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Alejandro Castro Una de cada cinco mujeres lesbianas tiene ingresos inferiores a 1.000 euros mensualesEl último estudio de la FELGTBI+ sostiene que solo un 8,5% de las personas del colectivo se identifican como lesbianas, menos de la mitad que los que se reconocen como hombres gays
Víctor Rojas y Estupenda Márquez
Domingo, 26 de abril 2026, 00:21
Cabría pensar entonces que algo se está moviendo y que las lesbianas, además de ocupar espacios, empiezan a ser leídas de otra manera. Sin embargo, los datos hacen que esta sensación cambie. Ahí dejan de estar en todas partes, apenas aparecen. Es más, en el citado estudio, dentro de una muestra de 800 personas, solo un 8,5% se identifica como lesbiana.
Se trata de una limitación estructural. Una categoría con tan poco peso dentro de la muestra apenas permite un análisis específico y queda fuera de muchos estudios, lo que dificulta que se tenga en cuenta a la hora de definir prioridades. La invisibilidad adquiere así una dimensión concreta, ligada a los propios límites de la medición.
A esto se añade un elemento menos visible. Muchas mujeres que mantienen relaciones con otras mujeres no se identifican como lesbianas en un contexto estadístico, lo que hace que una parte de esa realidad no quede reflejada en los datos.
Desempleo y vulnerabilidad
Durante años se ha sostenido la idea de un colectivo LGTBI con alto poder adquisitivo, una especie de sujeto consumidor ideal que ha servido como referencia para el mercado. El informe de 2025 dibuja un escenario distinto. La población LGTBI presenta mayores tasas de desempleo y situaciones de vulnerabilidad que la población general, y dentro de ese marco las mujeres ocupan una posición concreta: un 17% de las lesbianas tiene ingresos inferiores a 1.000 euros mensuales, una cifra que no alcanza el 9% entre los gais.
«Se debe a la desigualdad de género que existe todavía en la sociedad y, en este caso, también en el mercado laboral. Entonces, las mujeres lesbianas, como mujeres que somos, también nos vemos afectadas por esa desigualdad de género en el trabajo», explica Charo Alises, abogada y presidenta de la asociación Ojalá. La fundadora de Reynas Torremolinos coincide con esta tesis: «Si hiciésemos este estudio sin tener en cuenta la orientación sexual, probablemente también habría una brecha importante». Moreno añade que suele ocurrir porque las mujeres, de base, tienen más cargas familiares que los hombres y, por ello, trabajos precarios, a pesar de haber estudiado o tener una carrera universitaria.
El llamado 'pink money', entendido como el poder adquisitivo atribuido al colectivo LGTBI como nicho de consumo, responde a un perfil muy definido, asociado a hombres, entornos urbanos y ausencia de cargas familiares. Las lesbianas quedan fuera de ese modelo y se sitúan en una realidad económica atravesada por la brecha de género y, como apunta Moreno, una doble brecha en el caso de las lesbianas que, además se traduce en un «doble techo de cristal».
Esta doble brecha la ha experimentado en sus propias carnes Lupe González, dueña de La Barbera y creadora de la fiesta lésbica No bollodrama party, en su trabajo en distintas barberías antes de abrir su propio negocio. «Me pidieron que no dijera que era lesbiana», asegura, además de recordar cómo algunos clientes clientes pedían que los atendieran sus compañeros a pesar de que ella tenía más experiencia. Incluso un día, recuerda, un hombre le pidió perdón al terminar de cortarle el pelo. ¿El motivo? La última vez había pedido que no le cortara el pelo ella.
El estudio de la FELGTBI+ señala que la mayoría de las lesbianas (32,7%) se clasifican dentro de la franja de ingresos entre 1.000 y 2.000 euros, mientras que son más los gais con ingresos superiores a 4.000 euros, alcanzando el 14,2%. «Los hombres en el mercado laboral llegan a puestos más altos que las mujeres, cobran más… Si tenemos una pareja de dos hombres, imagínate lo que pueden cobrar en comparación con dos mujeres, que ambas sufren esa discriminación de género en el mercado laboral», afirma la presidenta de Ojalá.
En este sentido, González recuerda que en sus inicios como barbera cobraba comisiones, unas comisiones que siempre eran más altas para los hombres aunque se realizara el mismo trabajo, algo que también la lleva a pensar como nunca eran mujeres las dueñas o encargadas de estos establecimientos y a otras situaciones de discriminación.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística llevan años señalando desigualdades persistentes en ingresos y empleo. En hogares formados por dos mujeres, esa desigualdad se acumula y condiciona la capacidad económica del conjunto. De ahí que muchas trayectorias se acerquen más a una lógica de sostenimiento cotidiano que a ese imaginario aspiracional construido alrededor del consumo. «La desigualdad se puede apreciar sobre todo en las parejas de mujeres, que quizá tengan menos ingresos que las parejas heterosexuales o incluso que las parejas de hombres. Y eso se debe al factor de género», apuntilla Alises.
La FELGTBI+ también asegura que «muchas mujeres lesbianas están especialmente expuestas a los riesgos de una coyuntura económica cambiante, «con trabajos precarizados y a unas altas tasas de desempleo». Una situación que desentona con los elevados niveles formativos de la población LGTBI: más del 40% cuenta con estudios universitarios, cuando no alcanza el 25% en el contexto de la población general. «Luego no se accede a puestos de calidad, de poder o en los que realmente se vea recompensada esa formación», puntualiza Moreno.
Este último dato contrasta con la baja intensidad laboral, que representa en 2025 un 21,9% de las personas LGTBI+ con las mujeres cis entre las principales afectadas (20,1%). La abogada achaca estos datos más al factor de género que a la orientación sexual: «Si haces un estudio del mercado laboral en relación a las mujeres, evidentemente la intensidad será más baja que la de los hombres».
Desigualdad económica
Si hay algo que estructura la desigualdad económica en España es el reparto de los cuidados. Y aquí las lesbianas no viven en una excepción. Es cierto que muchas parejas de mujeres reparten mejor, pero eso no elimina el problema de fondo. El sistema sigue penalizando a quien cuida. «Muchas tienen que buscar trabajos con cierta flexibilidad: por temporadas, por horas o con contratos cortos. Y así es muy difícil acceder a puestos de responsabilidad o estabilidad laboral», sostiene Moreno, quien subraya que las cargas familiares siguen recayendo, en su mayoría, sobre las mujeres.
La maternidad, en el caso de una pareja de mujeres, suele implicar además un coste añadido. Procesos de reproducción asistida, itinerarios médicos, incertidumbre legal en algunos contextos. En el caso de los hogares sin hijos, el 15,7% de las mujeres es pobre frente al 11,3% de los hombres. Para los hogares con hijos, el 33,1% de las mujeres es pobre, frente al 24,6% de los hombres. En este punto, Alises recuerda que las mujeres lesbianas «sí o sí» tienen que recurrir a métodos de reproducción asistida para poder tener descendencia, mientras que las parejas heterosexuales, en cambio, salvo que tengan problemas de fertilidad, no tienen por qué hacerlo.
Luego está el tiempo. El tiempo que se dedica a cuidar y que no se remunera. El tiempo que interrumpe carreras y reduce ingresos futuros. Moreno explica que las mujeres suelen tener trabajos más precarios, más asociados a ellas como hostelería, limpieza de pisos o habitaciones... porque ofrecen mayor flexibilidad horaria para compaginar con los cuidados.
Y también las redes. Muchas lesbianas sostienen estructuras de cuidado que no encajan en la familia tradicional. Familias elegidas que funcionan en lo cotidiano pero no existen en términos legales o laborales.
El informe introduce un dato más: un 17,1% de las personas LGTBI ha tenido que vivir temporalmente con amistades o familiares y un 4,5% ha dormido en la calle en los últimos cinco años. El acceso a la vivienda ya es un problema estructural en España. Cuando se cruza con la discriminación, la precariedad laboral o el rechazo familiar, se convierte en algo aún más difícil de sostener.
Y aquí vuelve a aparecer la misma cuestión: estas situaciones existen, pero no siempre se puede medir con precisión cómo afectan específicamente a las lesbianas porque no llegan a ser suficientes en los datos como para analizarlas en detalle.
De la visibilidad al dato
El informe señala que un 20,9% de las personas LGTBI no ha salido del armario. La visibilidad avanza, pero lo hace de forma desigual. Y quizá aquí conviene hacer una distinción.
Existe una visibilidad cultural, que crece, se celebra y circula bien. Y existe una visibilidad material, que tiene que ver con datos, recursos y condiciones de vida. La primera es evidente. La segunda sigue siendo insuficiente.
Este artículo empezaba con una intuición. Que incluso en un momento de aparente centralidad cultural, las lesbianas siguen ocupando un lugar secundario en los espacios donde realmente se decide qué importa.
El informe de 2025 no hace más que confirmarlo. Están, sí, pero en proporciones que dificultan el análisis. Y, sin embargo, sostienen vidas, redes, economías. Trabajan, consumen, votan. No son una anomalía estadística.
Moreno, quien preside una asociación de lesbianas, señala que existen muchas diferencias entre la visibilidad de lesbianas y gais. «Se dan situaciones en las que piensas: 'esto no habría pasado si yo fuera un hombre gay'. Tengo la sensación de que no se nos toma tan en serio como a ellos, por ejemplo, a la hora de emprender un negocio o acceder a oportunidades», apunta.
Dentro del propio colectivo tampoco está todo hecho. La creación de Reynas Torremolinos supone una de las primeras asociaciones de mujeres lesbianas. «Hemos tenido que crear una asociación exclusiva para mujeres porque, aunque muchas asociaciones son abiertas, la mayoría de participantes suelen ser hombres gays», dice Moreno, quien considera que esto demuestra que hay una diferencia importante entre las propias letras que engloban esta comunidad, ya que no existe una asociación exclusiva de hombres gais «porque no la necesitan». Moreno asegura que han tenido que formar sus propios espacios para sentirse «cómodas». «Esto refleja cierta misoginia estructural, aunque a veces sea sutil», apuntilla.
La activista reflexiona sobre por qué no están en esos espacios, con la conclusión de que no se sienten cómodas, además de que no se les da visibilidad o no acceden a puestos de decisión. «No se trata de hacer cosas para nosotras, sino de abrir espacios con nosotras», afirma.
Reducción de la brecha
Los datos del informe reflejan que la precariedad laboral y salarial está presente en gran parte de las vidas de las lesbianas. No obstante, este estudio da un halo de esperanza con la mejora de algunos factores respecto a años anteriores. Las mujeres LGTBI alcanzan una tasa de actividad cercana al 78%, muy superior a las mujeres de la población general, que apenas superan el 54% de actividad. Un dato positivo de la comparación longitudinal es la reducción de la brecha de actividad por género en la población LGTBI: mientras que en 2024 la diferencia entre hombres y mujeres era de 15 puntos, en 2025 se ha reducido en 10 puntos porcentuales.
«Veo que las cosas, a pesar de lo que digan las estadísticas o los informes, avanzan, pero muy lentamente. Entonces, esos avances se notan poco», considera Alises. La abogada añade que tiene que pasar más tiempo para que esta tendencia se estabilice y se consolide hasta que llegue la igualdad salarial respecto a los hombres. «En ese momento, las mujeres lesbianas, como mujeres que somos, también tendremos ese aumento en nuestro nivel de vida. Y eso se notará también en las parejas de mujeres», concluye.
Por su parte, Moreno sí considera que hay avances como el «simple hecho» de tener esta conversación. La activista afirma que las mujeres han ganado fuerza, tanto dentro como fuera del colectivo, gracias al movimiento feminista, responsable de la visibilización de las problemáticas de las mujeres y, por ende, de las lesbianas.
Es una realidad que la tasa de desempleo en las mujeres es superior que la de los hombres, tanto en la población general como en la población LGTBI. En el caso de la población LGTBI+, en 2025, la diferencia entre ambas tasas es prácticamente de 6 puntos, una diferencia muy superior a la reconocida en la población general (de 2,5 puntos). No obstante, se observa una disminución del desempleo de las mujeres LGTBI en el margen de un año: si en 2024 esta tasa fue del 17,39%, en 2025 desciende al 14,10%.
A pesar de estos ligeros avances, la fundadora de Reynas Torremolinos apunta a que en eventos como los Orgullos siguen siendo «cuotas que hay que cumplir». «El cambio real llegará cuando nuestra presencia sea natural», reivindica. Moreno denomina este fenómeno como 'bollo washing', una especie de 'pinkwashing' que se basa en incluir mujeres solo para cumplir con una imagen, no porque realmente se valore su presencia.
En este sentido, Torremolinos celebró ayer VisibLES Fest para conmemorar el Día de la Visibilidad Lésbica. Un evento pionero que combinó la salud con la cultura, pero que no ha sido fácil, según su creadora, sacar adelante. «Queríamos que no fuera algo simbólico, sino un evento que marque un precedente», explica Moreno, quien recalca que la mayoría de los patrocinadores de este evento son hombres cisheterosexuales. «Dentro del colectivo, el apoyo ha sido prácticamente nulo», dice de manera tajante y con cierta pena. La activista afirma que dentro de la comunidad ha encontrado ayuda del Ayuntamiento de Torremolinos, a través del Área de Igualdad, y del Hotel Ritual. «Cada letra del colectivo tiene su lucha, pero quienes están más cerca de la meta deberían implicarse con quienes aún tienen más barreras», concluye.
El caso de González también sirve de ejemplo de las dificultades a las que se ha enfrentado por ser mujer y lesbiana, pero cómo ha ido avanzando hasta encontrar su propio hueco entre la adversidad. «Aún vienen clientes o comerciales preguntando por el dueño. Siguen buscando esa figura masculina», afirma la barbera, quien se lanzó a abrir su propio negocio debido a la discriminación sufrida en otros establecimientos, aunque con miedo por comentarios de personas de su entorno que pensaban que los hombres no querrían que los pelara una mujer.
«Lo importante debería ser la experiencia y el resultado, no si soy hombre o mujer», recalca González, quien optó por poner una bandera LGTBI en la puerta de su negocio para crear un espacio seguro. «Muchos clientes del colectivo me han dicho que prefieren venir a mi barbería porque en otros sitios han escuchado comentarios homófobos o machistas», cuenta, aunque es consciente de que este gesto le ha podido «quitar clientes».
En su faceta como organizadora de fiestas para mujeres del colectivo, la mayor dificultad con la que se ha topado es encontrar un local. «Cuando digo que quiero hacer una fiesta para este público, algunos dueños dicen que no pueden excluir a su clientela», relata González, quien explica que es un evento en el que no se excluye a nadie que vaya a pasárselo bien.
La rentabilidad es otro de los impedimentos a los que se enfrenta cuando busca un local que acoja su fiesta. «En un local donde trabajaba acabaron apartándome. No porque no fuera rentable, sino porque algunos clientes, al saber que era una fiesta de chicas, preferían no entrar», señala Lupe, quien apunta a un problema de homofobia más que monetario.
Créditos
Gráficos Leticia Aróstegui
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