Las relaciones de pareja gozan del privilegio de lo sensitivo y, sobre todo, de lo táctil. Esnifamos la prenda usada de la persona amada, nos impregnamos de su sudor, lamemos sus heridas o agarramos su cabellera en momentos de pasión. El pelo, desprendido del cuerpo, ... sigue ligado a él de una forma perturbadora y hermosa.
Más allá de su cualidad ritual para hacer un conjuro, se convierte en un resto cargado de memoria y simbolismo que Julia de Castro aprovecha para expresar lo innombrable: la destrucción de un vínculo amoroso y lo que queda después de su pérdida.
Su propuesta expositiva va directa al grano. Se capta de un solo vistazo y se comprende igual: ¡zas!, como una flecha. Porque ¿quién no ha fetichizado a su amante, atravesado una ruptura o sufrido una ausencia?
Su primera individual en Arniches 26 lo condensa todo en una instalación que invade la galería con 2.800 mechones embolsados y apela a lo emocional desde lo matérico. La artista recopiló instintivamente, durante casi cinco años de relación, mechones de pelo de su novio cada vez que se lo cortaba. Fechó las muestras y las guardó en estuches de plástico, sabiendo que llegaría su momento. Él nunca lo cuestionó.
La invitación de exponer en la galería coincidió con la ruptura de la pareja y los tesoros capilares de una intimidad compartida pasaron a ser la obra; experiencias que, en palabras de Cristina Anglada, «no necesitan ser traducidas a un problema mayor para adquirir valor». Anglada establece una acertada conexión con una genealogía de artistas —Tracey Emin, Dorothy Iannone o Sophie Calle— que han recurrido a su universo personal y obsesivo como forma de conocimiento.
En el caso de De Castro, lo íntimo toma forma de un archivo orgánico que habla de la pérdida y la transformación: el pelo vivo que formaba parte de un cuerpo en crecimiento es ahora materia inerte. Sin embargo, el duelo trasciende lo visible y afecta a la potencia de un futuro que ya no podrá ser. «Fue entonces, con todo su material humano en mis manos, cuando la pregunta se volvió hacia mí: ¿Qué había desechado yo en esos años? ¿Por qué no lo había recogido? La respuesta no fue agradable, había dejado de mirarme y había perdido algo irreparable: óvulos. La maternidad se escurrió entre sus mechones».
Junto a las bolsitas de pelo se intercalan otras con menstruación de la artista que representan los sesenta óvulos que dejó ir durante los años que estuvo en pareja. En diálogo con la instalación, una escultura de unos brazos en círculo delimita el espacio vacío que ocupa Julia de Castro siendo abrazada por un nuevo amante: indican un camino de vuelta, la posibilidad de volver a ser en el cuerpo de otro. La historia se plasma en una última pieza, una carta escrita con su sangre del día anterior a la inauguración, tan fresca como la propia propuesta.
Dirección: C/ Carlos de Carlos Arniches, 26
Quizá sea por su perfil artístico multidisciplinar –también es historiadora, actriz, 'performer', música y directora de cine— o por el ímpetu comprometido que suelen albergar las primeras incursiones individuales, pero esta exposición logra convertir con éxito la experiencia íntima en una obra contundente, honesta y exenta de pretenciosidad.
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