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Una mujer contra los incendios: «Cambió el viento y las llamas nos rodearon»

Una mujer contra los incendios: «Cambió el viento y las llamas nos rodearon»
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Comienza a campaña de verano y una bombera forestal cuenta la rutina, riesgos y condiciones de trabajo en las bases que controlan y extinguen los fuegos del monte

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Marta Goro Reportaje Una mujer contra los incendios: «Cambió el viento y las llamas nos rodearon»

Comienza a campaña de verano y una bombera forestal cuenta la rutina, riesgos y condiciones de trabajo en las bases que controlan y extinguen los fuegos del monte

Doménico Chiappe

Madrid

Sábado, 11 de abril 2026, 00:09

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Mangueras en mano, empatando juegos como «si fuesen legos» y guiando al que iba en cabeza, Marta Goro subió una loma de unos tres kilómetros como segunda en la línea de bomberos forestales. Tenían que encerrar el fuego desatado y «hacer ancla» con otra brigada que iba por el otro lado. «Un incendio tiene dos flancos, derecho e izquierdo, y una cabeza. No se empieza a extinguir por la cabeza, sino que se intenta bifurcar», explica Goro, bombera forestal de 41 años. «Yo iba pinzando las mangueras y empalmando unas con otras para seguir y seguir. Tenía una adrenalina increíble». Sin embargo, ese incendio, el primero que enfrentó (en Loeches, Madrid, en julio de 2024, que calcinó unas 200 hectáreas), era avivado por «muchísimo viento» y tenía «focos secundarios». Los aviones soltaban agua sobre las llamas y el técnico que coordinaba les daba instrucciones, cuando llegaron a unos setos incendiados y salió de la maleza un perro, «quemado y ciego por las heridas, que estaba sufriendo, y vino hacia mí. No quiso despegarse. Estaba fatal, no podía respirar. Me puse súper nerviosa, le calmé diciendo que no moriría solo, que yo estaba allí. Vino una veterinaria, no tenía esperanzas. Fue un drama en pleno flanco que había que extinguir. Cambió el viento y las llamas nos rodearon, el humo no me dejaba ver a mi compañero de adelante. Fuimos a la zona quemada, que es siempre la más segura. Tardamos en recuperarnos. Luego seguimos. Allí estuvimos hasta las tres de la madrugada».

Después de trabajar como pastora en la trashumancia de ovejas, Marta Goro se presentó al proceso de selección para bombera forestal. Un test y pruebas físicas que miden la resistencia, como correr con once kilos de peso en la espalda más de tres kilómetros en menos de media hora. Quedó en las campañas de verano en brigadas de tierra y le asignaron la base de Torremocha, en la Comunidad de Madrid. «No tenía muchos planes para verano y siempre me interesó el campo. Pensé que podía ser una buena experiencia que además me dejara algo de pasta. Quería vivirlo», recuerda Goro. Entró como especialista en uno de los grupos, que están formados por un encargado, dos conductores, otros dos especialistas y un peón. Ella es de las pocas mujeres del sector. «En estado en incendios con otros 40 bomberos y mirar a mi alrededor y decir: vale, soy la única tía».

La ilusión del dinero se esfumó con la realidad. Por un trabajo a tiempo completo, con jornadas que superan las diez horas, si no hay una emergencia, se gana menos de 1.500 euros mensuales en la comunidad donde sirve Goro (Madrid). Aunque varía de un lugar a otro, «y no todos están mal», las condiciones de los que intervienen para apagar las llamas del verano, cada vez más constantes y peligrosas, son motivo de quejas y, en algunas partes con «sueldos congelados», de huelgas. «No es sólo el riesgo o lo que ganas, también importa el estado de las bases, donde pasas las horas, o cosas como tener o no dónde lavar el equipo que usas en los incendios. Hay lugares donde te lo tienes que llevar a tu casa, lleno de hollín, barro y agentes cancerígenos».

Autorretrato. Marta Goro Autorretrato. Marta Goro

A pocos días de iniciar la campaña de verano, vendrán rutinas que comienzan, en el caso de Goro, a las 11 horas. Se pone el EPI, desayuna con su grupo y hace prácticas con el equipo o la posición de cada uno frente a las llamas. «Hacemos líneas de defensa, tiros con la manguera o una ruta». Llega la hora de la comida y un tiempo de descanso. Se suben a los camiones y empiezan la vigilancia por la zona asignada hasta las 19 o 20 horas. De regreso a la base, se hace algún deporte o ejercicio, «cada uno a lo suyo, sin cambiarse». El día termina con una ducha y el regreso a casa, donde duerme, sobre las 22 horas. «Así dos días seguidos y dos no», dice Goro, aficionada al arte, fotógrafa y gestora cultural de asociaciones como La Imaginable, «bastante vinculada con el campo». «Por las mañanas no suele haber ningún incendio, pero a la hora de comer estamos mucho más atentos al run run de las emisoras, que están todo el rato comentando si hay o no hay. Cuando te activan, sales corriendo». Otras tareas, que suelen hacer los efectivos fuera de la campaña de verano (de junio a septiembre), es la poda y el desbroce para evitar que «haya tantísimo combustible».

En verano surgen las llamas. «Tienes un cuadrante donde tu brigada está en diferentes momentos para emergencias y tienes que tener disponibilidad», sostiene Goro, que recuerda llamadas a las 21 horas de su día libre, porque había un incendio, por ejemplo, en Ávila que se acercaba rápidamente a la ciudad, y debía estar en la base en una hora. «Estaba tranquila y me llamaron para que me personara en la base en una hora. Tuve que ir corriendo porque estaba a unos 40 kilómetros. Siempre hay que ir a la base porque ahí tienes tu equipo y están los camiones. Me cambié de ropa, me preparé y cogí todo lo que tenía que coger para trabajar en el incendio».

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En las líneas de defensa. Marta Goro

Tan rápido como pudo, Goro se puso las botas, los pantalones ignífugos, la camiseta, la chaqueta ignífuga, el casco, los guantes, el cinturón con herramientas, la mascarilla, las gafas. Y fue, azada y hacha Pulaski en mano, a las «líneas de defensa», donde se «retira combustible en una zona creando una línea de más o menos un metro, para que cuando llegue el incendio encuentre tierra y se frene». Ella no está en las brigadas helitransportadas, que son las que van en helicóptero a las zonas más inaccesibles del incendio a apagar directamente las llamaradas con mochilas de agua y batefuegos. El trabajo de Goro se centra más en el «tendido de mangueras», que acopla juegos de mangueras desde el camión hasta los fuegos, siempre como segunda en la línea, arrostrando llamas y calor. «Soy bastante experta en eso», dice. «También podemos quedarnos refrescando lo que sigue muy caliente y no ha terminado de quemarse, porque puede volver a propagar el incendio». Recuerda imágenes espectaculares y raras, como el bosque de olivos de troncos rojos en la noche.

Embarazada de varios meses, Goro este año se pierde la campaña de verano. «Me gustaría volver a ser bombera», dice. «Este año no puedo, porque cuando me llamen no le voy a decir al bebé: «bueno, vámonos».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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