- JAVIER AYUSO
El 1 de junio de 2018, hace justamente ocho años, Pedro Sánchez se proclamaba presidente del Gobierno tras ganar una moción de censura contra Mariano Rajoy, apoyado por la izquierda radical y los independentistas vascos y catalanes.
El líder socialista llegó al poder, de forma legítima, aupado por su defensa de la limpieza política contra la corrupción del PP. Pero pasados los años, el PSOE se ha ido pudriendo en sucesivos casos en los que algunos de sus más importantes representantes están imputados, procesados y a punto de ser condenados por graves delitos. Mientras tanto, desde Ferraz y desde La Moncloa han iniciado una campaña de deslegitimación de la Justicia. Los que conspiraron contra las instituciones ondean ahora la bandera de una teoría de la conspiración, al más puro estilo antidemocrático.
Cercado por la corrupción en su partido, su Gobierno y su familia, Sánchez ha dado la orden de pasar al contraataque, mientras España sufre una enorme parálisis política fruto de su propia debilidad parlamentaria. El domingo, en un mitin con las juventudes socialistas, llegó a cargar contra las "malas artes" de la oposición "marrullera", en un intento de hacer olvidar la podredumbre que le rodea. Y volvió a insistir en que aguantará hasta el fin de la legislatura y "más allá, lo que quieran los españoles".
Sin embargo, ni los españoles, ni sus propios socios y aliados creen ya posible que el Gobierno pueda seguir hasta julio de 2027. Tampoco una mayoría de alcaldes y presidentes autonómicos de su partido, que reclaman un adelanto electoral que impida un nuevo batacazo en las municipales y autonómicas del 23 de mayo de 2027. La legislatura está muerta desde hace tiempo y el único que no es consciente de ello es el secretario general del PSOE, que no parece darse cuenta de que cada día que pasa la política en España avanza hacia el abismo, mientras los votantes socialistas siguen abandonando a su partido. No escarmienta tras las debacles sufridas en las autonómicas de Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía y los malos augurios de las encuestas para las próximas citas electorales.
Hasta la factoría de contenidos de La Moncloa se ha quedado ya sin ideas geniales que eclipsen la grave crisis a la que se enfrenta el Gobierno. Sus pantallas de humo duran cada vez menos y son superadas por los sucesivos casos judiciales a los que se enfrentan. Por eso, probablemente, han optado por la artillería pesada, inventándose una teoría de la conspiración que no se la creen ni ellos mismos.
Aunque el presidente haya dado la orden de atacar a la Justicia, la prensa y a sus competidores políticos, en esta ocasión está midiendo sus palabras y evita repetir la palabra lawfareque ya utilizó en ocasiones anteriores. Pero empuja a sus colaboradores a lanzarse con violencia contra los procesos judiciales que le cercan cada día más.
El que se ha lanzado con más entusiasmo a descalificar a la Justicia ha sido Óscar Puente. El peor ministro de la democracia ataca sin pudor a la UDEF, la UCO, los periodistas y los jueces para defender a Sánchez, su familia, su Gobierno y su partido. Quizá debería dedicarse a solucionar el transporte en España y asumir responsabilidades por el accidente ferroviario en Adamuz, en vez de jalear una absurda teoría de la conspiración cuando sus propios amigos, ahora imputados o procesados conspiraron contra la Justicia. Han optado por la caza de brujas en vez de por las explicaciones que reclaman los españoles ante los innumerables casos de corrupción. No está claro si Puente lanza sus improperios para defender a su jefe o para intentar ocupar su puesto cuando éste caiga.
El supuesto complot político-mediático-judicial que denuncia el ministro de Transportes no es más que una nueva filfa de alguien que asegura que "no se chupa el dedo ni cree en las casualidades". Ha llegado a decir que las acusaciones contra el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero o el sumario por el caso Leire son "una fumada", una frase que recuerda a la que dijo el presidente cuando empezaron las acusaciones contra sus compañeros: "menuda inventada". Pero los procedimientos judiciales avanzan con indicios y pruebas contundentes que demuestran que el entorno de Sánchez está podrido y que en lugar de asumir responsabilidades y colaborar con la justicia se dedican a atacarla. El nuevo karma es "no nos doblegaremos".
Si es verdad que la cara es el espejo del alma, el rostro de Pedro Sánchez demuestra que ni él mismo se cree capaz de aguantar un año más en La Moncloa. Ya no es capaz de disimular su debilidad extrema. Le delatan sus gestos, esa falsa sonrisa que se transforma en un rictus de ira cada vez que recibe un golpe en el ring del Parlamento; de la oposición y de sus propios socios y aliados que ya no se esfuerzan en defenderle. "Elecciones antes de que acabe el año" es la frase más repetida en los últimos días.
Ni la visita del Papa a España, ni los conciertos de Bad Bunny, ni un posible triunfo de la selección española en el Mundial de Fútbol podrán hacer olvidar el callejón sin salida en el que se encuentra el autodenominado Gobierno de coalición progresista. Tampoco los logros económicos y sociales logrados en estos ocho años, que son muchos. El olor de la corrupción lo impregna todo y no hay colonia ni perfume progresista capaz de ocultarlo.
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