Ampliar
Áurea Moltó
Directora de REDElcano en el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Secretaria general de Transparencia Internacional España y ASPEN-España fellow
Domingo, 11 de enero 2026, 00:07
... más peligrosamente que en los cuatro años de su primera legislatura, entre cascadas de aranceles, amenazas a aliados, mediaciones de paz discutibles y una Estrategia de Seguridad Nacional que consagra sin ambages la primacía del poder y los intereses de Estados Unidos en cualquier escenario. El 3 de enero, tras un masivo despliegue aéreo y naval en el Caribe a lo largo del pasado otoño, la administración Trump llevó a cabo una operación que concluyó con la captura de Nicolás Maduro, mediante una intervención ilegal del ejército estadounidense en territorio soberano de Venezuela. Mientras el mundo trataba de responder ante lo sucedido, desde Washington se señalaba el siguiente objetivo potencial: hacerse con Groenlandia.En el actual momento de remodelación geopolítica, apelar al Derecho Internacional y sus principios de soberanía, resolución pacífica de conflictos, prohibición del uso de la fuerza, integridad territorial o no intervención, parece una decisión timorata o poco imaginativa. Pero la aparente falta de épica en el hecho de defender la legalidad revela su centralidad. Sin el entramado de normas, valores, acuerdos e instituciones que constituyen la base del Derecho Internacional, la Unión Europea, como comunidad de derecho y como el experimento multilateral más avanzado del mundo, simplemente no podría sostenerse. El riesgo no es teórico: es existencial y está aquí mismo.
El Derecho Internacional nunca ha sido neutral. Los Estados poderosos lo han aplicado selectivamente, lo han quebrantado sin consecuencias en demasiadas ocasiones o no lo han reconocido como marco legal cuando obstaculizaba sus intereses. Pese a estas conocidas incoherencias y debilidades, la respuesta evasiva de la UE a la violación por parte de EE UU del Derecho Internacional supone una contribución a su derribo, al normalizar la ilegalidad como instrumento legítimo de política exterior y erosionar el suelo normativo sobre el que descansa la propia Unión. Aceptar los hechos consumados en Venezuela equivale a asumir un mundo regido por esferas de influencia, donde la fuerza legitima la acción y el derecho se convierte en un recurso retórico opcional. La directora del centro Carnegie en Europa, Rosa Balfour, recuerda que si la UE quiere ejercer algún tipo de esfera de influencia en su vecindario sur y oriental, necesitará hacerlo «según las normas y constituciones decididas democrática y colectivamente», en un marco de igualdad soberana.
La UE no puede abandonar la defensa del Derecho Internacional, por ella misma y por los muchos países que en América Latina, África y Asia temen verse sometidos por líderes autoritarios como Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping. La actual competición estratégica puede ofrecer oportunidades tácticas a corto plazo, pero encierra riesgos estructurales futuros de dependencia y vulnerabilidad.
Frente a quienes sostienen que defender el orden basado en normas es una muestra de ingenuidad en tiempos geopolíticos «realistas», conviene recordar que el abandono de principios conduce a una mayor arbitrariedad. El regreso a un mundo de poder sin reglas no favorece a las democracias abiertas ni a los actores intermedios, sino a quienes tienen poder suficiente para imponer su voluntad. Michael Ignatieff ha escrito un extraordinario artículo en Substack sobre las consecuencias de lo sucedido en Venezuela en el que afirma que «si las potencias intermedias se agrupan, quizá atraviesen el siglo XXI con sus soberanías reforzadas. Si van por libre o cometen el error de arrimarse a un depredador u otro, podrían acabar siendo devoradas por una de las bestias».
El discurso que contrapone la eficacia del Estado-nación a la supuesta impotencia de la UE ignora que, en un mundo de grandes potencias, la fragmentación equivale a irrelevancia. Este es el dilema estratégico de la UE. Y no está sola. Su fuerza reside en su unión; compleja e imperfecta, pero dotada de instrumentos de poder reales, económicos, militares e institucionales, cuando actúa con cohesión o es capaz de forjar «coaliciones de voluntarios». Hay muchos otros ahí fuera para los que el Derecho Internacional es su garantía de existencia.
Defensa de la soberanía, integridad territorial, seguridad europea y credibilidad internacional de la Unión: nada de esto se juega hoy de forma tan clara como en Ucrania. La forma en que se resuelva la guerra, el nivel de seguridad que se garantice a Kiev y su integración progresiva en la UE serán la prueba más tangible de la coherencia entre valores y acción, y de la disposición de los europeos a sostener el orden jurídico que dice defender cuando hacerlo tiene costes reales.
El Global Risk Report 2026 elaborado por Eurasia Group sitúa a EEUU como el principal riesgo global, por su disposición a utilizar su poder al margen de las normas que durante décadas contribuyó a establecer. La demolición del Derecho Internacional no es una amenaza teórica: es una dinámica en marcha. Defenderlo no es un ejercicio de nostalgia liberal, sino la tarea central de nuestro tiempo. Para Europa, es también la condición de su supervivencia como actor político.
Límite de sesiones alcanzadas
El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a las vez.
Por favor, inténtalo pasados unos minutos.
Sesión cerrada
Al iniciar sesión desde un dispositivo distinto, por seguridad, se cerró la última sesión en este.
Para continuar disfrutando de su suscripción digital, inicie sesión en este dispositivo.
Iniciar sesión Más información¿Tienes una suscripción? Inicia sesión