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Internacional

Vida y muerte del hombre que secuestró a Di Stéfano

Vida y muerte del hombre que secuestró a Di Stéfano
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Un guerrillero venezolano, que se atribuyó durante décadas el rapto del futbolista en 1963, alcanzó la fama y se dedicó a la pintura y al proselitismo de la dictadura chavista

Crónica negra

Vida y muerte del hombre que secuestró a Di Stéfano

Un guerrillero venezolano, que se atribuyó durante décadas el rapto del futbolista en 1963, alcanzó la fama y se dedicó a la pintura y al proselitismo de la dictadura chavista

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Doménico Chiappe y Álex Sánchez

Madrid

06/06/2026 a las 00:20h.

El Real Madrid disputaba el Mundialito de Clubes, una copa de verano con sede en Caracas. Los otros equipos eran Porto (Portugal), São Paulo (Brasil) ... y Millonarios (Colombia), pero el ídolo del momento era Alfredo Di Stéfano, delantero merengue, que se alojaba con su equipo en un hotel de la capital venezolana. Era el año 1963 y en el país sudamericano se abría camino una democracia que duraría 40 años. Entre los resabios de una lucha contra la dictadura anterior entremezclada con la Guerra Fría y la influencia comunista estaba un movimiento de izquierdas, de vocación guerrillera, llamado Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). Este grupo intentaba darse a conocer y sufragarse con golpes de mano mediáticos. Entre sus comandantes estaba Paul del Río, alias Máximo Canales.

El 24 de agosto de ese año, Del Río se disfrazó con el uniforme de una policía nacional, la Policía Técnica Judicial, mejor conocida como 'la petejota'. Con otros dos guerrilleros se dirigió al hotel Potomac al amanecer. Uno se quedó en el coche, mientras Del Río y el otro entraban al vestíbulo. Conocían el número de la habitación de Di Stéfano y dijeron que debían interrogarlo por un asunto de drogas. Llamaron al futbolista para avisarle que subían, se plantaron en la puerta 219, le convencieron de que debía acompañarles a la comisaría y esperaron en la puerta mientras Di Stéfano se cambiaba de ropa. «Vestido con camisa deportiva verde, pantalones marrones y zapatillas blancas, el huésped desatendió el consejo de Pepe Santamaría (el jugador con quien compartía habitación), abandonó el cuarto y bajó escoltado hasta el lobby por los oficiales», detalla el libro 'El secuestro de Di Stéfano. Cuando la guerrilla venezolana capturó a la saeta rubia' (editorial Pepitas).

Hijo de españoles anarquistas de Barcelona, exiliados tras la Guerra Civil, que huyeron con un hijo primero a Francia, luego a Cuba, donde nació el segundo, al que llamaron Paul, y luego a Venezuela, donde tuvieron un tercer vástago, el secuestrador era admirador de la revolución cubana y pronto comenzó a militar en organizaciones armadas que atentaban contra la recién nacida democracia venezolana. Secuestraron al menos dos aviones, para «repartir panfletos por la ventanilla», según contó Del Río en una entrevista para el libro 'El palestino' (editorial Booket). En esa declaración a Antonio Salas, también detalló que en 1962 fundó un movimiento en Caracas, secuestró un buque, el Anzoátegui, y a un oficial norteamericano que estaba de misión, y robó varios cuadros de impresionistas en la inauguración de un museo. Él las llamó «operaciones limpias», «sin combate, sin heridos, sin muertos» y se negaba a que le consideraran «terrorista». Así que cuando decidió secuestrar a Di Stéfano, Del Río ya estaba curtido, arma en mano, en este tipo de acciones.

Cuando se confirmó el secuestro, el club blanco, presidido por Santiago Bernabéu, hizo las gestiones con el gobierno de Franco, para que se hicieran las negociaciones al más alto nivel con Venezuela. En esa operación «escandalosa» pero que «no se caracterizó por ser una de las más brillantes», como la definió Del Río, hubo cooperación entre los gobiernos y un empeño del Real Madrid de que se liberara a Di Stéfano antes de que terminara el campeonato. Bernabéu tomó la decisión de seguir participando y no mover a sus jugadores, aunque la embajada tenía ya un plan de evacuación, según Hernández Droulers.

Para cumplir sus objetivos propagandísticos, fotografiaron a Di Stéfano con Del Río, en el piso donde le tenían retenido, y hubo otra foto con otro guerrillero, quizás Correa, usando de atrezzo una mesa con un tablero de ajedrez. Aunque pareciera que había camaradería, se imponía la fuerza para obligar a posar al cautivo, que pasó la noche en el suelo, sin colchón ni nada que amortiguara la dureza y el frío, lo que le produjo una lesión de espalda. Siempre bajo la mirada de tres hombres armados con pertrechos rusos, ese segundo día de secuestro uno de los hijos de Di Stéfano cumplió años y el futbolista suplicó que los secuestradores le hicieran saber que recordaba la fecha y le deseaba un feliz día. Del Río ordenó que se diera el recado a una agencia de noticias.

Paella y cerveza

En esa falsa bonachonería de los guerrilleros, le invitaron paella y cerveza para cenar. También le permitieron escuchar en la radio el partido de su equipo contra el Porto. Jugaban sin él, el capitán, y ganaron. También surgió otra idea: moverlo de escondrijo. Los comandantes guerrilleros propusieron cortar todo su cabello y cambiarle de ropa, asegura Hernández Droulers. Al final prefirieron ponerle gafas de sol y gorro. Le instruyeron lo que debía decir en la rueda de prensa que vendría tras su liberación. Del Río, le insistió en que dijera su nombre de guerra, Máximo Canales, cuando hablara a la prensa, que recalcara el buen trato, que callara los detalles.

Llegó el día de la liberación. Antes de sacarlo del piso, Del Río le hizo firmar una copia de la primera plana de uno de los diarios donde se anunciaba su secuestro. En la dedicatoria, Di Stéfano puso: «Para Máximo, con mi sincero afecto y agradeciendo su grata hospitalidad», según se relata en 'El secuestro de Di Stéfano'. Llevaba tres días sin ducharse, le cambiaron la camisa y le pusieron una chaqueta de cuero. Le vendaron los ojos, sobre la que pusieron unas gafas y en la cabeza, un sombrero. Lo sacaron del edificio del brazo entre dos, lo sentaron al lado del chófer. En el asiento de atrás le apuntaban los cañones de las pistolas.

A diferencia de lo que pasó en Colombia, por ejemplo, donde las FARC duraron 52 años de guerra librada sobre todo en zonas rurales, convirtiéndose en la más duradera del mundo, los movimientos guerrilleros venezolanos fueron apaciguados con negociaciones, no sobrevivió ninguna célula y sus miembros fueron incorporados al aparato económico, la mayoría como funcionarios de distinto perfil, desde profesores universitarios hasta políticos, amnistiados y liberados los que estaban en prisión. Entre ellos Paul del Río. «Una teoría que existe es que las FALN eligieron a Máximo Canales para que fuera el rostro de la insurrección porque era un tipo guapo y con un buen discurso, que quería protagonismo. Pero él no era el verdadero líder», dice una fuente conocedora de los entresijos de la guerrilla en Venezuela, algo que coincide con la propia versión del pintor en la madurez. En todo caso, en el relato oficial Paúl Del Río fue el comandante del secuestro de Di Stéfano, y él se aseguró, sin desmentirlo por décadas, de que así se le viera.

Con la paz en Venezuela, desaparecidos por completo los grupos armados y amnistiados sus componentes, Del Río buscó guerras en otros territorios. Según contó él mismo, se unió al Frente Sandinista contra la Nicaragua de Somoza.

Defensor del terrorista Illich Ramírez, 'El chacal'; de ETA y de las guerrillas colombianas como las FARC y el ELN, con la llegada de Hugo Chávez al poder (en 1999, después de intentar un golpe de Estado en 1992 cuando era teniente-coronel), Paúl Del Río se acercó al exmilitar, que había recibido una amnistía en el gobierno democrático anterior. Chávez le encargó una obra de bronce de más de dos metros de altura, llamada 'Mano mineral', y que se colocó, donada por el gobierno venezolano, en la sede de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). El precio que se pagó se desconoce, pero sólo la materia prima se valora en más de 40.000 euros.

Su fidelidad a la ideología armada sería recompensada por Chávez con su nombramiento como director de un museo propagandístico del nuevo gobierno, llamado Cuartel San Carlos Libre, donde el entonces presidente estuvo preso, al igual que el mismo Del Río en su época. Desde ese puesto, y como directivo de una fundación que recibía fondos estatales, participó en foros, como el Congreso Continental de Solidaridad Bolivariano, en distintos países. El 4 de abril de 2015, se suicidó en el museo que dirigía, de un tiro en la cabeza. Aquel secuestro -uno más, como tantos, que por fortuna no acabó en una desgracia- sigue revestido de un romanticismo incomprensible.

El comienzo del fin

Al día siguiente de la liberación, el martes 27, el Real Madrid jugó contra el equipo de São Paulo la final de la copa veraniega. Di Stéfano apareció en la alineación, aunque no estaba en buena forma física ni psicológica. Jugó y perdieron la copa contra los brasileños. Empezó el declive del capitán y pronto le echarían del club madrileño. El jueves, dos días después de la derrota, volaron de regreso a Madrid. Fue un infierno, diría Di Stéfano ya lejos del alcance de sus captores.

Pintor poco cotizado

Ya en su época de guerrillero pintaba cuadros y después se dedicó a lo artístico. «Fue un pintor sin mucha trascendencia», asegura el coleccionista venezolano Herman Sifontes. Su obra original, según la cotización de distintas casas de subastas consultadas, es decadente. Por ejemplo, en una venta reciente realizada por la casa norteamericana Bruneau & Co. Auctioneers su óleo 'Retrato modernista de una niña' ni siquiera alcanzó los 200 euros, el precio mínimo de salida. Otros óleos se ofrecen por menos de 50 euros.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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