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Ver el incendio y echar gasolina

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Mi hermosa lavandería

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Isabel Coixet

05/06/2026 a las 11:47h.

Entre todas las cosas que Spinoza escribió, hay una a la que siempre vuelvo, en la carta 58 a Schuller: los hombres ven lo mejor ... y hacen lo peor.

Pensemos en el cambio climático. Sabemos. No es que intuyamos o sospechemos: sabemos. Los informes del IPCC están ahí, traducidos a todos los idiomas, resumidos en infografías, viralizados en TikTok. Vemos los incendios en Grecia, en California, en la Amazonía. Sentimos el verano de Sevilla a 46 grados, el invierno sin nieve en los Alpes, el Mediterráneo a temperaturas de jacuzzi en agosto. Y aun así reservamos el vuelo a Bali, compramos el SUV, pedimos el paquete de Amazon que llegará mañana en una furgoneta diésel envuelto en tres capas de plástico. Vemos lo mejor –el planeta habitable, el futuro de nuestros hijos, una cierta decencia mínima ante las generaciones siguientes– y hacemos lo peor.

No votamos con la cabeza, sino con el cuerpo: con el miedo, la rabia, la nostalgia de algo que quizá nunca existió. El político cínico populista no engaña al votante: le ofrece un afecto más potente que el cálculo. Y gana

¿Por qué? Porque el afecto del confort inmediato –el aire acondicionado a 19 grados, la comodidad del coche privado, el placer de la fruta tropical en febrero– es más fuerte que el afecto del miedo abstracto a una catástrofe que ocurrirá después. La culpa que sentimos al subir al avión es real, pero es un afecto débil. La excitación de ver Lisboa el fin de semana es un afecto fuerte. Spinoza nos lo había avisado en 1675.

Lo mismo ocurre con el voto. Hay algo profundamente spinoziano en la manera en que los electorados, en una democracia tras otra, eligen a hombres que claramente –claramente– no van a trabajar para ellos. Multimillonarios que prometen bajar los impuestos a otros multimillonarios. Demagogos que dicen abiertamente que desprecian a sus votantes y que, una vez en el poder, les recortan la sanidad, les suben el alquiler, les venden el agua a fondos buitre. Los votantes lo ven. No es que estén engañados; o no del todo. Es que el afecto del resentimiento –contra el inmigrante, contra la élite cultural, contra la mujer que pide algo, contra el vecino que tiene algo más y al que suponemos pertenecer a una supuesta élite– es un afecto enorme, físico, casi corporal. Y el afecto del cálculo racional sobre el propio interés es un afecto pequeño, frío, sin músculo.

Spinoza no juzga ni se burla, intenta comprender. Y comprender significa aceptar que no votamos con la cabeza. Votamos con el cuerpo. Con el miedo, con la rabia, con la nostalgia de algo que probablemente nunca existió, con el deseo de que alguien diga en voz alta lo que nosotros no nos atrevemos a decir en la cena de Navidad. El político cínico populista no engaña al votante: le ofrece un afecto más potente que el cálculo. Y gana.

Lo inquietante del pensamiento de Spinoza es que esta lectura no nos deja la salida cómoda de la indignación. No podemos decir «qué tontos son los que votan así» o «qué egoísta es la gente que vuela a Bali tres veces al año». Porque nosotros también votamos contra nuestros intereses en algún sitio, también volamos, también compramos, también miramos hacia otro lado. Somos, todos, esa piedra del camino que rueda creyendo que ha decidido rodar.

Queda entonces una pregunta, que Spinoza no responde, pero que su texto deja flotando: si solo un afecto más fuerte puede vencer a otro afecto, ¿cómo se construyen afectos colectivos lo bastante potentes como para competir con el miedo, con el confort, con el resentimiento? ¿Cómo se hace deseable el planeta habitable? ¿Cómo se hace deseable la justicia? Porque mientras no encontremos la respuesta –y el cine, la literatura, el arte tienen ahí un trabajo enorme que hacer, quizá el único trabajo verdaderamente político que les queda– seguiremos viendo lo mejor y haciendo lo peor. Sabiéndolo. Y avergonzándonos un rato, justo antes de hacerlo otra vez, soñando con que será la última.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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