Jugador rehabilitado
«Un jugador patológico no puede ni echar un parchís»Hace más de una década decidió plantarle cara a una enfermedad que le destrozó la vida y contra la que a día de hoy sigue luchando cada mañana. «Sacó la peor versión de mí y eso es lo que más me duele: el daño que causé en mi casa»
Regala esta noticia Añádenos en Google Manuel posa en la sede de la asociación Amalajer. (Pedro Quero)Málaga
13/09/2026 a las 23:58h.Manuel Anaya llegó a perder la cuenta de las carreras del taxi abandonadas, de los clientes que dejó tirados en las paradas cuando se subía ... al volante poseido por el impulso incontrolado de jugar. Su obsesión eran las tragaperras. La música, las luces, esa recompensa instantánea. «Cuando salían dos figuras iguales, en las décimas de segundo que tardaba la otra, te pegaba un subidón terrible», recuerda. «Yo era incapaz de retirarme de una máquina mientras tuviera dinero en el bolsillo», confiesa este malagueño que llegó hace más de una década a Amalajer presionado por su familia. «Ahora soy un jugador rehabilitado aunque mi rehabilitación sigue siendo todos los días. Cada día que me levanto sigo luchando contra esta enfermedad», se sincera este malagueño de 68 años que lleva más de una década juega de juego. «Un jugador patológico no puede ni echar un parchís», advierte.
Cuenta Manuel que la adicción siempre va a más, nunca a menos. «Cuando te acuestas pensando en el juego y te levantas pensando en el juego, mal asunto». Entonces se dejó llevar por el ímpetu de la ola, en una especie de espiral de autodestrucción. «Procuraba estar muy poco tiempo en casa por no oír las cosas que me decía mi mujer», recuerda. Hubo días que se la encontraba llorando desconsolada. «Me decía que ya no podía más y yo le contestaba que si no podía más se tirara por la ventana», reconoce avergonzado.
«Empiezas una doble vida basada en engaños y mentiras. Juras, lloras pero después cierras la puerta y te vas otra vez»
Pasaban los años y, lejos de tocar fondo, cada vez se hundía un poco más. «Empiezas una doble vida basada en engaños, mentiras, manipulaciones. Juras, lloras pero después cierras la puerta y te vas otra vez. Después llegan los bajones y se te pasan ideas muy complicadas por la cabeza», confiesa. «Mentía por no reconocer que jugaba, incluso cuando ganada. El juego me hizo valiente para muchas cosas pero un cobarde para reconocer que tenía un problema. Lo que más me duele es el daño que causé en mi casa».
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