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Un mural con imágenes del líder supremo de Irán, Alí Jamenei, y del líder de la revolución de 1979, Ruhollah Jomeini. Reuters Un régimen débil consagrado a los ayatolásLa revolución de 1979 alumbró un sistema teocrático en Irán donde las instituciones tienen apariencia democrática pero el Líder Supremo ejerce la autoridad absoluta
Sábado, 28 de febrero 2026, 12:47
... prooccidental, la de la dinastía Palavi, que acabó en 1979 derrocada entre multitudinarias protestas y denuncias de represión y corrupción. Y que, desde entonces, el país funciona al dictado de un Líder Supremo. Buena parte de los más de 90 millones de iraníes ha vivido siempre bajo ese régimen clerical, al que achaca ahora los mismos 'errores' que sus antepasados cargaron al depuesto sah y que se encuentra más debilitado que nunca en las calles. Hace poco más de un mes, Teherán y otras ciudades persas eran un hervidero de manifestantes -sobre todo jóvenes- hartos de los ayatolás.Noticias relacionadas
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Ruhollah Jomeini era entonces el Líder Supremo de un régimen teocrático donde todo el poder giraba en torno a su figura. Murió en 1989 -un año después del fin de la guerra con Irak, que causó miles de bajas iraníes- pero dejó establecido un sistema, incluida una nueva Constitución, donde el liderazgo religioso condiciona las principales decisiones de Estado, también las políticas, y controla desde la Guardia Revolucionaria a los servicios de Inteligencia o el poder judicial. Todo, la autoridad absoluta. Así funciona desde hace casi medio siglo Irán, una nación de espaldas a Occidente con instituciones aparentemente democráticas -se celebran elecciones, a veces bajo sospecha de fraude- pero que en la práctica dependen del ayatolá de turno, ahora Alí Jamenei.
Protestas en las calles
El valor de este cargo se evidencia con cada ataque contra territorio persa, como el de este sábado ejecutado por Israel y EE UU. De inmediato se informa de que el Líder Supremo se encuentra en «un lugar seguro», en el caso de Jamenei parece que fuera de Teherán. Tras 36 años en la cúspide del poder, el ayatolá (un término que significa 'señal de Dios') cuenta aún con numerosos partidarios en el país, pero ha tenido que sofocar a base de represión varios intentos de revolución en las calles. También en las urnas, como en 2009, cuando los iraníes acudieron en masa a los comicios presidenciales para dar su apoyo al candidato reformista, Mir Husein Musavi, pero las autoridades dieron por ganador al oficialista Mahmud Ahmadineyad antes incluso de que se cerraran los colegios electorales.
Ruhollah Jomeini, Líder Supremo hasta su muerte en 1989, estableció un sistema donde el poder religioso condiciona las principales decisiones de Estado, incluidas las políticas
Una década después, entre 2017 y 2019, el Movimiento Verde salpicó todo el territorio de protestas en demanda de cambios, que no llegaron. En 2022 hubo una primera ola de marchas por el recorte de los subsidios y, después, la muerte de la joven Mahsa Amini cuando estaba bajo custodia policial derivó en otra corriente de indignación. Las últimas manifestaciones se produjeron hace apenas unas semanas, con la crisis económica -el rial está por los suelos- como origen pero con el deseo de acabar con el régimen como objetivo máximo. El intento del sistema de acallar estas críticas, las mayores en década y media, dejó más de 30.000 asesinados, según cálculos de oenegés.
Ninguno de estos episodios, sin embargo, ha derrocado a Jamenei y los suyos, aunque su poder se vea cada vez más cuestionado por sus compatriotas, especialmente entre esas generaciones que se han criado sin el fervor religioso de sus antepasados y que se asoman a Occidente a través de las redes sociales. Y los más mayores, y críticos, ven hoy un sistema que comete los mismos pecados que se atribuyeron a los Palavi. El régimen está herido, pero es una incógnita si la intervención de EE UU e Israel alumbrará una transición ordenada hacia la democracia.
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