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Una pica estadounidense en Groenlandia

Una pica estadounidense en Groenlandia
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Donald Trump lanzó en 2018 la idea de adueñarse de la isla, impulsado en gran medida por un aparente afán de conseguir la mayor expansión territorial de la nación

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Montaje fotográfico de Trump junto al mapa de EE UU, Canadá, Groenlandia y Venezuela con la bandera de las barras y estrellas. Truth Social Una pica estadounidense en Groenlandia

Donald Trump lanzó en 2018 la idea de adueñarse de la isla, impulsado en gran medida por un aparente afán de conseguir la mayor expansión territorial de la nación

Miguel Pérez

Miércoles, 21 de enero 2026, 00:00

... le ha aconsejado que el Gobierno compre Groenlandia o llegue a algún tipo de acuerdo que dé su control a Washington. Bolton, un experto en conocer perfiles y deducir que al magnate es mejor no negarle nada, al menos, de entrada, le responde que bien, que puede montar un equipo en la Casa Blanca para que estudie las posibilidades.

Aun así, un equipo de tasadores llegó a fijar el valor de la isla ártica entre 30.000 y 70.000 millones de dólares. Lo mismo ha hecho ahora el secretario de Estado, Marco Rubio, que ha reunido a expertos, economistas y académicos, cuya conclusión es que podría comprarse por 700.000 millones de dólares, pero con una salvedad: su auténtico precio es imposible de averiguar puesto que se desconoce el total de sus riquezas minerales y el efecto preciso del progresivo deshielo en las corrientes y en que aguas difíciles empañen la apertura de todas las rutas comerciales que hoy se dan por buenas.

Bolton se enteró de que el supuesto inductor de la propuesta al presidente era Ronald Lauder, el magnate de los cosméticos y amigo de Trump desde la juventud. Él le habló del próspero y seguro porvenir que representaban los yacimientos, las tierras raras y el dominio de los mares polares. El multimillonario, de 80 años, escribió este verano un artículo donde repetía sus argumentos: «El concepto de Groenlandia de Trump nunca fue absurdo, sino estratégico».

Sin embargo, existen otras teorías sobre la obsesión del líder republicano por la isla. Empresario de altos vuelos, parece que ya pensaba en una operación así desde que se postuló por primera vez como candidato a la presidencia de EE UU a mediados de la pasada década. Siempre ha sentido fascinación por la imponente compra de Alaska al Imperio Ruso en 1867 bajo la presidencia de Andrew Johnson. Se logró mediante un tratado impulsado por su secretario de Estado, William H. Seward, al que muchos acusaban de cometer una locura. En la actualidad se estudia en los libros, ese lugar donde el magnate quiere encontrar acomodo a perpetuidad.

Trump ha colgado también en el Despacho Oval el retrato de James Polk, artífice de la mayor expansión territorial estadounidense, que lideró la guerra con México en 1840 e incorporó Texas. Algunos politólogos ven en el interés declarado por el actual líder de controlar el hemisferio occidental ese deseo voraz de su predecesor de convertirse en el presidente que más territorios ha anexionado en la historia de la nación. De ahí su fijación con Groenlandia, pero también con Canadá, a la que en la Casa Blanca llaman el «Estado número 51».

Seguridad o economía

Bolton, que asistió al nacimiento de la idea de comprar la isla ártica, nunca la consideró una excentricidad. Solía decir que Trump veía «un objetivo» en esa operación. El presidente afirma ahora que se trata de una cuestión de «seguridad nacional» y del propio bloque occidental para evitar la expansión o un posible ataque de Rusia o China desde el norte polar. Sin embargo, en 2019 lo calificó como un asunto de «seguridad económica». Y su exasesor Mike Bolton recordaba que comentaba mucho la presencia bajo el hielo de «minerales críticos» y los recursos naturales, como la pesca. La Administración desarrolló algunos esbozos de cómo podrían explotarse los yacimientos en medio del lugar más protegido del planeta a nivel medioambiental.

Lo que parece claro es que, transcurrido el tiempo, no ha decaído su entusiasmo por el proyecto de presidir no solo la actual nación estadounidense, sino un gran bloque americano, con una clara expansión hacia el norte. Inmediatamente después de regresar al Despacho Oval hace justamente un año, Trump convocó al gabinete para retomar la anexión de la isla. No había hablado de ello en sus mítines ni reuniones de campaña. Pero lo conservaba en su cabeza. Algunos creen que se ha convertido en un objetivo enfermizo de su mandato, y que ha cobrado mayor fuerza tras el éxito del derrocamiento de Maduro.

En su gabinete van muchas veces a la zaga de sus propuestas. De hecho, cuando sacó a colación su antiguo proyecto groenlandés hace unas semanas, nadie entre sus asesores sabía nada. Quizás únicamente su consejero presidencial, Stephen Miller, estaba al tanto de lo que cruzaba por su cabeza.

A los asesores, incluido Marco Rubio, les inquietan órdagos como la amenaza de una acción militar o de imposición de altos aranceles a una Europa que ya no se toma este asunto como una ocurrencia evanescente, a diferencia de siete años atrás. Entonces, la recién nombrada primera ministra danesa, Mette Frederiksen, dijo que le parecía una propuesta «absurda» y acuñó la frase «Groenlandia no está en venta». Trump replicó que Frederiksen le parecía «desagradable» y canceló una visita de Estado a Dinamarca y la isla autónoma. Todo quedó en una crisis diplomática bilateral.

Hoy, en cambio, el contencioso ha generado una poderosa confrontación a ambos lados del Atlántico y algunos analistas consideran que puede servir a algunos países europeos para abrir los ojos sobre el nuevo «imperialismo» estadounidense. El grito «Fuera yanquis» ya se escucha en el norte de Europa y el propio Marco Rubio fue recientemente el primer consejero en desmentir al momento la posibilidad de una toma de la isla por la fuerza, pese a los repetidos pronunciamientos de su jefe y de la portavoz de la Casa Blanca de que esa opción «siempre está en la mesa».

Trump sigue inamovible en su pretensión de ser dueño de Groenlandia. La resistencia que ha encontrado en los países europeos le impele a presionar todavía más. Le encoleriza. La negativa de los groenlandeses a la anexión, pese a haberles ofrecido miles de dólares por persona, ha aumentado su enfado, y también su ansía de hacerse dueño del territorio ártico. Como dijo la semana pasada en 'The New York Times', la propiedad es «psicológicamente necesaria para el éxito».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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