Vox cae es una frase que hacía mucho tiempo que no se veía en un titular. No es poca cosa, porque una de las grandes cuestiones de la política española es si Vox tiene un techo o ha venido a jugar grandes partidos. Fuerzas alternativas al bipartidismo que han escalado hasta más allá del 15% de los votos explotando el hartazgo ciudadano y la esperanza de un cambio ya hemos visto tres en la última década, Vox incluida. Partidos que desafíen realmente la hegemonía de PP y PSOE y aspiren a echarse sobre sus hombros la carga de la gestión del Estado aún no hemos visto ninguno.
No es que Podemos y Ciudadanos no se quedaran cerca de superarlos, que lo hicieron. Pero al final nunca pasaron de ser las fuerzas secundarias que obligaban a las principales a firmar pactos a regañadientes y que ocupaban destacadas consejerías y hasta vicepresidencias del Gobierno de la nación, con más pompa que trascendencia. Tampoco lo ha hecho Vox, que por ahora ha demostrado alergia a los cargos de responsabilidad, cuando los ha tenido le han durado un suspiro y sigue resistiéndose a asumir compromisos de gobierno en Extremadura y Aragón tras las elecciones.
La pregunta es hasta dónde puede escalar un partido desde la trinchera. No es una decisión fácil y Vox se asoma al preciso momento de hacérsela y de tener que tomar decisiones importantes. Su vocación natural es superar al PP subido a la ola trumpista global y al maremoto del descontento contra Sánchez local, pero el objetivo sigue estando demasiado lejos y el tiempo no es buen aliado de los proyectos maximalistas. Algo más hay que hacer antes.
Abascal tiene 2.248 pueblos de Castilla y León por recorrer para levantar la primera encuesta que se le pone fea en mucho tiempo. En Extremadura su partido sacó el 16,9% de los votos y en Aragón el 17,9% tras grandes subidas. El sondeo de Sigma Dos le da aquí el 16,8%, perdiendo casi un punto. Un porcentaje muy parecido en los tres casos. Como si hubiera una barrera matemática que le impide subir más allá de ese punto. El techo.
A priori, Castilla y León es un buen lugar para que Vox supere ese porcentaje y de momento nada lo impide, porque lo de hoy es un punto de partida y en las últimas contiendas ya hemos visto que Abascal y sus candidatos hacen buenas campañas y el resto las hacen entre regular, mal y horrible. Sin olvidar las cosas de Sánchez, que igual te aprueba antes de las elecciones una regularización masiva de inmigrantes como te anuncia una financiación premium para Cataluña. Pero Castilla y León también es un sitio especial para otra fuerza, que se llama Partido Popular y que lleva gobernando allí cuatro décadas.
Este fue el lugar en el que el PP empezó a ser el PP. Desde que Aznar impulsó desde Valladolid la unidad de la derecha española a finales de los 80, los populares han presumido de ser los únicos que de verdad conocen esta comunidad, que no es como ninguna otra. La región más extensa del país -y de Europa, donde es más grande que países como Hungría o la vecina Portugal- y con más municipios -uno de cada cuatro pueblos de España están aquí- esconde una diversidad de gentes, lugares y costumbres difícil de abarcar.
La encuesta da a Mañueco el mejor resultado para el PP en una década, pero también debe tomárselo como una línea de salida. Las mayorías absolutas con el 50% de los votos quedaron hace tiempo atrás y la desaparición de Ciudadanos, que aquí seguía manteniendo un escaño, es solo un consuelo para afrontar el siguiente desafío.