La fuente de Saint-Sulpice permaneció helada durante muchas semanas en el invierno de 1975. Chuzos de hielo brotaban como un milagro divino de las estatuas de los cuatro cardenales que miran hacia los lados de la plaza. Bossuet, con un grueso libro apoyado ... en su rodilla y vestido con una majestuosa toga, parecía pedir perdón por los pecados de este mundo.
Me gustaba sentarme en un banco durante algunos minutos, soportando aquel frío glacial. Solía quedar con algunos compañeros de Vincennes en el café Au Vieux Colombier, situado en la rue de Rennes, muy cerca de la fuente, rodeada de castaños. Recuerdo la luz acogedora que emergía de su interior y sus grandes cristaleras, un faro en la noche parisina.
Hay algo que añoro y que ya no existe: las pequeñas librerías situadas en las calles adyacentes a la plaza de Saint-Sulpice. Había una con libros sobre Extremo Oriente en la que me detenía, soñando con viajes imposibles. El resplandor mortecino que iluminaba sus estanterías creaba un ambiente de misterio y seducción.
Las librerías, los pequeños comercios, los portales parecían empequeñecidos por la iglesia de Saint-Sulpice, cuya nave central tiene cerca de 120 metros de largo y es el segundo templo en tamaño de París. Construida a partir del siglo XVII, sus dos torres pueden verse desde cualquier punto elevado de la ciudad. Su fachada de dos pisos, sostenida por arcos dóricos, no deja de resultar extraña en aquel barrio bohemio.
Me resulta paradójica la naturaleza de un templo erigido en honor a Dios, el poder absoluto de los reyes y las verdades imperecederas con la filosofía de un existencialismo, nacido en aquellas mismas calles, que partía de la falta de sentido de la vida y la radical libertad del individuo para construir su futuro.
Solía cruzar el umbral de la iglesia para detenerme delante de la balaustrada frente al altar donde un disco de bronce fija la posición del sol durante los equinoccios. A unos metros, Luis XIV había ordenado colocar una placa de mármol, dividida por una línea de latón, para marcar el meridiano cero que pasa por París. Una inscripción en latín, fechada en 1745, recuerda que la tierra gira sobre su eje. La ciencia y la fe en la iglesia en la que un cuadro de Delacroix muestra a Heliodoro mientras es expulsado del templo de Jerusalén.
Otro edificio notable de la plaza es el antiguo seminario, fundado en 1641, reconvertido hace más de un siglo en oficinas del Ministerio de Finanzas. Es un edificio majestuoso, protegido por una valla metálica, en el que estudiaron Talleyrand, Fénelon, Renan y Lamennais.
Pasaba delante de su fachada varias veces al día en dirección a la rue de Vaugirard, donde yo vivía. Era una residencia frente a los Jardines de Luxemburgo por la que, aunque no lo sabía, habían pernoctado intelectuales como Debray, Bordieu y Badinter, Cuando yo residía allí, no éramos más de 40 estudiantes que nos lavábamos la ropa y nos teníamos que hacer la comida. En 1980, el edificio fue objeto de un atentado de la extrema derecha.
Volví hace un par de años a recordar viejos tiempos y encontré la plaza invadida por tenderetes y convertida en un mercado. Entré en la iglesia, que estaba semivacía, y me sentí sobrecogido por su enorme tamaño y las reliquias de un pasado que nada significa para las nuevas generaciones.
Hay un vídeo en internet en el que una mujer, calzada con tacones, medias negras, abrigo y paraguas, pasea por Saint-Sulpice y se detiene ante la fuente mientras se escucha el tema de 'Los paraguas de Cherburgo', cantado por Al Jarreau. Creí ver hace medio siglo a Catherine Deneuve cruzar la plaza en un día de lluvia, pero seguro que fue un sueño.
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