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Zampolli, el 'conseguidor' que facilita los negocios con Trump: exsocio de Epstein y "celestino" de su relación con Melania

Zampolli, el 'conseguidor' que facilita los negocios con Trump: exsocio de Epstein y "celestino" de su relación con Melania
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Paolo Zampolli, el hombre que ha sugerido a la FIFA reemplazar a la selección de Irán por la de Italia en el Mundial 2026, ofrece a las grandes fortunas acceso privilegiado a Donald Trump. Más información: Melania Trump, sobre Epstein: "Nunca me presentó a Donald, las mentiras que me vinculan con él deben terminar hoy".

Paolo Zampolli, amigo de Donald Trump, junto al vicepresidente JD Vance y Usha Vance en su visita Budapest

EEUU Zampolli, el 'conseguidor' que facilita los negocios con Trump: exsocio de Epstein y "celestino" de su relación con Melania

Paolo Zampolli, el hombre que ha sugerido a la FIFA reemplazar a la selección de Irán por la de Italia en el Mundial 2026, ofrece a las grandes fortunas acceso privilegiado a Donald Trump.

Más información: Melania Trump, sobre Epstein: "Nunca me presentó a Donald, las mentiras que me vinculan con él deben terminar hoy".

Publicada 24 abril 2026 02:44h Las claves

Las claves Generado con IA

No firma contratos ni ocupa titulares. Pero decide quién lo hace. Paolo Zampolli —empresario, exagente de modelos y hoy emisario global del trumpismo— ha convertido el acceso al presidente de Estados Unidos en un activo negociable.

Presume de cerrar acuerdos multimillonarios en minutos, se presenta como el hombre que unió a Donald y Melania Trump y aparece, de forma recurrente, en el mismo ecosistema social en el que operó Jeffrey Epstein.

No es una figura decorativa ni un simple intermediario: es el eslabón que conecta poder político, negocio privado y una red de relaciones donde lo importante nunca queda por escrito. Su última propuesta: que la FIFA reemplace a la selección de Irán por la de Italia en el Mundial 2026.

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"20.000 millones en 20 minutos"

Zampolli se presenta a sí mismo como parte del negocio. Su lema —"20.000 millones de dólares en 20 minutos"— no es solo una exageración: es una forma de explicar cómo funciona el poder en el entorno Trump.

Su papel no encaja en ningún cargo formal, pero sí en una función muy concreta: interceder entre quien busca acceso y quien puede concederlo. No es un diplomático tradicional, pero viaja con altos cargos. No firma acuerdos, pero participa en su gestación. No ocupa el centro de la escena, pero aparece en el punto exacto donde se decide quién entra y quién no.

Actúa como mediador entre gobiernos extranjeros y la Casa Blanca. Y ese acceso tiene una lógica clara: traducirse en negocio.

La fórmula es directa. Si un país quiere acercarse al presidente, tiene que demostrarlo en cifras. Compras, inversiones, contratos. Preferiblemente con empresas estadounidenses.

Él mismo lo resume sin rodeos: "Compra Boeing".

Su relato está lleno de operaciones exprés y cifras descomunales. En Uzbekistán, por ejemplo, asegura haber elevado una negociación inicial de unos pocos miles de millones hasta los 20.000 en cuestión de minutos.

Sin embargo, cuando se revisan esos acuerdos, aparece una constante: las cifras reales son más bajas, los plazos más largos y su papel, mucho menos decisivo de lo que él sugiere.

Pero eso no le debilita. Porque su negocio no es cerrar tratos, sino convencer de que puede hacer que ocurran.

Zampolli no necesita ser quien firma. Le basta con que los demás crean que está lo suficientemente cerca como para abrir la puerta.

Y en un entorno donde el acceso al presidente es el recurso más valioso, esa percepción —aunque sea exagerada— tiene valor real.

Ese esquema tiene un efecto práctico: reduce el peso de los canales oficiales.

Las decisiones ya no pasan exclusivamente por embajadas, departamentos o equipos técnicos, sino por figuras como Zampolli, que operan fuera de esos marcos, pero con acceso directo a quienes sí deciden.

No es una anomalía puntual. Es un cambio de método.

La diplomacia deja de ser un proceso y se convierte en una relación personal.

El origen de Melania

Antes de acercarse al poder político, Zampolli ya operaba en otro circuito donde las relaciones lo eran todo: el de las agencias de modelos en Nueva York. Un entorno en el que su nombre aparecía con frecuencia en la crónica social y donde su valor residía en a quién podía presentar a quién.

En ese entorno se produjo el episodio que definiría su biografía: el encuentro entre Melania Knauss y Donald Trump en 1998.

Zampolli sostiene que fue él quien organizó la fiesta donde se conocieron.

Durante años, ese relato convivió con una sospecha más incómoda: que el primer encuentro entre Trump y Melania no fuera un episodio aislado, sino parte de un circuito social más amplio en el que también se movía Jeffrey Epstein.

Hoy, esa ambigüedad se ha convertido en un problema político.

La reacción ha sido clara: fijar una versión. Melania Trump ha negado cualquier vínculo con Epstein en ese contexto, y Zampolli se ha situado como pieza central de esa historia.

Pero cerrar el relato no borra el escenario en el que ocurrió.

Zampolli operaba dentro de ese mismo circuito internacional donde coincidían empresarios, modelos y grandes fortunas. El mismo entorno en el que Epstein construyó su red de contactos.

La diferencia es que ahora ese mapa ya no se expone: se controla.

Y manejar el relato también es una forma de poder.

Ungaro, Epstein y el poder en la sombra

Zampolli vuelve al foco por un motivo concreto: su entorno personal ha reactivado preguntas que parecían cerradas. Conflicto personal, presión mediática y la reaparición del caso Epstein en el debate público.

En el centro de esa tensión está Amanda Ungaro, modelo brasileña a la que él mismo introdujo en Nueva York a comienzos de los 2000 y con la que mantuvo una relación durante casi dos décadas.

Amanda Ungaro y Paolo Zampolli junto a los Trump en la celebración del 4 de julio. IG de Paolo Zampolli

Su nombre no es irrelevante dentro de esta historia. Ungaro ha afirmado que, siendo menor de edad, voló en el avión privado de Epstein junto a otras jóvenes y figuras del negocio de las modelos, una experiencia que describió como incómoda. No ha acusado directamente de abuso, pero sí se ha presentado como parte de ese entorno.

También sostiene haber tenido proximidad al círculo social de los Trump, incluyendo presencia en eventos privados. En los últimos días, ha insinuado que podría revelar información sobre esas conexiones, aunque sin aportar pruebas verificables.

Ese ruido ha sido suficiente para reabrir un frente que parecía amortiguado.

A ese contexto se suma un episodio anterior que afecta directamente a Zampolli. En medio de una disputa por la custodia de su hijo, el empresario contactó con autoridades migratorias para interesarse por la situación legal de Ungaro. Ella, con problemas de visado y antecedentes por fraude relacionados con una clínica estética sin licencia, acabó detenida por inmigración y fue deportada tras meses bajo custodia.

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Él lo niega como maniobra. Las autoridades descartan trato de favor.

Pero el episodio deja una constante: Zampolli no aparece en las decisiones, pero sí en el acceso a quienes las toman.

No firma. No ejecuta.

Pero está en la antesala.

Ese es el mismo lugar desde el que opera en su actividad internacional.

Y es ahí donde se ejerce el poder más difícil de rastrear.

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