Posteriormente, el equipo llevó a cabo un análisis químico del ajo para identificar el compuesto responsable del efecto. Así determinaron que el disulfuro de dialilo era el elemento que provocaba la inhibición. En la práctica, esta sustancia actúa sobre un receptor sensorial presente en los órganos gustativos de la mosca, conocido como TrpA1.
El receptor TrpA1 funciona como un sensor que desencadena respuestas inmediatas de rechazo cuando detecta sabores potencialmente nocivos. Según el artículo publicado en la revista Cell, el ajo activa específicamente un grupo de neuronas sensibles al sabor amargo que contienen dicho receptor. Esta activación no solo provoca una reacción física de evitación, sino también cambios a nivel molecular mediante la modificación de la expresión de diversos genes.
Entre las alteraciones identificadas destaca la de un gen estrechamente relacionado con la sensación de saciedad, lo que sugiere que el contacto con los compuestos del ajo interfiere directamente en los procesos biológicos que regulan el apetito y la alimentación de estos insectos. Los autores del estudio plantean que el incremento en la sensación de saciedad parece impulsar conductas que limitan el apareamiento y la reproducción, principalmente en las hembras.
Un repelente natural para muchas especies
Además de las moscas de la fruta, los experimentos se replicaron en otros insectos voladores, incluidas dos especies de mosquitos transmisores de enfermedades como la fiebre amarilla, el dengue y el virus Zika, así como en las moscas tsetsé. En todos los casos, las pruebas mostraron que el ajo puede actuar como un recurso eficaz para desalentar la reproducción.
Las conclusiones de los investigadores sugieren que esta planta, Allium sativum, podría utilizarse como una herramienta para controlar diversas plagas de insectos perjudiciales tanto para la salud humana como para la agricultura.
John Carlson, profesor de Biología Molecular, Celular y del Desarrollo en la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Yale y coautor del estudio, concluyó que “el ajo es económico y se cultiva en todo el mundo. La idea de utilizarlo para ahuyentar a las criaturas hematófagas fue propuesta en 1897 por Bram Stoker en su novela Drácula y quizás tenía razón”.