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Vas a la playa a no hacer nada y vuelves más cansado que de la oficina: la ciencia tiene una explicación para esta paradoja

Vas a la playa a no hacer nada y vuelves más cansado que de la oficina: la ciencia tiene una explicación para esta paradoja
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Llegar a la arena, clavar la sombrilla, desplegar la toalla y comenzar a pasar las siguientes horas alternando entre leer, dormir y darse algún chapuzón. En esta situación tan relajante, el esfuerzo físico consciente ha sido prácticamente nulo, pero sin embargo, al llegar a casa es común sentirse agotado como si se acabara de correr un maratón. Y esta sensación de cansancio sin hacer nada físico tiene una explicación.  El cuerpo no para. El principal culpable de este agotamiento en un momento de 'vacaciones' es el estrés térmico. Los humanos somos animales homeotermos, lo que significa que necesitamos mantener una temperatura interna constante para que todos los procesos químicos que ocurren en nuestras células funcionen. Pero cuando nos exponemos al sol en pleno verano, el cuerpo tiene que tratar de refrigerarse a cualquier precio.  Para disipar el calor, el organismo dilata los vasos sanguíneos y bombea más sangre hacia la piel, poniéndonos completamente rojos para poder refrigerarse. Aquí la ciencia apunta a que la exposición al sol aumenta drásticamente la frecuencia cardiaca y la tasa de sudoración, generando síntomas de estrés térmico como mareos o debilidad, incluso cuando el calor ambiental no parece extremo.  En Xataka Pensábamos que los 28 °C del Mediterráneo eran una maravilla para bañarse. Pero el calor acumulado en agosto se paga en septiembre Hay más. A esto hay que sumarle el impacto directo del sol en la cabeza, que ha sido analizado por la ciencia y donde se ha demostrado que la radiación solar directa sobre la cabeza y el cuello eleva la temperatura central casi 1ºC y deteriora notablemente el rendimiento cognitivo y motor.  El impacto ocular. Más allá del calor, la propia luz del sol nos cansa, y aquí un estudio japonés de 2004 logró medir objetivamente el desarrollo de la fatiga mental tras la exposición solar. Y los resultados mostraron que el sol induce una fatiga cerebral cuantificable. El motivo está en la exposición a los rayos ultravioleta, puesto que cuando incluso antes de llegar a quemarnos, nuestro cuerpo activa una respuesta inmune. Aquí hay que tener en cuenta que, si nos quemamos, el daño celular desencadena una respuesta inflamatoria sistémica junto a un aumento de estrés oxidativo. Esto a priori es bastante bueno para protegernos, pero el sistema inmune tiene como problema que consume mucha energía para reparar todos los daños que ocasionan los rayos UV, lo que se traduce en un cansancio generalizado, muy similar a la sensación de cuerpo cortado cuando se está incubando una gripe.  Deshidratación leve. Bajo el sol también es normal perder líquidos de manera constante a través del sudor. Y el problema de esto es que, aunque haya una deshidratación leve, ya es suficiente para alterar el estado de ánimo, mermar la alerta y reducir drásticamente el rendimiento cognitivo.  Esto se explica porque, al haber menos volumen de líquido en la sangre, esta se vuelve ligeramente más espesa, lo que obliga al corazón a trabajar todavía más duro para mantener la presión arterial. Esto se ha visto que afecta a los marcadores neuronales compatibles con fatiga cognitiva derivados del estrés térmico pasivo.  En Xataka Madrid está a 600 kilómetros del mar, pero eso no le va a impedir cumplir su sueño de tener las "olas más grandes" de Europa La arena. Por último, pero no menos importante, está el terreno. Si decides dar un paseo por la orilla, ir al chiringuito o simplemente caminar hasta tu toalla, estás consumiendo mucha más energía de lo habitual. Y es que andar sobre la arena requiere casi el doble de energía que hacerlo sobre una superficie firme.  Al ser un terreno irregular y que cede bajo nuestro peso, los músculos y tendones de las piernas (especialmente pantorrillas y tobillos) tienen que hacer un esfuerzo extra de estabilización e impulso. Esto hace que estemos todo el rato haciendo un entrenamiento de resistencia que nos pasa factura junto a todo lo demás.  Imágenes | Manuel Campagnoli  En Xataka | ¿Vacaciones largas o vacaciones cortas? Si quieres maximizar tu salud mental y tu reposo, la ciencia lo tiene claro - La noticia Vas a la playa a no hacer nada y vuelves más cansado que de la oficina: la ciencia tiene una explicación para esta paradoja fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .
Vas a la playa a no hacer nada y vuelves más cansado que de la oficina: la ciencia tiene una explicación para esta paradoja

El impacto del calor sobre nuestro cuerpo es como si hubiéramos pasado por un gimnasio

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José A. Lizana

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José A. Lizana

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Llegar a la arena, clavar la sombrilla, desplegar la toalla y comenzar a pasar las siguientes horas alternando entre leer, dormir y darse algún chapuzón. En esta situación tan relajante, el esfuerzo físico consciente ha sido prácticamente nulo, pero sin embargo, al llegar a casa es común sentirse agotado como si se acabara de correr un maratón. Y esta sensación de cansancio sin hacer nada físico tiene una explicación

El cuerpo no para. El principal culpable de este agotamiento en un momento de 'vacaciones' es el estrés térmico. Los humanos somos animales homeotermos, lo que significa que necesitamos mantener una temperatura interna constante para que todos los procesos químicos que ocurren en nuestras células funcionen. Pero cuando nos exponemos al sol en pleno verano, el cuerpo tiene que tratar de refrigerarse a cualquier precio. 

Para disipar el calor, el organismo dilata los vasos sanguíneos y bombea más sangre hacia la piel, poniéndonos completamente rojos para poder refrigerarse. Aquí la ciencia apunta a que la exposición al sol aumenta drásticamente la frecuencia cardiaca y la tasa de sudoración, generando síntomas de estrés térmico como mareos o debilidad, incluso cuando el calor ambiental no parece extremo. 

En XatakaPensábamos que los 28 °C del Mediterráneo eran una maravilla para bañarse. Pero el calor acumulado en agosto se paga en septiembre

Hay más. A esto hay que sumarle el impacto directo del sol en la cabeza, que ha sido analizado por la ciencia y donde se ha demostrado que la radiación solar directa sobre la cabeza y el cuello eleva la temperatura central casi 1ºC y deteriora notablemente el rendimiento cognitivo y motor. 

El impacto ocular. Más allá del calor, la propia luz del sol nos cansa, y aquí un estudio japonés de 2004 logró medir objetivamente el desarrollo de la fatiga mental tras la exposición solar. Y los resultados mostraron que el sol induce una fatiga cerebral cuantificable.

El motivo está en la exposición a los rayos ultravioleta, puesto que cuando incluso antes de llegar a quemarnos, nuestro cuerpo activa una respuesta inmune. Aquí hay que tener en cuenta que, si nos quemamos, el daño celular desencadena una respuesta inflamatoria sistémica junto a un aumento de estrés oxidativo. Esto a priori es bastante bueno para protegernos, pero el sistema inmune tiene como problema que consume mucha energía para reparar todos los daños que ocasionan los rayos UV, lo que se traduce en un cansancio generalizado, muy similar a la sensación de cuerpo cortado cuando se está incubando una gripe. 

Deshidratación leve. Bajo el sol también es normal perder líquidos de manera constante a través del sudor. Y el problema de esto es que, aunque haya una deshidratación leve, ya es suficiente para alterar el estado de ánimo, mermar la alerta y reducir drásticamente el rendimiento cognitivo. 

Esto se explica porque, al haber menos volumen de líquido en la sangre, esta se vuelve ligeramente más espesa, lo que obliga al corazón a trabajar todavía más duro para mantener la presión arterial. Esto se ha visto que afecta a los marcadores neuronales compatibles con fatiga cognitiva derivados del estrés térmico pasivo. 

En XatakaMadrid está a 600 kilómetros del mar, pero eso no le va a impedir cumplir su sueño de tener las "olas más grandes" de Europa

La arena. Por último, pero no menos importante, está el terreno. Si decides dar un paseo por la orilla, ir al chiringuito o simplemente caminar hasta tu toalla, estás consumiendo mucha más energía de lo habitual. Y es que andar sobre la arena requiere casi el doble de energía que hacerlo sobre una superficie firme. 

Al ser un terreno irregular y que cede bajo nuestro peso, los músculos y tendones de las piernas (especialmente pantorrillas y tobillos) tienen que hacer un esfuerzo extra de estabilización e impulso. Esto hace que estemos todo el rato haciendo un entrenamiento de resistencia que nos pasa factura junto a todo lo demás. 

Imágenes | Manuel Campagnoli 

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Fuente original: Leer en Xataka
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