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Virginia Apgar, la médica que creó una prueba clave en los primeros minutos de vida y revolucionó el cuidado de los recién nacidos

Virginia Apgar, la médica que creó una prueba clave en los primeros minutos de vida y revolucionó el cuidado de los recién nacidos
Artículo Completo 2,029 palabras
El test de Apgar es una herramienta universal que permite, en menos de un minuto, evaluar el estado vital de un recién nacido y guiar decisiones médicas inmediatas.
Virginia Apgar, la médica que creó una prueba clave en los primeros minutos de vida y revolucionó el cuidado de los recién nacidos

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto, Información del artículo
    • Autor, Dalia Ventura
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • Fecha de publicación 1 hora
  • Apariencia, pulso, gesticulación, actividad y respiración.

    Si naciste en la década de 1960 o después, lo más probable es que ese haya sido el primer examen que te hicieron.

    Tus puntuaciones en cada parámetro le indicaron a los médicos si debían preocuparse por ti, o ponerte en los brazos de tus padres, pues tus llantos, por estridentes y conmovedores que fueran, no eran más que las exigencias de un pequeño ser que desde ese momento regiría sus vidas.

    Se denomina "la prueba de Apgar", que notarás es un acrónimo de lo que se evalúa, pero también el apellido de su creadora Virginia Apgar, quien introdujo esa escala de valoración de la vitalidad de recién nacidos en 1952 en Estados Unidos.

    Inmediatamente se empezó a estudiar y validar en otros lugares del mundo, y una década más tarde la Organización Mundial de la Salud (OMS) la adoptó en sus guías, consolidándola como una práctica global, que ha venido salvando la vida de incontables bebés.

    La prueba no requiere de equipos especializados, y en eso radica su genialidad: basta con observar y sumar.

    Se aplica al minuto de nacido el bebé, y nuevamente a los cinco minutos.

    En cada una de las categorías se asigna una puntuación de 0 a 2.

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    Por ejemplo, la presencia de reflejos -la G del acrónimo- se califica con 0 si no hay respuesta a la estimulación; con 1, si es una mueca o respuesta débil; y con 2, si hay tos, estornudo o llanto vigoroso.

    Un buen y fuerte llanto también recibe la más alta calificación al observar la R, de respiración, mientras que si es lenta o irregular se marcará con 1, y si está ausente, con 0.

    Al sumar los cinco puntajes, 3 o menos indica que el estado de salud es crítico; entre 4 y 6, que el bebé requiere atención; y de 7 a 10, que su estado es normal.

    Aunque ha sido descrita como "ridículamente simple", su impacto ha sido enorme, señaló el anestesiólogo Richard Smiley, profesor en el Columbia University Medical Center, la institución donde Virginia Apgar desarrolló su prueba.

    El protocolo obliga a médicos y enfermeras a examinar al recién nacido de forma organizada y, ante una puntuación baja, surge la necesidad imperiosa de actuar para mejorarla, explicó Smiley en la página web del NewYork-Presbyterian Hospital.

    Fuente de la imagen, Library of Congress

    Pie de foto,

    Según varias publicaciones médicas, antes actuar no era la norma: solía asumirse que los bebés que nacían con dificultades -por ejemplo muy pequeños o azulados- estaban demasiado enfermos para vivir, y los dejaban morir, aunque todo lo que necesitaran fuera un poco de oxígeno o calor.

    En ocasiones, para ser justos, se intentaba ayudarlos, pero según la misma Apgar, la reanimación neonatal estaba en esa época mal entendida, según escribió en el artículo "Una propuesta para un nuevo método de evaluación del recién nacido" (1953), en el que presentó sus estudios y describió la escala.

    Resaltó que se utilizaban métodos poco sistemáticos y a veces extraños o ineficaces, como la inmersión alternante en agua fría y caliente, la dilatación rectal o la insuflación de aire en el estómago.

    Cuentan que la idea del test nació en 1949, en la cafetería de la facultad de Medicina y Cirugía de Columbia, cuando un estudiante le preguntó cómo se evaluaba a un recién nacido.

    Ella tomó una tarjeta que solicitaba "Por favor, recoge tu bandeja" y en el reverso anotó los cinco aspectos relevantes, que luego pondría a prueba y, 1.000 bebés y tres años después, presentaría en una conferencia.

    Otros dicen que lo de la cafetería es una leyenda.

    Sea como sea, lo cierto es que para ese entonces cualquier día que Apgar hubiera ido a tomar café, contaba con el intelecto y los conocimientos acumulados necesarios para condensar su sabiduría en una herramienta transformativa que predice con solidez el riesgo de muerte neonatal e insta a tomar medidas.

    Por ser mujer

    Virginia Apgar nació en el momento preciso en el que dedicarse a la medicina empezó a ser aún más difícil para las mujeres en Estados Unidos.

    Era 1909 y si bien el porcentaje de médicas era de por sí bajo a principios de ese siglo, se reduciría aún más mientras ella crecía.

    Todo se debió a una cruda ironía: a medida que la medicina se profesionalizó, convirtiéndose en una materia más rigurosa científicamente y más respetada, erigió nuevas barreras que impidieron el acceso de las mujeres.

    Apgar no se desanimó.

    Uno de los prerrequisitos era cursar estudios universitarios previos, así que escogió zoología en el Mount Holyoke College, y se especializó en fisiología y química, dándole aire a su profunda y arraigada pasión por la ciencia y anatomía.

    Al tiempo, practicaba siete deportes distintos, colaboraba con el periódico universitario, actuaba en obras de teatro locales y tocaba el violín en la orquesta, instrumento que empezó a tocar desde niña y que nunca abandonaría.

    Hacía tanto que una maestra se preguntó, con admiración genuina: "Francamente, ¿cómo lo hace?", y ella misma le escribió a sus padres desde la universidad: "Estoy muy bien y feliz, pero no tengo ni un minuto para respirar".

    Fuente de la imagen, U.S. National Library of Medicine

    Pie de foto,

    A los 20 años ingresó en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Columbia, una de las nueve mujeres en una clase de 90 estudiantes, y se graduó cuarta de su generación.

    Tenía todas las condiciones y las ganas para convertirse en cirujana. Pero su mentor, Allen Whipple, el jefe de cirugía, preocupado por las escasas perspectivas económicas para una mujer cirujana en plena Gran Depresión, la instó a dedicarse a la anestesiología.

    Whipple vio en ella "la energía, la inteligencia y la capacidad necesarias para hacer contribuciones significativas" en ese campo emergente, que entonces era considerado más propio de enfermeras que de médicos.

    Apgar aceptó el consejo y se formó con los mejores especialistas de la época.

    En 1938 regresó a Columbia como directora de la nueva División de Anestesia, siendo la primera mujer en encabezar una división de especialidad en esa institución.

    Pasó la década siguiente siendo, de manera simultánea, administradora, docente, investigadora y médica en ejercicio.

    Cuando, en 1949, la división ascendió a departamento, Apgar esperaba ser nombrada directora. El cargo se lo dieron a un colega hombre, Emanuel Papper.

    A Apgar, en cambio, la nombraron profesora titular, la primera mujer en alcanzar ese rango en Columbia. Una victoria con un sabor inevitable a consolación.

    Fue precisamente desde esa posición de profesora -y gracias a su trabajo en la sala de partos del Sloane Hospital for Women- que desarrolló su prueba y se convirtió en pionera de lo que hoy se conoce como perinatología: la rama de la medicina que trata al recién nacido como un paciente en sí mismo.

    Cambio de rumbo

    En 1959, ya con su prueba consolidada, Apgar emprendió lo que ella misma llamó un cambio de carrera a mitad de camino.

    Obtuvo una maestría en salud pública en Johns Hopkins y se incorporó a la Marcha de los Diez Centavos (March of Dimes), una fundación creada originalmente para combatir la poliomielitis que, al lograr su cometido con la llegada de la vacuna de Salk, reorientó su misión hacia la prevención de defectos congénitos.

    Cuando le preguntaron por qué había aceptado ese trabajo, ella respondió con su habitual chispa: "Dijeron que buscaban a alguien entusiasta, a quien le gustara viajar y hablar. A mí me encanta conocer lugares nuevos, y desde luego sé charlar".

    Durante 15 años recorrió el país divulgando información sobre el embarazo y los defectos de nacimiento, apareciendo en programas de televisión y desmitificando un tema que muchas familias vivían con vergüenza.

    En 1972 publicó, junto a Joan Beck, el libro "¿Está bien mi bebé?", una guía accesible para padres sobre causas y tratamientos de distintas condiciones congénitas.

    Fuera de la medicina, Apgar era igualmente incansable.

    Tocó el violín toda su vida y viajaba con él, uniéndose a cuartetos de cámara improvisados donde quiera que estuviera. En los años 50 aprendió a construir instrumentos de cuerda con un amigo; juntos fabricaron dos violines, una viola y un chelo.

    Fuente de la imagen, Library of Congress

    Pie de foto,

    Además de su violín, siempre llevaba consigo un bisturí de bolsillo, un tubo endotraqueal y un laringoscopio, por si alguien necesitaba una traqueotomía de emergencia. Y en efecto los usó: salvó así 16 vidas en accidentes de tráfico y otras situaciones de crisis.

    Su lema era tan claro como contundente: "Nadie, absolutamente nadie, va a dejar de respirar estando yo presente".

    Aprendió a pilotar aviones en sus cincuenta, porque se le antojó.

    A pesar de su experiencia en una carrera dominada por hombres, no luchó por la liberación de su género, sosteniendo que "las mujeres son libres desde el momento en que salen del vientre materno".

    No obstante, en privado, señalaba las inequidades salariales y las puertas que se le habían cerrado por ser mujer.

    Nunca se casó pues, decía en chiste, "no he encontrado a un hombre que sepa cocinar", un arte que, según sus biógrafos, ella jamás dominó.

    Murió el 7 de agosto de 1974, a los 65 años, sin haberse retirado.

    Para entonces, su prueba ya era universal. Se decía que todo bebé nacido en un hospital moderno en cualquier lugar del mundo era mirado primero a través de los ojos de la doctora Virginia Apgar.

    Hoy, más de siete décadas después, la escala sigue siendo el primer examen que recibe un recién nacido en la gran mayoría de los partos atendidos médicamente en el mundo.

    La medicina neonatal ha avanzado enormemente desde 1952, y la prueba se complementa hoy con otras herramientas diagnósticas y protocolos de reanimación más sofisticados.

    Pero la mirada rápida, ordenada y compasiva sobre ese ser humano recién llegado al mundo sigue siendo, en esencia, la de ella.

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Fuente original: Leer en BBC Mundo
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