Viernes, 24 de julio de 2026 Vie 24/07/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Cultura

Viajar de memoria, trescientos elefantes y pico

Viajar de memoria, trescientos elefantes y pico
Artículo Completo 1,372 palabras
Salíamos de Barcelona de madrugada en un Renault Dauphine de tercera mano, matrícula B-246728. Eran los años sesenta, yo tenía siete años, mi hermano dos, y antes de dejar atrás los últimos edificios de la ciudad yo ya me había mareado. Mis padres decían que eran los nervios. Se pone muy nerviosa, decían, porque dudo que entonces alguien pronunciara la palabra «angustia» o «ansiedad» al hablar de una niña de siete años dentro de un Dauphine color verde claro. Puede que tuvieran razón: durante toda mi infancia, cualquier acontecimiento fuera de lo común me daba fiebre o vomitonas. El cuerpo se me adelantaba a la alegría y la convertía en otra cosa. Y yo sentía vergüenza, y una culpa difusa , como si vomitar fuera mi manera de estropearles el verano o las salidas o las fiestas a los demás, de no estar a la altura de las vacaciones y el contento que se esperaba de mí. Vomité en mi primera comunión y me puse perdido el traje nada más salir de la iglesia. Me habían dicho tantas veces que lo del cuerpo de Cristo es sagrado que la misma angustia de no querer vomitar me hizo sacarlo todo, sagrada forma incluida. Para distraernos cantábamos : «Un elefante se columpiaba en una tela de araña, y como vieron que resistía, fueron a llamar a otro elefante». Una vez con mi hermano llegamos a contar trescientos elefantes y pico. Trescientos y pico. Nunca he vuelto a tener esa fe en la resistencia de nada. Yo veía claramente en mi cabeza esas toneladas y toneladas de elefantes columpiándose en la tela de araña y a unos hombrecitos que cargaban en plan hormiga atómica a un elefante y lo subían a la red con los otros. 'Recuerdos de infancia' de Alain Cugnenc, para 'A veces llegan cartas'26'Parábamos en Lleida a comprar melones y melocotones que viajaban en el asiento de atrás con nosotros, y que olían mejor que cualquier cosa que haya olido después. Mi hermano se dormía en mi regazo y cruzábamos Los Monegros , que a mí me parecían el Far West: yo esperaba que detrás de cada colina pelada aparecieran los apaches, y lo que aparecía era otra colina pelada. Zaragoza. El Pilar. Nos compraban unos caramelos gigantes y me gustaba tanto el envoltorio que no me los comía, creo. O los guardaba para luego y ese luego no llegaba nunca. Recuerdo también unas frutas confitadas envueltas en papelitos transparentes de colores que venían en una cestita de madera. Todavía creo que se encuentran en ciertas gasolineras. Aunque ya no me acuerdo de cómo se llaman. Ahí la memoria empieza a inventar, o a mezclar veranos, que es su manera preferida de mentir.El coche se calaba en las subidas con una constancia ejemplar. Mi padre se quejaba y se prometía encararse con el amigo que le había hecho una chapuza en el coche y que era el mismo que se lo había vendido. La correa del ventilador se calentaba y se rompía. Los neumáticos perdían aire . Un año nos quedamos tirados en Peñafiel: en el garaje del pueblo no tenían el recambio que hacía falta y alguien tuvo que ir a buscarlo a Madrid, así que pasamos dos días en un hostal. Los dueños eran muy simpáticos, llevaban gafas los dos, y me dejaban ponérmelas. Yo miraba el comedor a través de aquellos cristales que no eran para mis ojos y el mundo se volvía blando, acuoso, mítico. Dos días de avería y lo que guardo es eso: el permiso para ver mal con las gafas de otros. Durante años, mi padre estuvo llamando Peña Infiel a Peñafiel , porque el coche nos dejó tirados allí hasta que el chiste perdió brillo. Siempre parábamos en una gasolinera desde la que ya se veía la Catedral, me gustaba el olor de la gasolina, aún me gusta. He pensado mucho en por qué recuerdo unas cosas y no otras. Por qué las gafas de los dueños de una pensión de Peñafiel y no sus caras, ni sus nombres, ni lo que comimos aquellos dos días. Por qué el olor del 'skay' recalentado del asiento, ese olor a plástico, a química y a sol que me anunciaba el vómito antes de que el vómito llegara, y no la llegada a Salamanca, que era el motivo del viaje y de la que conservo menos cosas aunque algunas importantes conservo:'Vacanze romane' de Natxo Celofán para 'A veces llegan cartas 26''El sabor del huevo duro mezclado con el chorizo frito del hornazo que hacía mi abuela Isabel, su cariño inmenso, cómo me gustaba abrazarla y sentir sus costillas a través de la bata de algodón y el delantal que era su uniforme de verano y de invierno (aún hoy ver a una señora en bata y delantal me hace pensar en ella); la voz de mi abuelo Pepe llamándola desde por la mañana para cualquier cosa; mi tía Josefina siempre vivaz y en movimiento; el perfume a tilo del parque de la Alamedilla; el brillo de la piedra rosa de Vilamayor, refulgiendo al atardecer; el misterio del tesoro de la Casa de las Conchas; el humo de las sardinas a la brasa cuando íbamos al río Tormes, y una imagen que nunca se me borró, el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús en Alba de Tormes , que parecía mas bien una especie de fósil marrón del neolítico exhibido en una vitrina barroca y dorada. Recuerdo a mi padre al salir diciendo «para ser incorrupto está un poquito estropeado» y las risas de mi hermano y mías, mientras mi madre nos mandaba callar, preocupada porque alguien se molestara por reírnos de Santa Teresa. A veces pienso que lo que recordamos es lo que en su momento no supimos entenderLa memoria no obedece a la importancia de los hechos. Es un montador caprichoso que trabaja de noche, sin consultarnos, y descarta la boda para quedarse con un plano detalle de los zapatos del cura. Guarda el olor del 'skay' y tira la Plaza Mayor. Guarda una canción de elefantes y tira conversaciones enteras, veranos enteros, personas enteras. Guarda la vitrina y el color del delantal de una abuela y sus manos pelando huevos duros para el hornazo de los nietos de Barcelona y olvida jornadas enteras y personas y cosas. A veces pienso que lo que recordamos es lo que en su momento no supimos entender: el cuerpo archiva lo que la cabeza no pudo clasificar, y lo devuelve mil años después, intacto, sin explicación, como el recambio de una pastilla de freno que alguien fue a buscar a Madrid. Todavía hoy, al entrar en un coche recalentado que huele a plástico al sol, algo en mi estómago de siete años se pone en guardia. Y todavía hoy, cuando algo dura más de lo previsto, cuento elefantes . Debo ir por los trescientos y pico. O trescientos mil y pico. Sigo contando.

Salíamos de Barcelona de madrugada en un Renault Dauphine de tercera mano, matrícula B-246728. Eran los años sesenta, yo tenía siete años, mi hermano dos, y antes de dejar atrás los últimos edificios de la ciudad yo ya me había mareado.

Mis padres ... decían que eran los nervios. Se pone muy nerviosa, decían, porque dudo que entonces alguien pronunciara la palabra «angustia» o «ansiedad» al hablar de una niña de siete años dentro de un Dauphine color verde claro. Puede que tuvieran razón: durante toda mi infancia, cualquier acontecimiento fuera de lo común me daba fiebre o vomitonas. El cuerpo se me adelantaba a la alegría y la convertía en otra cosa.

Y yo sentía vergüenza, y una culpa difusa, como si vomitar fuera mi manera de estropearles el verano o las salidas o las fiestas a los demás, de no estar a la altura de las vacaciones y el contento que se esperaba de mí. Vomité en mi primera comunión y me puse perdido el traje nada más salir de la iglesia. Me habían dicho tantas veces que lo del cuerpo de Cristo es sagrado que la misma angustia de no querer vomitar me hizo sacarlo todo, sagrada forma incluida.

Mata Hari y Saskia: dos vidas insólitas a cuatrocientos metros de distancia

Para distraernoscantábamos: «Un elefante se columpiaba en una tela de araña, y como vieron que resistía, fueron a llamar a otro elefante». Una vez con mi hermano llegamos a contar trescientos elefantes y pico. Trescientos y pico. Nunca he vuelto a tener esa fe en la resistencia de nada. Yo veía claramente en mi cabeza esas toneladas y toneladas de elefantes columpiándose en la tela de araña y a unos hombrecitos que cargaban en plan hormiga atómica a un elefante y lo subían a la red con los otros.

Parábamos en Lleida a comprar melones y melocotones que viajaban en el asiento de atrás con nosotros, y que olían mejor que cualquier cosa que haya olido después. Mi hermano se dormía en mi regazo y cruzábamos Los Monegros, que a mí me parecían el Far West: yo esperaba que detrás de cada colina pelada aparecieran los apaches, y lo que aparecía era otra colina pelada. Zaragoza. El Pilar.

Nos compraban unos caramelos gigantes y me gustaba tanto el envoltorio que no me los comía, creo. O los guardaba para luego y ese luego no llegaba nunca. Recuerdo también unas frutas confitadas envueltas en papelitos transparentes de colores que venían en una cestita de madera. Todavía creo que se encuentran en ciertas gasolineras. Aunque ya no me acuerdo de cómo se llaman. Ahí la memoria empieza a inventar, o a mezclar veranos, que es su manera preferida de mentir.

El coche se calaba en las subidas con una constancia ejemplar. Mi padre se quejaba y se prometía encararse con el amigo que le había hecho una chapuza en el coche y que era el mismo que se lo había vendido. La correa del ventilador se calentaba y se rompía. Los neumáticos perdían aire. Un año nos quedamos tirados en Peñafiel: en el garaje del pueblo no tenían el recambio que hacía falta y alguien tuvo que ir a buscarlo a Madrid, así que pasamos dos días en un hostal. Los dueños eran muy simpáticos, llevaban gafas los dos, y me dejaban ponérmelas. Yo miraba el comedor a través de aquellos cristales que no eran para mis ojos y el mundo se volvía blando, acuoso, mítico. Dos días de avería y lo que guardo es eso: el permiso para ver mal con las gafas de otros. Durante años, mi padre estuvo llamando Peña Infiel a Peñafiel, porque el coche nos dejó tirados allí hasta que el chiste perdió brillo.

Joyas de Lisboa, del Palacio de Ajuda a los poetas de los Jerónimos

La aventura de perseguir la sombra del Sol

Siempre parábamos en una gasolinera desde la que ya se veía la Catedral, me gustaba el olor de la gasolina, aún me gusta.

He pensado mucho en por qué recuerdo unas cosas y no otras. Por qué las gafas de los dueños de una pensión de Peñafiel y no sus caras, ni sus nombres, ni lo que comimos aquellos dos días. Por qué el olor del 'skay' recalentado del asiento, ese olor a plástico, a química y a sol que me anunciaba el vómito antes de que el vómito llegara, y no la llegada a Salamanca, que era el motivo del viaje y de la que conservo menos cosas aunque algunas importantes conservo:

El sabor del huevo duro mezclado con el chorizo frito del hornazo que hacía mi abuela Isabel, su cariño inmenso, cómo me gustaba abrazarla y sentir sus costillas a través de la bata de algodón y el delantal que era su uniforme de verano y de invierno (aún hoy ver a una señora en bata y delantal me hace pensar en ella); la voz de mi abuelo Pepe llamándola desde por la mañana para cualquier cosa; mi tía Josefina siempre vivaz y en movimiento; el perfume a tilo del parque de la Alamedilla; el brillo de la piedra rosa de Vilamayor, refulgiendo al atardecer; el misterio del tesoro de la Casa de las Conchas; el humo de las sardinas a la brasa cuando íbamos al río Tormes, y una imagen que nunca se me borró, el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús en Alba de Tormes, que parecía mas bien una especie de fósil marrón del neolítico exhibido en una vitrina barroca y dorada. Recuerdo a mi padre al salir diciendo «para ser incorrupto está un poquito estropeado» y las risas de mi hermano y mías, mientras mi madre nos mandaba callar, preocupada porque alguien se molestara por reírnos de Santa Teresa.

A veces pienso que lo que recordamos es lo que en su momento no supimos entender

La memoria no obedece a la importancia de los hechos. Es un montador caprichoso que trabaja de noche, sin consultarnos, y descarta la boda para quedarse con un plano detalle de los zapatos del cura. Guarda el olor del 'skay' y tira la Plaza Mayor. Guarda una canción de elefantes y tira conversaciones enteras, veranos enteros, personas enteras. Guarda la vitrina y el color del delantal de una abuela y sus manos pelando huevos duros para el hornazo de los nietos de Barcelona y olvida jornadas enteras y personas y cosas.

A veces pienso que lo que recordamos es lo que en su momento no supimos entender: el cuerpo archiva lo que la cabeza no pudo clasificar, y lo devuelve mil años después, intacto, sin explicación, como el recambio de una pastilla de freno que alguien fue a buscar a Madrid. Todavía hoy, al entrar en un coche recalentado que huele a plástico al sol, algo en mi estómago de siete años se pone en guardia. Y todavía hoy, cuando algo dura más de lo previsto, cuento elefantes. Debo ir por los trescientos y pico. O trescientos mil y pico. Sigo contando.

Vacaciones con mascotas: la tranquilidad también se planifica

Miles de ahorradores, pendientes de los tipos de interés para septiembre: «Los mercados nos dicen por dónde pueden ir los tiros»

Aspira y friega en la misma pasada: el robot Xiaomi S12 ideal para olvidarte de la escoba

Gonzalo Bernardos, convencido de por qué el Gobierno de Sánchez sigue apoyando a Zapatero tras su entrevista en TVE

Pedro Ruiz dice lo que muchos españoles piensan sobre Zapatero y su entrevista en la RTVE de Pedro Sánchez

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Viajar de memoria, trescientos elefantes y pico

Viajar de memoria, trescientos elefantes y pico

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
Compartir