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La dicotomía entre guerra o paz, jungla o reglas planteada por el presidente del Gobierno, y cacareada por sus corifeos, es tan falaz como creer que hoy el mundo aún se divide entre buenos y malos.
Cuando Pedro Sánchez despertó de su ensoñación pacifista, la guerra seguía allí. Ha tenido que ser la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien le trajera de regreso hasta la realidad. Esa que impone una geopolítica de los depredadores que nos podrá gustar nada o cero, pero con la que nos toca lidiar.
Es lo que les vino a decir a los embajadores de la UE la líder del Ejecutivo comunitario, que antes de llegar a Bruselas por orden directa de Merkel a finales de 2019 era la ministra de Defensa de Alemania cuando en ese país hablar de temas militares era casi tabú. Su conocimiento de las consecuencias de un conflicto abierto son muy superiores a las que muestran las ministras que califican a Sánchez de "superhéroe de la paz" (Ana Redondo dixit) o tratan de vender la palmaria soledad de nuestro gobierno en la escena internacional como liderazgo entre las filas del "lado correcto de la historia", como sostuvo ayer la portavoz Elma Saiz.
Pero, fuera del búnker de Moncloa y su esfera de influencia mediática, la mayoría de los analistas coinciden en que la política exterior con forma de pancarta desplegada por el "referente para los progresistas frustrados", como le define la prensa extranjera, pasará factura a nuestro país. Y no sólo en el ámbito económico, sobre todo si Trump cumple su amenaza de imponernos un embargo comercial en represalia por impedir el uso de las bases de Morón y Rota para el repostaje de los aviones de guerra norteamericanos, sino también a nivel diplomático.
Forjar un prestigio y una reputación en la escena internacional cuesta décadas de enormes esfuerzos, y Sánchez puede haberlos tirado por tierra de un plumazo debido a su obsesión por pasar a la historia como el adalid global contra el fascismo. Resulta complicado entender cómo nuestro presidente ve más tics autoritarios en Trump -que los tiene- que en los ayatolás, que llevan más de cuatro décadas hurtando las libertades más básicas a las mujeres iraníes y a las minorías que la izquierda dice defender. Sostiene Sánchez que puede estar al mismo tiempo contra la sanguinaria teocracia islámica, que acaba de situar en su cúpula al responsable de la salvaje represión que aplastó de forma brutal el pasado mes de enero las manifestaciones de cientos de miles de iraníes, e impulsor del terrorismo yihadista, y en contra de la quiebra del orden internacional por parte de Israel y Estados Unidos en su ofensiva sobre Teherán.
Como si Rusia no llevase cuatro años saltándose a la torera el ordenamiento jurídico multilateral en su guerra contra Ucrania, o China no hubiera estado bloqueando todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que denunciaban los abusos cometidos por sus aliados Irán o Corea del Sur, o las que reclamaban la liberación inmediata de los rehenes israelíes retenidos por Hamás durante 738 días.
La dicotomía entre guerra o paz, jungla o reglas planteada por Sánchez, y cacareada por sus corifeos, es tan falaz como creer que hoy el mundo aún se divide entre buenos y malos. "Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá", proclamó Von der Leyen. En Moncloa probablemente también lo ven así, pero creen que pueden volver a agitar la calle contra el PP como en 2003 con su "no a la guerra" y movilizar a los votantes de izquierda asqueados por la corrupción, los escándalos sexuales y las cesiones al separatismo del PSOE.
Pero la sociedad española es muy distinta a la que reaccionó ante los brutales atentados del 11-M, hace hoy 22 años, entregando el gobierno a quien prometió sacar una bandera blanca frente al terrorismo yihadista. De aquellos polvos, estos lodos.
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