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Viceversa

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Artículo Completo 497 palabras
Cuesta asimilar el intercambio de roles entre padre e hijo y ponerle unas ciertas reglas

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Juan Bas

Viernes, 3 de abril 2026, 00:22

... lo siguiente. Voz paterna: «Hijo, has de saber que cuando superes el medio siglo de existencia, un señor con bata blanca te dirá que te coloques sobre una camilla en la posición amatoria que los cubanos llaman 'mira quién viene', se calzará un guante de látex, como para disciplina sadomasoquista, y te meterá un dedo por ahí. Tranquilo, es por tu bien».

Cuesta asimilar esa viceversa de roles y ponerle unas ciertas reglas de funcionamiento. El viejo infantil atrapado en el limbo será reiterativo, pesado, caprichoso, alucinado… También cariñoso y jovial; festejará los detalles anodinos como si fueran grandes pompas y celebraciones. Te querrá de un modo nuevo, a la vez esencial y antiguo, a su manera ingenua y por ello pura. No sabrá si eres su hijo, su hermano, su abuela o el vecino del quinto, pero te transmitirá el amor de un padre, el que está más allá del olvido y es indestructible. Y sentirá tu amor de hijo si se lo das, si eres capaz de seguir queriendo a ese hombre que es tu padre y a la vez no lo es, como el gato de la mecánica cuántica que a la vez está y no está dentro de la caja.

Tienes que pasear con él, dándole la mano y riñéndole sin condescendencia cuando se porta mal debido a su mundo enajenado, que tiene su propia lógica dentro de la ilógica y que se parece al inexorable, matemático y surrealista de 'Alicia a través del espejo'. Hay que saber aceptar la redistribución: aprender a relacionarte y a cuidar desde la posición de un padre paciente a ese anciano que ahora es tu hijo pequeño, pero fue el hombre que en el pasado te protegió y aconsejó por dónde ir en la vida y cómo. Y eso no hay que olvidarlo nunca, salvo que tú también cruces la frontera del limbo. Entonces, quedarías disculpado. Cuando ese hombre que tiene tu cara te tienda la mano desde el otro lado del espejo, pasa y tómasela con delicadeza, pero también con fuerza y calor; acéptalo. La espiral de la vida te acaba por devorar sin que nada perturbe la serenidad del gran sudario oceánico del final de 'Moby Dick', que siempre sigue ondeando. Como es mejor que así sea.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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