Pekín ofrece estos días una estampa poco habitual. La plaza de Tiananmen, además de estar bajo la atenta mirada de un retrato gigante de Mao, está jalonada por banderas de China y España. Los móviles de la delegación española se pegan a los cristales de los vehículos para inmortalizar el momento. No es inédito -ha sucedido en otros viajes-, pero no deja de ser llamativo. Pedro Sánchez ha realizado esta semana su cuarto viaje a China en los últimos cuatro años, éste, por primera vez, con estatus de oficial. Un puente aéreo Madrid-Pekín en busca de influencia política y mejorar unas relaciones comerciales con una balanza claramente inclinada del lado del gigante asiático. Defienden en La Moncloa que estos viajes permiten tener una buena interlocución y lograr algo de influencia en base a unas relaciones de confianza. Pese a las reticencias que aún genera el acercamiento a este país, España tiene claro que el camino pasa por desbrozar una relación intensa.
Ante la disrupción global que ha provocado la administración de Donald Trump, y la necesidad de afianzar nuevos mercados y diversificar ingresos, La Moncloa considera Asia como un punto vital en esa política de abrir nuevas ventanas. China y La India emergen como socios claves. De ahí que la estrategia de Sánchez, ideada y trabajada desde hace años, sea la de colocar a nuestro país como puente entre el gigante asiático y la Unión Europea. Un rol que ha querido acrecentar con esta visita y que, en cierta medida, ya le otorga Xi, quien en el encuentro este martes entre ambos líderes en el Gran Palacio del Pueblo señaló que China y España «han avanzado de manera sostenida aportando así estabilidad a las relaciones entre China y la UE».
«China debe ver a Europa como ve a España, como un lugar en el que invertir y como un socio con el que poner en marcha proyectos industriales», argumentó Sánchez en una comparecencia ante la prensa en Pekín. El buen momento de las relaciones bilaterales quedó demostrado con los dos banquetes oficiales que ofrecieron a la delegación española Xi por la mañana y el primer ministro chino, Li Qiang, por la tarde-noche, y los 19 acuerdos que firmaron: diez de ellos en materia económica; cinco para permitir el acceso a China de productos agroalimentarios españoles; cuatro para impulsar las exportaciones. «Estos acuerdos dan buena cuenta de la importancia que China concede a las relaciones con España y de la fortaleza del vínculo que estamos construyendo», analizó Sánchez. Fuentes diplomáticas explican que el banquete ofrecido por Xi ha sido un signo de cercanía y deferencia -no es habitual que se produzca a nivel del presidente chino- y estaban presentes media docena de ministros.
En un contexto geopolítico en el que Sánchez ha trabajado una posición para presentarse a nivel internacional como antagonista de Donald Trump, el teléfono rojo entre Madrid y Pekín goza de mucha más cobertura y amplificación. Las decisiones del presidente de EEUU, tanto económicas (aranceles) como militares, han hecho que China cobre aún más importancia y se haya desatado una carrera por lograr una posición de privilegio, ante la incertidumbre y el desconcierto que genera la administración estadounidense. En Pekín se ha podido ver que la entente China-España coge vuelo y fuerza frente al orden mundial que dibujan los americanos, según expone Sánchez. El presidente del Gobierno apuesta, sin embargo, por un «nuevo orden multipolar» en el que no se está produciendo un «trasvase de hegemonías», sino una «multiplicación de polos». Y para que este nuevo orden sea «mucho más estable», es necesario que China asuma un rol destacado y, por ejemplo, una mayor implicación en la resolución de los conflictos y las guerras. «Se me antoja muy difícil encontrar otros interlocutores que puedan desanudar esta situación provocada en Irán y el Estrecho de Ormuz mas allá de China», puso de ejemplo.
España concede ese rol destacado a China en la nueva configuración que se está haciendo del mundo y Xi, por su parte, suma a Sánchez a su equipo. Presenta a los dos líderes en el mismo bando. «Tanto China como España tenemos principios y abogamos por la justicia. Y estamos dispuestos a estar del lado correcto de la historia», dijo el presidente chino. El jefe del Ejecutivo recogió el guante. Plena sintonía. «Aquellos que alzamos la voz en contra de gobiernos que violan el derecho internacional tenemos que vernos sometidos a las amenazas de estos países. No vamos a tener ningún problema en continuar del lado correcto de la historia». Xi, durante su intervención en la reunión con Sánchez, premeditadamente habló siempre en plural, mostrando el «rechazo al retorno del mundo a la ley de la selva» y la disposición a estar «juntos» en el propósito de «salvaguardar el verdadero multilateralismo».
Pero el camino a China es un sendero complicado. De espinas y rosas. Primero, porque uno de los objetivos de España es reequilibrar la balanza comercial, muy decantada a favor de los chinos, y los números no mejoran. Segundo por lo que supone políticamente aún China. «En el contexto actual, ante la incertidumbre general, diversificar socios y afianzar relaciones con la segunda economía del mundo y otros actores (como La India), es un imperativo de lo más racional y necesario», explica Xulio Ríos, fundador y asesor emérito del Observatorio de la Política China y asesor de Casa Asia.
Sánchez recibido con honores por el primer ministro chino, Li Qiang.EFE«China es un país central dentro de la comunidad internacional, por lo que, en términos generales es positivo tener una buena relación con él», observa Mario Esteban, investigador principal del Real Instituto Elcano y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, donde dirige el Centro de Estudios de Asia Oriental. «Dicho esto, presenta dificultades porque no estamos alienados geopolíticamente. Por ejemplo, nosotros somos miembros de la OTAN y ellos están alineados con Rusia y hay una brecha profunda en términos de libertades civiles y derechos políticos». Para Ríos, «las diferencias sistémicas son obvias, pero, llegado el caso, la mejor manera de ganar influencia en China es a través de la cooperación y dialogando sobre las discrepancias».
En La Moncloa creen que la estrategia es la adecuada y que diversificar y tratar de ganar influencia y relevancia en China es una apuesta de presente y futuro, buscando allanar el camino para las empresas españoles y atrayendo inversiones asiáticas a nuestro país. La economía es un buen salvavidas para navegar en el mar incierto del acercamiento al gigante asiático. «Obtener más inversión china, particularmente en sectores clave en los que China es hoy en día puntera, como la IA, los vehículos eléctricos, las baterías, etc., es importante para España para convertirse en un hub europeo de estos sectores clave», apunta Laia Comerma, investigadora postdoctoral en el Centro de Seguridad, Diplomacia y Estrategia (CSDS) de la Universidad Libre de Bruselas (VUB).
El presidente del Gobierno es clave en esa estrategia. Considera que es el camino correcto y que como ha sucedido con otros asuntos internacionales, la posición de España será refrendada con el tiempo por otros países y se avanzará en el entendimiento con China. «Permite a Sánchez promover su perfil como líder europeo que puede mediar entre la UE y China en tiempos convulsos, como los de la presidencia de Donald Trump y la crisis de la relación transatlántica. Aunque los riesgos de la relación entre la UE y China son conocidos, gracias a Trump, China se presenta como la potencia que defiende el multilateralismo y el orden global existente, y así Sánchez puede abanderar el liberalismo y el multilateralismo sin entrar en contradicciones con su estrategia de tener una relación más profunda con China», analiza Comerma.
«Sánchez actualiza un capital de confianza que no es exclusivo de su Gobierno, sino fruto de una labor desarrollada por gobiernos de diferentes sensibilidades en las últimas décadas. La buena sintonía ha sido la tónica general de las relaciones con China, salvo crisis puntuales, y así lo han entendido los diferentes gabinetes», puntualiza Ríos. «El papel que quiere jugar España para llevar la estrategia de la UE hacia China más allá de la reducción de riesgos puede tener sentido si efectivamente conseguimos materializar algunas de las oportunidades en la relación bilateral que identifica el gobierno de Sánchez», aprecia Esteban. Reequilibrar la relación comercial es clave.