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Un techo

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Hay quien no tendrá casa ni en esta vida ni en la otra

La última de verano

Un techo

Hay quien no tendrá casa ni en esta vida ni en la otra

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Regala esta noticia Añádenos en Google Fotos de edificios con carteles de alquiler y venta de pisos. (Vanessa Gómez)

Rosa Palo

29/07/2026 Actualizado a las 00:11h.

Vivíamos donde la ciudad comenzaba a agotarse, donde aún no había edificios, donde el vecino ataba una cabra en la puerta de su casa y ... los perros andaban sueltos y los gatos parían en los jardines y los críos jugábamos en la calle y la señora María nos vendía petardos la noche de San Juan y chucherías todos los días del año. Más tarde comenzaron a construir pisos, y mi prima compró uno enfrente de nuestra casa, y también los padres de mi amiga Ana, y abrieron una carnicería, y una cafetería, y una frutería, y una panadería, y una guardería, y muchas cosas acabadas en 'ía', y dijimos qué bien, porque empezamos a sentirnos parte de algo parecido a la civilización.

A principios de julio, apareció un artículo en 'El País' que contaba la existencia de una red de conserjes y porteros que, por su conocimiento privilegiado de lo que ocurre en los edificios (lo que viene siendo el cotilleo, pero dicho a lo fino), avisan a agentes e inversores cuando un piso está a punto de salir al mercado. Esa información anticipada, que antes apenas les reportaba una propina, ahora les proporciona comisiones de miles de euros, hasta el punto de que un portero de un edificio del barrio de Salamanca, el hábitat natural de señorones de rancio abolengo y pititas enlacadas, le confesó a la periodista Lucía Franco que había llegado a cobrar 50.000 euros «por avisar a un inversor extranjero de que la del 2ºB acaba de fallecer».

Eso me ha despertado un nuevo temor: que haya alguien acechando tras la esquina, esperando a que mi santo y yo salgamos con los pies por delante para comprarle la casa al heredero. Pero ya está advertido: si la vende, me aparezco por las noches. Porque un hogar es algo más que cuatro paredes. Porque, aunque esté muerta y enterrada, esta casa es mi casa, que diría Pantoja. Bueno, nuestra casa. La de nosotros tres y la de todo aquel que venga. Por un rato, claro.

Pero hay quien nunca tendrá una casa, ni en esta vida ni en la otra. Quien, después de cuarenta años trabajando, apenas puede aspirar a una habitación propia en un piso compartido donde amontonar libros, ropa y paquetes de galletas. Quien sueña con formar una familia, pero no tiene un techo bajo el que empezar a construirla. Quien busca y hasta encuentra algo que cabe en su presupuesto, pero o está a hora y media del resto de su vida o es un cuchitril de tal calibre que no hay pintura, alicatado ni cortinas capaces de dignificarlo. Quien daría cualquier cosa por marcharse mañana mismo porque ya no soporta a su cónyuge, pero no puede permitirse otro piso y allí sigue, preguntándole si tiene algo negro que echar a la lavadora porque va a poner una de ropa oscura, que la vida está muy cara como para poner dos.

Una, de momento, que nunca se sabe, todavía puede llamar casa a una casa. No por eso está sorda ni ciega, ni es insensible a las circunstancias de mucha gente, demasiada. El heredero, por su parte, se irá a vivir donde quiera o donde le toque, y hará lo que le dé la gana con nuestra casa cuando ya no estemos. Pero que se vaya preparando. Va a tener un carrusel de apariciones nocturnas que me río yo de Iker Jiménez y sus fantasmas.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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