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Un cañón de futuro

Un cañón de futuro
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En estos tiempos en los que el fascismo ya ha dejado de asomar la patita y nos come por los pies, el amor es necesario como motor para la resistencia y la acción

El Foco

Un cañón de futuro

En estos tiempos en los que el fascismo ya ha dejado de asomar la patita y nos come por los pies, el amor es necesario como motor para la resistencia y la acción

Regala esta noticia Añádenos en Google Ilustración. (Bea Crespo)

Edurne Portela

20/09/2026 a las 00:07h.

En mis manos sujeto un libro de formato apaisado con un peso específico de 559 gramos. En su cubierta el rostro de Silvio Rodríguez asoma ... por detrás del cuerpo de una guitarra boca abajo; cara y curva en perfecta armonía; fondo negro; cabeza tocada con una gorra de visera más francesa que gringa. La mirada almendrada del cantante -tierna y tímida, diáfana y sagaz- atrapa a quien la contempla; parece decir: escúchame, ¡tengo tanta verdad que contarte! Esta fotografía es una bella carta de presentación del retratado y de quien lo retrata.

En sus conciertos -he tenido la inmensa fortuna de verle en el Palacio Euskalduna de Bilbao- Silvio parece parapetarse detrás del atril, de su guitarra, de su gorra y de unas gafas en las que se refleja la fuerte luz de los focos. Yo, que soy tímida, le entiendo. La timidez a veces se puede interpretar como distanciamiento e incluso soberbia. Pero esto resulta imposible con Silvio, quien desde esa aparente lejanía transmite emociones intensas que se organizan en torno a una palabra: amor. A veces ese amor se concreta en el escenario en forma de triángulo. Al cantante le acompaña en la gira su mujer, la flautista y clarinetista Niurka González, una virtuosa de talento inmenso; y la hija de ambos, Malva Rodríguez González, vocalista y pianista que, sin duda, ha heredado el genio de sus progenitores.

Cuando Malva hace los coros a Silvio, todo su lenguaje corporal es una oda al padre: su sonrisa, su mirada, la dulzura y la alegría de su voz. La complicidad entre Niurka y Silvio, ese ingrediente fundamental en el amor, se palpa en los diálogos entre viento y voz. Hay un momento del concierto en que todo esto se condensa y se transforma en amor a otro. Silvio se levanta de su silla y se reúne en una esquina del escenario con Niurka, también en pie con su flauta, y Malva al piano. Dice algo así como «siempre he querido mostrar mi amor por los compañeros» y comienza a entonar la primera estrofa de 'La belleza' de Luis Eduardo Aute. Imposible calcular el peso específico de la emoción en el auditorio.

Pero el amor del que hablo no es el que se queda en el plano íntimo ni en el amor por alguien tan admirado como Aute, o por los extraordinarios integrantes de su banda, fotografiados también por Mordzinski en la cotidianeidad de las giras. El amor de Silvio, ese que sentimos en sus canciones, es un amor en el que el componente político, público, colectivo, es imprescindible.

En el 'Diario de un trovador', Mordzinski captura un momento relevante en este sentido: tras un concierto gratuito en Avellaneda, Buenos Aires, Silvio se reúne con Nora Cortiñas, cofundadora de Madres de Plaza de Mayo. Silvio y Nora aparecen de perfil sobre un fondo negro. Se miran a los ojos. Nora cubre su cabeza con el pañuelo blanco en el que sigue bordado con letra indeleble el nombre de su hijo Carlos Gustavo Cortiñas, detenido-desaparecido en 1977; Silvio posa su mano sobre la mejilla de la anciana, ella le abraza la espalda. Silvio recuerda las palabras de Nora: «Me decía Nora Cortiñas: Tus canciones inspiran revolución y amor... Es mejor el amor, ¿verdad?». No sorprende la pregunta de Nora: su hijo quiso hacer la revolución y acabó en el sumidero terrorífico de la dictadura y ella se quedó con todo el amor que no pudo darle. No sabemos qué le responde Silvio a Nora, pero creo no equivocarme si afirmo que para el cantante no hay revolución -así, en minúsculas- sin amor. Tampoco creo equivocarme si también afirmo que no hay amor -a la humanidad, al semejante y al distinto- sin revolución.

En estos tiempos en los que unos fascistas apalean a dos personas por engalanar una caseta de fiestas con banderas que defienden la libertad de amar a quien se quiera; en estos tiempos en los que los fascistas desde sus tribunas políticas y mediáticas -que no es lo mismo pero es igual- incitan a la caza de personas migrantes vulnerables; en estos tiempos en los que gentes importantes niegan el genocidio en Gaza; en estos tiempos, en resumen, en el que el fascismo ya ha dejado de asomar la patita y está comiéndonos por los pies, el amor es necesario como motor para la resistencia y la acción. Pero cuidado: no ese amor que anima a poner la otra mejilla para que, en la siguiente bofetada, te arranquen la cabeza de cuajo; no ese amor que defiende que en la democracia cabemos todos y todas las opiniones; tampoco ese amor que se conjuga en un yo y en un nosotros de clase y privilegio.

El amor revolucionario -el que destila Silvio en sus canciones- es el que hoy resiste frente al capitalismo feroz, al extractivismo neocolonialista del norte sobre el territorio que llamamos sur global y que antes fuera tercer mundo, a la devastación planetaria; el que protesta frente a genocidios manifiestos y sempiternos bloqueos, frente al retorno de políticas de la crueldad y el horror. Ese amor -por la humanidad, por el bien común- no es cosa nueva; es una forma de interpretar la realidad y el mundo que se convierte en acción con cada impulso revolucionario que planta cara a la injusticia y la opresión.

Cuando Silvio cantó por primera vez en 1969 'La canción del Elegido', la oda creada en honor del revolucionario Abel Santamaría Cuadrado, asesinado con 25 años a inicios de la Revolución cubana, no significaba lo mismo que cuando la cantó en el Palacio Euskalduna de Bilbao. Igual que para mí esta canción no significa lo mismo hoy, a mis cincuenta y dos años, que cuando la escuché por primera vez con quince. La revolución, Silvio, el mundo han cambiado radicalmente, pero sus palabras nos siguen interpelando porque él no solo canta a Abel, sino a lo «humano, lo planetario, lo universal». El Elegido busca amor, algo que sea «adorable, o por lo menos querible, besable, amable», pero baja a la tierra y se encuentra la guerra. El Elegido descubre que «lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida»; y que, para acabar con los canallas que causan la guerra, hace falta un cañón de futuro.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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