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Un misil de 20 millones para cuatro civiles muertos: el Putin más cruel y desesperado lanza sobre Kiev el carísimo Oréshnik

Un misil de 20 millones para cuatro civiles muertos: el Putin más cruel y desesperado lanza sobre Kiev el carísimo Oréshnik
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El mayor bombardeo aéreo sobre la capital ucraniana en cuatro años de guerra deja cuatro muertos, un centenar de heridos y treinta edificios residenciales destruidos. Putin justifica el ataque como represalia. Más información: Merkel reclama a los líderes europeos negociar con Putin y acusa a la UE de no aprovechar su "potencial diplomático"

El embajador francés en Ucrania, Gaël Veyssière, visita un edificio de apartamentos alcanzado durante los ataques rusos con misiles Oréshnik sobre Kiev. Valentyn Ogirenko Reuters

Europa Un misil de 20 millones para cuatro civiles muertos: el Putin más cruel y desesperado lanza sobre Kiev el carísimo Oréshnik

El mayor bombardeo aéreo sobre la capital ucraniana en cuatro años de guerra deja cuatro muertos, un centenar de heridos y treinta edificios residenciales destruidos. Putin justifica el ataque como represalia.

Más información:Merkel reclama a los líderes europeos negociar con Putin y acusa a la UE de no aprovechar su "potencial diplomático"

Publicada 26 mayo 2026 02:59h Las claves

Las claves Generado con IA

La madrugada del domingo 24 de mayo dejó en Kiev las imágenes más devastadoras desde el inicio de la guerra hace cuatro años. Rusia lanzó sobre la capital ucraniana lo que el jefe de la Administración Militar de la ciudad, Tymur Tkachenko, calificó como "el ataque más intenso contra Kiev desde que empezó la guerra", con numerosas localizaciones impactadas.

El balance es de al menos cuatro muertos, un centenar de heridos, unas treinta edificaciones residenciales dañadas o destruidas, escuelas alcanzadas y las ventanas del edificio donde se reúne habitualmente el Consejo de Ministros, reventadas por la onda expansiva.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, confirmó que entre las armas empleadas estuvo el Oréshnik, un misil balístico hipersónico capaz de portar cabezas nucleares y considerado el arma más avanzada del arsenal ruso. Era apenas su tercer uso en combate.

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El Kremlin se apresuró a justificar el ataque: el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, lo presentó ante su homólogo estadounidense, Marco Rubio, como una "respuesta masiva" a los "ataques terroristas" ucranianos contra "instalaciones civiles en territorio ruso", en alusión al ataque del viernes contra un dormitorio universitario de Starobilsk, en la Lugansk ocupada.

Moscú habla de hasta 21 civiles muertos provocados por dicho impacto, cifra que ni los servicios de emergencia ni medios independientes han podido verificar. Kiev niega haber atacado al estudiantado y afirma que su objetivo era una unidad rusa de drones Rubicon estacionada en el área.

El toma y daca de cifras y de versiones es ya tan rutinario como el de drones y misiles. La reacción ucraniana, como es lógico, no se ha hecho de esperar: Zelenski se refirió a Putin como "un completo loco" y pidió que el ataque "no quede impune". Andrii Sybiha, su ministro de Exteriores, exigió a los aliados “redoblar el esfuerzo y no echarse atrás”.

La defensa de Ucrania requiere, en su opinión, de capacidades adicionales de defensa aérea, inversión en industria armamentística europea y el uso pleno de los activos rusos congelados. Bruselas reiteró su apoyo y el silencio relativo de Washington volvió a hacerse notar.

Que Trump no dedicara más que un par de líneas en Truth Social a la peor noche que Kiev recuerda en cuatro años dice tanto sobre la nueva jerarquía de prioridades de su Administración como sobre la solitaria posición ucraniana.

Crueldad como mensaje

El uso del Oréshnik en una operación de este tipo resulta chocante. Estimaciones occidentales cifran el coste de cada unidad serie entre 30 y 100 millones de dólares, según la fuente, y el propio Putin sostuvo que un complejo Oréshnik completo ronda los 20.000 millones de rublos.

Todas las estimaciones serias coinciden en que disparar un Oréshnik le sale a Rusia entre 20 y 30 millones de dólares como mínimo.

Para un país asfixiado por las sanciones, con producción limitada y reservas que los servicios occidentales calculan en "unas pocas unidades o, como mucho, algunas decenas", el cálculo militar no se sostiene.

Y es que, de hecho, en términos puramente bélicos, el balance es delirante. Veinte millones de dólares para matar a cuatro personas, todas ellas civiles, ninguna de ellas militar de alta graduación, en una capital lejos del frente y sin valor estratégico inmediato para la marcha de la guerra.

Con el máximo respeto a las víctimas —un médico estaba entre los fallecidos, según el alcalde Vitali Klichkó—, el dato hay que decirlo con todas las letras: ningún manual militar moderno justifica el uso de un arma de estas características y este precio para causar daños tan limitados.

El Oréshnik impactó concretamente en Bila Tserkva, ciudad de 200.000 habitantes a 80 kilómetros al sur de Kiev. No es Avdiivka. No es Pokrovsk. Es un mensaje.

Y el mensaje tiene varios destinatarios. El primero, la opinión pública rusa, a la que Putin viene mostrando desde noviembre de 2024 un Oréshnik tras otro como prueba de superioridad tecnológica.

El segundo, la OTAN: el alcance del misil llega a Madrid, Berlín y Londres. El tercero, la Administración Trump, que pese a su evidente sintonía con Moscú no ha conseguido sacar a Putin de Ucrania ni siquiera al precio de abandonar a Zelenski.

Y el cuarto, por último, la propia Ucrania, a la que se intenta convencer de que negociar la rendición es preferible a seguir resistiendo. Cuatro destinatarios, ningún objetivo militar, veinte millones de dólares. La definición de crueldad gratuita en geopolítica.

Volodímir Zelenski y su ministro del Interior, Ihor Klymenko, visitan un edificio de apartamentos dañado durante los ataques rusos. Servicio de prensa del Servicio Estatal de Emergencias de Ucrania en Kiev Reuters

Lugansk, Finlandia y los bálticos

El énfasis ruso en el supuesto bombardeo sobre Starobilsk no es casual, sino que forma parte de una estrategia que Moscú lleva activando desde 2022 cuando las cosas en el frente no van bien.

El patrón es siempre el mismo: un episodio de víctimas civiles —reales, exageradas o inventadas, según el caso— se convierte en el pretexto para una represalia espectacular contra Kiev, mientras los medios estatales saturan las pantallas con imágenes de víctimas rusas y atrocidades atribuidas al Ejército ucraniano.

La función es doble: justificar lo injustificable hacia dentro y desplazar la atención del lector ruso medio de lo que está pasando realmente en el frente.

A esa coreografía se ha sumado una segunda capa: la amenaza permanente a los flancos de la OTAN.

El 16 de abril, el secretario del Consejo de Seguridad ruso, Serguéi Shoigú —hasta hace nada ministro de Defensa—, advirtió formalmente a Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania de que Moscú se reserva el “derecho a la legítima defensa” si Ucrania utiliza el espacio aéreo de esos países para atacar territorio ruso.

La amenaza viene acompañada de un patrón sostenido de incidentes híbridos: violaciones del espacio aéreo estonio por cazas rusos, drones sobre aeropuertos polacos en otoño de 2025, sabotajes a cables submarinos en el Báltico e interferencias masivas de GPS sobre Finlandia.

La táctica funciona dentro de Rusia, pero cada vez funciona peor entre los propios milbloggers ultranacionalistas que llevan apoyando la guerra desde 2022.

Yuri Podoliaka, una de las voces pro-Kremlin más influyentes en Telegram, sostuvo el 29 de marzo —justo antes del inicio de la ofensiva de primavera— que la ventaja en el frente se había desplazado al lado ucraniano.

Alexéi Chadáyev, antiguo propagandista de Putin reciclado en jefe de un programa de drones rusos, escribió el 30 de marzo una frase que ha hecho historia: "Tenemos que ser sinceros: hemos vuelto al feudalismo… y en una sociedad feudal no hay derechos, solo privilegios". Hasta el canal Rybar, con más de un millón de suscriptores, lleva semanas criticando a Valery Gerasimov por inflar los partes de avances.

Rusia lanza un misil balístico hipersónico contra Ucrania como represalia por el falso ataque a la residencia de Putin

El frente da la razón a los críticos

Sin duda, la razón por la que Putin necesita esos Oréshnik está en el mapa del frente. Según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW, por sus siglas en inglés) y el observatorio ucraniano DeepState, las tropas rusas avanzaron 730 kilómetros cuadrados en noviembre de 2024 —el récord de la guerra— y desde entonces el ritmo no ha hecho más que caer.

En marzo de 2026 obtuvieron una ganancia neta de apenas treinta kilómetros cuadrados. En abril, por primera vez desde la incursión ucraniana en Kursk de agosto de 2024, registraron pérdida neta de territorio: 116 kilómetros cuadrados. Y en mayo, la tendencia se ha consolidado con otra pérdida neta de unos 100 kilómetros cuadrados entre el 21 de abril y el 19 de mayo.

El ritmo medio de avance ruso diario en los primeros cuatro meses de 2026 fue de 2,9 kilómetros cuadrados, frente a los 9,76 del mismo período de 2025. Pokrovsk sigue resistiendo; el "cinturón fortaleza" del Donbás —Sloviansk, Kramatorsk, Kostiantynivka y Druzhkivka— continúa lejos de las manos rusas.

El ISW atribuye la frenada a los contraataques ucranianos, los bombardeos de medio alcance sobre la retaguardia rusa, el bloqueo de los dispositivos Starlink rusos en febrero y la propia degradación logística del invasor. Según fuentes ucranianas, Rusia sufrió más de 35.000 bajas solo en abril.

En este contexto, la pirotecnia del Oréshnik adquiere su sentido verdadero: tapa con un fogonazo la miseria del frente. Veinte millones de dólares para matar a cuatro civiles es, en términos crudos, el precio de un anuncio publicitario: caro, pero rentable si sirve para que la audiencia siga sin enterarse de la realidad.

Con todo, es inevitable preguntarse cuántas noches como la del 24 de mayo puede soportar todavía Ucrania mientras Europa debate si fabricar Patriots propios y Trump mira hacia el Caribe y el Golfo.

La respuesta ya no depende de Kiev: depende de quién, en los próximos días, decida que esta guerra no es una distracción de Ormuz o de Cuba, sino la prueba definitiva del orden mundial que viene.

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