Las donaciones de riñón en vida se abren paso en Málaga, aunque sigue siendo una fórmula infrautilizada: «Hay un desequilibrio entre oferta y demanda»
Regala esta noticia Añádenos en Google 31/05/2026 Actualizado a las 00:08h.Desde la Organización Nacional de Trasplantes se refieren a la donación de órganos como «el mayor acto de bondad entre los seres humanos». España volvió ... a demostrar en 2025 su altruismo con un total de 6.335 trasplantes, gracias a la generosidad de 2.547 personas que donaron sus órganos tras fallecer. A ellos se sumaron otros 408 que lo hicieron en vida, es decir se desprendieron de un riñón o parte de su hígado para salvar la vida de otra persona. En Málaga, concretamente, durante el pasado año se realizaron 13 donaciones en vida de riñón, dos más que en 2024. Sin embargo, sigue siendo un registro «muy bajo».
Gutiérrez insiste en que se trata de una fórmula «infrautilizada». A su juicio, existe una falsa percepción social de que no es necesario recurrir a la donación en vida porque en Málaga se realizan muchos trasplantes procedentes de donantes fallecidos. Sin embargo, recuerda que continúa existiendo «un desequilibrio entre la oferta y la demanda» y que todavía hay muchos pacientes esperando un órgano.
Así lo estiman también desde la Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades Renales de Málaga (ALCER): «Tenemos margen de mejora en la donación en vida, especialmente entre las personas más jóvenes, porque se da la paradoja de que ellas son las que más problemas tienen para trasplantarse, y esto es debido a que la edad media de los donantes fallecidos en España supera los 60 años, por lo que no son aptos para trasplantarlos a jóvenes», advierte su presidenta Pepi Gómez, quien recuerda que donar, en vida o al final de ella, «es uno de los mayores actos de amor y solidaridad».
¿Quién puede hacerlo? Toda persona sana tras superar unos exhaustivos exámenes físicos, analíticos y radiológicos para asegurar su salud y compatibilidad. También se requiere una evaluación psicológica, la aprobación de un Comité de Ética y una declaración ante un juez para garantizar que el acto es libre y altruista.
SUR ha hablado con tres donantes que antepusieron la supervivencia de sus seres queridos a los riesgos de someterse a una intervención gozando de una salud excelente. No se lo pensaron, el amor ganó al miedo.
Silvia Vidal
«No es nada heroico; solo quería que mi hija no sufriera»
Silvia Vidal donó un riñón en vida a su hija, también trasplantada de un hígado. (Ñito Salas)La primera vez que Silvia Vidal vio a su hija después del trasplante apenas podía sostenerse en la silla de ruedas. Llevaba todavía las vías puestas y avanzaba despacio por el pasillo del hospital. Habían pasado tres días desde la operación. Cuando entró en la habitación aislada, la niña la abrazó y le dijo lo que llevaba días deseando escuchar: «Mamá, tu riñón funciona muy bien».
Ese momento sigue grabado en la memoria de ambas, pero la historia había empezado mucho antes. Durante el embarazo, los médicos detectaron que algo fallaba. Había poco líquido amniótico y los riñones del bebé crecían demasiado. En la semana 32 llegó el diagnóstico: riñones poliquísticos, una enfermedad genética grave. «Me dijeron que era muy difícil que sobreviviera», recuerda la madre.
Silvia Requena nació prematura, en la semana 34, y pasó casi dos meses ingresada. Después llegaron las urgencias, las revisiones y los tratamientos. Con pocos meses sufrió una crisis de hipertensión y terminó en cuidados intensivos. «Cualquier resfriado acababa en neumonía», resume su madre.
La niña creció entre hospitales. Tenía la barriga hinchada por el tamaño de los riñones y el hierro le había amarilleado los dientes. Pese a todo, su madre la recuerda siempre sonriendo, incluso cuando apenas tenía fuerzas. «Ella tiraba para adelante siempre», subraya.
A los seis años, los médicos del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla plantearon un trasplante con donante vivo. Hasta entonces, la familia apenas conocía esa posibilidad. El padre y la madre empezaron las pruebas, aunque enseguida supieron que Silvia era la candidata más compatible.
Después llegaron los análisis, los TAC, las entrevistas con psicólogos y las autorizaciones judiciales. Los médicos tenían que comprobar que la donación era voluntaria y que la madre podía vivir con un único riñón sin poner en riesgo su salud. Nunca lo vio como un acto heroico, «solo quería que mi hija no sufriera»
Antes del trasplante, la niña tuvo que pasar tres meses en diálisis y para ello viajaban tres veces por semana al Virgen del Rocío de Sevilla. Fueron semanas de madrugones, traslados en ambulancias y horas conectada a una máquina hasta que se inauguró la sala de diálisis en el Hospital Materno Infantil de Málaga.
El trasplante se hizo el 16 de enero de 2013 en el Hospital Regional. Cuando la madre despertó de la anestesia, repitió varias veces la misma pregunta: «¿Ha orinado?». Los médicos le dijeron que sí y entonces respiró. Era la señal de que el riñón funcionaba.
La recuperación cambió la vida de las dos. La niña aceleró su crecimiento, dejó atrás gran parte de la medicación y pudo vivir con una normalidad que hasta entonces no había conocido. Pero con el tiempo la enfermedad afectó también al hígado. El verano pasado, Silvia, que ahora tiene 20 años, recibió un segundo trasplante, esta vez de un donante fallecido. Pero la joven insiste en que no habría llegado hasta aquí sin su madre: «Me ha dado la vida dos veces», recalca.
Ahora Silvia estudia un grado superior de Audiología Protésica y colabora con ALCER para hablar sobre la importancia de la donación de órganos entre jóvenes. Su madre insiste también en la donación en vida, una opción todavía poco conocida: «Puedes cambiarle la vida a una persona». Una década después del trasplante, asegura: «Lo volvería a hacer las veces que hiciera falta».
Rafael Gómez
«Diría que mi mujer me ha costado un riñón, pero no dudaría en darle el otro»
Rafael Gómez no dudó en darle un órgano en vida a su esposa Susana Baena. (Marilú Báez)A Rafael Gómez le costó poco decidirlo. Lo recuerda ahora como quien habla de algo cotidiano, aunque lo que hizo no lo sea. Mientras su mujer iba perdiendo fuerzas y acumulando infecciones, él ya había visto antes el desgaste de la enfermedad en casa: la madre de Susana pasó años conectada a una máquina de diálisis. «Yo no quería que ella pasara por lo mismo», resume.
Susana Baena tiene 47 años, trabaja en ayuda a domicilio y lleva más de dos décadas casada con Rafael, carretillero en un almacén. Tienen un hijo de 22 años y una vida que durante mucho tiempo estuvo marcada por una enfermedad hereditaria: el síndrome de Alport, un trastorno que deteriora progresivamente los riñones.
Durante años, la enfermedad avanzó despacio. Primero llegaron las infecciones de orina, después el cansancio constante, la sensación de no poder seguir el ritmo de una vida normal. «No tenía ganas de nada», recuerda ella. Había días en los que apenas podía sacar fuerzas. La idea de entrar en diálisis empezó a plantearse en las consultas médicas cuando contaba con 38 años.
Fue entonces cuando los médicos plantearon otra opción: un trasplante de donante vivo. Susana no quería que su marido diera el paso. Tenían un hijo pequeño y miedo a que algo saliera mal. «No me gustaba que fuera él», confiesa. Rafael, sin embargo, llevaba tiempo con la decisión tomada. Empezaron las pruebas de compatibilidad y, seis meses después, llegó la operación.
Nueve años más tarde, Rafael le quita importancia a aquel acto altruista. Dice que su vida apenas cambió tras la intervención y recuerda que a los pocos días ya caminaba por la calle. «La gente se asusta más de lo que realmente es», comenta. Y ahora con la perspectiva del tiempo hasta bromean con aquella intervención que tanta preocupación les causó. «Puedo decir que mi mujer me ha costado un riñón, pero no dudaría en darle el otro también si pudiera» (risas). Ella, en cambio, no encuentra palabras para agradecérselo. «Lo que ha hecho por mí es muy grande», dice.
El trasplante evitó la diálisis y cambió por completo su día a día. Volvió a trabajar después de la recuperación, recuperó energía y algo que no está pagado: la tranquilidad. Aunque de nuevo vuelve a verse alterada, ya que su hijo de 22 años también ha heredado la enfermedad y está pendiente de un trasplante de riñón, que ahora «por desgracia» ni su padre ni su madre pueden darle. Pese a todo tratan de salir adelante viviendo el día a día. De seguir trabajando y de no pensar demasiado en el futuro.
Maribel Salazar
«El poder de dar vida es una emoción inexplicable»
Maribel Salazar (derecha) regaló vida a su hermana Patricia.En el hospital, Patricia empezó a caminar pocos días después de la operación. Venía de una enfermedad renal que había ido mermando su salud durante años. A unos metros, en otra habitación, su hermana Maribel seguía el mismo proceso de recuperación tras haber donado uno de sus riñones.
Maribel Salazar tenía 45 años cuando aceptó entrar en un protocolo de donación en vida. El trasplante se realizó en 2011, en Venezuela, después de que los médicos advirtieran que la situación de su hermana menor podía evolucionar hacia diálisis si no se actuaba con rapidez. El diagnóstico fue una glomerulonefritis, que impide que los riñones filtren adecuadamente los desechos y el exceso de líquidos de la sangre. Patricia llevaba tiempo con problemas de salud sin que las pruebas médicas dieran resultados concluyentes, hasta que una subida de tensión llevó a ampliar el estudio clínico y se identificó el origen en el riñón.
A partir de ahí, se informó a la familia de la posibilidad de ser donantes en vida. Dos de los cinco hermanos quedaron descartados tras las pruebas médicas. Los otros dos, Maribel y su hermano menor, pasaron a la fase de evaluación: analíticas completas, estudios de compatibilidad, pruebas genéticas y valoración general de salud. Finalmente, el equipo quirúrgico consideró que el hermano no era el candidato más adecuado por su sobrepeso, que podía aumentar el riesgo tras la extracción. Maribel pasó a ser la opción viable.
En las consultas previas a la cirugía, Maribel asegura que se sintió «conmovida» por las historias de otros familiares que también habían sido donantes y de la posibilidad de «dar vida»: «Ahora estaba en mi mano mejorar la salud de mi hermana y acabar con el dolor de mi madre y sobrinos por el deterioro cada vez mayor que sufría». Pese a todo, no niega momentos de flaqueza y de dudas, incluso el mismo día de la intervención: «Cuando ya me estaban preparando, me asusté de verdad. Hasta entonces no había entrado en un quirófano».
Pero el amor a su hermana pudo con el miedo momentáneo que sintió y siguió adelante. El protocolo de donación en vida exige consentimiento informado y voluntario, sin compensación y sin presión familiar. «Te dejan claro que lo haces porque quieres», señala.
La intervención se realizó mediante cirugía laparoscópica. Maribel no recuerda complicaciones en el postoperatorio. Patricia pasó primero por UCI y, días después, fue trasladada a planta. La evolución clínica fue rápida en los primeros controles, que se reflejó en un notable cambio físico: menos fatiga, más estabilidad y recuperación progresiva de funciones básicas que antes estaban limitadas por la enfermedad. Con el tiempo, ambas decidieron trasladarse a España. Ahora residen en Málaga, donde además de gozar de buena salud, disfrutan de una «excelente calidad de vida».
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