El repentino ataque de transparencia que le ha dado a Pedro Sánchez, anunciando la desclasificación de documentos sobre el intento de golpe de Estado del 23-F con el mismo tono de trascendencia histórica con el que Donald Trump anunció que desclasificaría archivos sobre ovnis, tiene nula credibilidad. Al tratarse de la iniciativa de un Gobierno cuyo origen reside en un pacto largamente ocultado con el nacionalismo catalán —Puigdemont y Sánchez empezaron a negociar ya en 2016 la moción de censura a Rajoy de 2018— y que, junto a los presuntos casos de corrupción del PSOE y la familia del presidente, que muestran un engaño sistémico, debe todavía aclarar importantes incógnitas. Por ejemplo, la identidad del célebre «comité de sabios» que dirigió la política sanitaria durante la pademia o las razones del brusco giro de España en su política exterior respecto a Marruecos, rompiendo su compromiso histórico con el pueblo saharaui.
La socorrida teoría de la cortina de humo, a partir de la abnegación del debate público con decenas de documentos descontextualizados, llamativos pero poco concluyentes y que pueden alimentar toda clase de especulaciones conspiranoicas -como ha logrado Trump al liberar en bruto la parte más inofensiva de los Epstein Files- con la ayuda del algoritmo digital, explica en parte el movimiento monclovita del «TejeroLeaks». Sánchez necesita que se hable más del pasado, con la sombra del franquismo merodeando, que del miserable presente español que caracteriza su etapa de gobierno, con la tasa de riesgo de pobreza infantil escalando al 29,2 % de los menores de 16 años (diez puntos por encima de la media europea) y con 2,5 millones de personas malviviendo del Ingreso Mínimo Vital.
La reintroducción del infame Tejero y su tricornio en la conversación pública -como ya ocurrió con el fallido intento de presentar a Adolfo Suárez como un depredador sexual- se inscribe en una estrategia más amplia de deslegitimación moral y política del origen del sistema constitucional: la Constitución, la Corona, la justicia o el Ejército aparecen así como herencias de un pacto de élites destinado a neutralizar la voluntad popular. Pero, más allá de ese revisionismo, la maniobra gubernamental responde sobre todo a la lógica electoral del sanchismo, empeñado en llevar hasta sus últimas consecuencias la dialéctica del choque de bloques.
Una España enfrentada entre un presunto eje democrático y heredero del Frente Popular republicano, que defiende sustituir el Estado autonómico del 78 por un modelo plurinacional -como ya plantea el PSOE con su oferta de financiación a Cataluña-, y un eje neorreaccionario, hijo de la vieja casta franquista y que, a través de Vox, está conectado internacionalmente a la derecha trumpista que quiere acabar con el orden liberal.
A rebufo del descontento social existente, Sánchez presentará las elecciones generales como un choque entre dos propuestas antisistema que, desde la izquierda y la derecha, con sus modelos antagónicos, abogan por superar el «régimen del 78» y enterrar a sus decrépitas élites. La dicotomía en esta bipolarización instrumental entre una España de bloques que favorece tanto a Sánchez -dispuesto a convertir la crisis de su Gobierno en una crisis sistémica- como a Santiago Abascal, ya que en el terreno de la derecha dibuja a un PP ancien régime e inmovilista en contraste con la opción de "ruptura y cambio" de Vox.