al sanchismo no le funciona el relato de que la economía española va como "un cohete". Tampoco el que gracias al gobierno progresista de coalición los españoles cuentan con un escudo social que les protege cuando las maduras se tornan duras. Los resultados de las elecciones en Extremadura, Aragón y Castilla y León son prueba de ello. Sin embargo el sanchismo cree que con la reedición del "No a la guerra", libro que se agotó en 2003, el buenismo tiene otra vez un superventas en sus manos.
Desde esta semana en adelante y con las elecciones en Andalucía de mayo en mente, Sánchez se pasará el tiempo repitiendo que gracias a él España es "un referente internacional en la defensa de la paz". Una y otra vez dirá que es "un orgullo ser español" porque él preconiza el derecho internacional, el multilateralismo y la diplomacia.
Da igual que Alberto Núñez Feijóo llame a Sánchez "pacifista de pacotilla" que es alabado por el monstruoso régimen de los ayatolás y cuya imagen adorna los misiles iraníes. De nada le sirve al líder del mayor grupo en el Congreso de los Diputados decir que está "contra la guerra y contra usted [Sánchez]". Lo que compra la calle es que la derecha y la derechona son cobardes y cómplices del trumpista y sionista genocidio. Eso es, al menos, la apuesta del sanchismo. La táctica no pasa de ser un muy cínico ejercicio de distracción que burdamente emplean quienes son incapaces de conseguir la aprobación parlamentaria de los Presupuestos Generales del Estado.
Lo del sanchismo es una práctica diabólica pero es de ilusos descontar su eficacia en estos binarios tiempos que corren. También es de incautos creer que Trump, con la colaboración de Vladímir Putin y Xi Jinping, creyentes que son como él que el poder es la razón, no reorganice el mundo a su imagen y semejanza.
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