El sector tech funciona sobre un pacto: todos fingen que la IA es rentable hasta que alguien pregunte por los números y entonces nos haremos los locos
2 comentariosFacebookTwitterFlipboardE-mail 2026-01-25T10:01:27ZJavier Lacort
Editor Senior - TechJavier Lacort
Editor Senior - Tech Linkedintwitter1938 publicaciones de Javier LacortEn la estupenda The Big Short, los personajes descubren que el mercado de hipotecas subprime es una suerte de castillo de naipes. Los datos no cuadran y las valoraciones no tienen sentido, pero el sistema sigue funcionando porque todos fingen que funciona. Hasta que deja de funcionar.
Esa dinámica resume muy bien lo que está pasando en el sector tecnológico.
OpenAI sigue palmando pasta por cada consulta que hacemos a ChatGPT pero ya vale medio billón. Las startups de IA multiplican de diez en diez sus valoraciones aunque no tengan ingresos recurrentes reales. Los fondos siguen abriendo rondas gordas para lo que no dejan de ser wrappers de IA cuya única diferencia técnica con la competencia es el párrafo de marketing. Un dominio acabado en '.ai' sirve para que el inversor despegue la espalda del respaldo y musite con el de al lado.
Nadie pregunta por el EBITDA. Nadie espera rentabilidad en cinco años. Ni en diez. Hay que seguir girando la manivela.
Esto, en otra medida, ya lo vivimos con la burbuja puntocom. Lo que ha cambiado es que hemos rizado el rizo del autoengaño. En los noventa había más ingenuidad: demasiada gente realmente se creía que Pets.com revolucionaría el comercio de comida para perros. Ahora casi todo el mundo intuye que esto es más frágil de lo que parece, pero nadie puede permitirse ser el primero en decirlo. Porque quien lo dice, pierde.
En XatakaAlguien ha echado un vistazo a la burbuja de las puntocom y ha comparado sus datos con los de la IA. Y no es optimistaEl CEO que admite que su "integración de IA" es solo un wrapper de OpenAI con escasa singularidad se queda sin la siguiente ronda. El fondo que no invierte en IA queda como un dinosaurio. El CTO que dice "esto es muy guay pero no está mejorando nuestra productividad" se arriesga a que lo sustituyan por alguien más entusiasta: en esta industria, el ceño fruncido vende poco. Así que muchos asienten, muchos aplauden, muchos fingen ver la revolución completa cuando quizá solo están viendo el principio.
Mientras tanto, a menudo estamos viendo cómo la distancia entre narrativa y realidad se sigue ensanchando.
Hay empresas despidiendo empleados justificándolo en que es una "reorganización estratégica hacia IA", cuando en realidad han quemado capital en tecnología que no les funciona o al menos no les sale a cuenta. Los productos se lanzan soltando palomas, fracasan seis meses después, y nadie menciona el cadáver porque ya están ocupados anunciando el siguiente. La métrica de éxito a veces ya no es "esto resuelve un problema real" sino "esto nos ha conseguido otra ronda de financiación", cuando no "esto me ha valido una promoción".
Lo curioso es que esta economía de la creencia puede sostenerse durante bastantes años. Mientras haya liquidez y los tipos permitan financiar pérdidas indefinidamente, mientras nadie tenga incentivos claros para romper el consenso, el teatro continúa.
Pero hay dos problemas:
- Esta dinámica destruye la capacidad del sector para distinguir lo real de lo performativo. Cuando buena parte del discurso es narrativa y pocos preguntan por los fundamentales, las empresas que realmente construyen algo valioso pueden volverse difíciles de distinguir de las que solo saben levantar capital. Buenos ingenieros y buenos productos a veces quedan ocultos en medio de mucha mediocridad extremadamente bien financiada.
- Esta economía necesita nuevos creyentes constantemente. Como otros ciclos especulativos, funciona mientras haya más gente entrando que saliendo. Y si la música se detiene (cuando los tipos cambien, cuando los inversores exijan retornos tangibles o cuando los clientes dejen de pagar por promesas) puede que no haya suficientes sillas.
Aquí está la diferencia fundamental con la burbuja puntocom: la IA sí tiene valor real y demostrable. ChatGPT resuelve problemas concretos, Claude Code dispara el desarrollo y los modelos mejoran trimestre a trimestre. Nadie cree a estas alturas que sean vaporware como hace treinta años. Hay empresas usando IA para mejorar márgenes, acelerar procesos y automatizar tareas que antes requerían equipos enteros.
El tema es que la brecha entre el valor que la tecnología genera hoy y el capital que absorbe es considerable. Y mientras esa brecha exista, el sector funciona más por consenso que por fundamentales. No es que todo sea humo, es que hay demasiado capital persiguiendo demasiado pocas aplicaciones rentables en el corto plazo.
Nadie sabe cuándo llegará el ajuste, si es que llega. Puede que la IA termine justificando todas las apuestas y esto se vea retrospectivamente como el momento en que se construyeron los gigantes del mañana. Incluso puede que parte de este capital termine financiando los avances que realmente cambien industrias enteras. Muchas ciudades tienen hoy metro porque alguien hace más de un siglo decidió construir túneles y tender vías asumiendo costes brutales sin un retorno inmediato. En su momento pudo parecer una locura financiera, pero gracias a eso hoy no vamos en autobús.
La diferencia es que aquello era dinero público apostando por el largo plazo. Esto es capital privado esperando multiplicarse en menos de una década. Y esa diferencia importa, porque cambia los incentivos: el que construye infraestructura pública puede esperar dos generaciones para ver el retorno. El que levanta una ronda de Serie B necesita métricas en el próximo trimestre.
Así que el escenario optimista existe, pero convive con otro menos halagüeño: que gran parte del sector esté jugando al mismo juego (creer porque es necesario creer, invertir porque todos invierten) sin saber realmente dónde está el suelo.
Por ahora, seguimos pintando las naves de rojo y actuando como si eso las hiciera volar más rápido. Quizá lo haga. Quizá no. Lo sabremos cuando alguien se atreva a comprobar si la pintura era lo que importaba.
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