Vermú de domingo
Adriana Riva: «Hay que dejar de infantilizar a los viejos»La autora de 'Ruth' reivindica una vejez con curiosidad y deseo: «Seguir aprendiendo es seguir viva»
Regala esta noticia Añádenos en Google Adriana Riva. (Alejandra López) 13/09/2026 a las 00:03h.Ruth es una viuda octogenaria que se encuentra con algo que, posiblemente, no había tenido antes: tiempo para sí misma. Sus dos hijos, sus nietas ... y sus amigas ocupan un lugar importante en su vida, al igual que la ópera y las clases de arte, pero ahora Ruth puede mirar hacia atrás y preguntarse qué quiere hacer con los años que le quedan. Detrás de la voz de Ruth está Adriana Riva, periodista y escritora argentina que se inspiró en su propia madre para ponerse en la piel de una mujer de ochenta y dos años y construir 'Ruth' (Destino), un monólogo lúcido, irónico y, sobre todo, profundamente vital. Con diez ediciones en Argentina, donde ha sido adaptada al teatro con gran éxito, Riva aborda la vejez sin caer en el tópico ni la condescendencia. Al fin y al cabo, y en palabras de la protagonista, «lleva una vida aprender a no ser joven».
—Yo creo que se tomaría un coloradito, como un negroni. Sí, algo fuerte que la desconecte del mundo.
—El punto de partida de la novela fue su madre.
—Así es. Leí un libro de Chantal Akerman, la cineasta belga, que arrancaba diciendo que veía a una mujer en camisón, en penumbra, que acababa de enviudar. Eso, automáticamente, me recordó a mi madre, así que en lugar de escribir sobre ella, intenté ser ella. Por supuesto, mi madre no se llama Ruth, pero ese fue el puntapié inicial.
—En una entrevista, Renzo Piano, el arquitecto que construyó el Centro Pompidou, dijo: «Tengo 88 años, pero soy el mismo que con 33 construyó aquello. Seguir siendo curioso y moderno es la mejor manera de continuar en el mundo siendo mayor».
—Totalmente. Curioso es sinónimo de deseante, de tener el deseo puesto en seguir aprendiendo, en seguir vivo hasta el segundo antes de estar muerto. Si uno llega bien, claro. En el caso de Ruth, pone todo ese deseo en la cultura, el arte, la ópera, las palabras. A esa edad, lo que tenemos es tiempo. Ella no se centra en los años que ya vivió, sino en los que le quedan.
—Son las señoras mayores las que van a las conferencias, a las exposiciones, al teatro. Y siempre con amigas.
—Durante mucho tiempo se las dejó de lado porque estaban en el banco de suplentes. Pero ahora hay cada vez más personas que viven más tiempo y que no están sentaditas esperando, y hay que prestarles atención.
—Y ya no tienen que ocuparse de nadie.
—Mucha gente me preguntaba si podría haber escrito esto con un protagonista varón, pero las mujeres, además de trabajar, tenían que ocuparse de la casa, de los hijos, y postergaron muchas cosas porque tenían tanto la responsabilidad del trabajo como la del hogar. Por eso, cuando llegan a una edad en que están libres, tienen una lista de cosas pendientes. Tal vez el hombre queda un poquito más perdido porque, por el patriarcado, siempre ha estado más dirigido a ser el sostén económico.
—Ruth contempla la muerte con cierta serenidad. No sé si eso lo da la edad o el carácter.
—Yo creo que un poco y un poco. La muerte se va acercando, se mueren amigos, y eso te va dando aplomo al ver que te va a pasar. Pero también el carácter: la madre de Borges, que tenía 95 años, decía «¡Uf!, se me fue la mano» (risas). No venimos a vivir por siempre, así que la edad nos va reconciliando con la idea de la muerte. Esto no significa que uno diga que se quiere morir, sino que empieza a entender que va a ocurrir.
—¿Infantilizamos a los viejos?
—No sé cómo es en España, pero en Argentina es constante el diminutivo de «abuelita». Es algo tremendo, porque, a veces, tienen problemas de agilidad o movilidad, pero en su cabeza están perfectos y ven que los estás disminuyendo. No sé si es desamor, pero sí es no escuchar realmente a la otra persona porque no tengo tiempo, porque estoy apurada, porque me conviene que se acomode a mí para que no me arruine las vacaciones. Pasa lo mismo con los niños: se hace lo que dice el adulto. Es como que los hijos empiezan a maternar y a paternar a los padres. Muchas veces, mis amigas dicen «Ay, no, mis papás me vuelven loca, qué pesados». Después escucho a los padres que dicen «Ay, mi hija es insoportable. Yo ya sé cuidarme, que me deje tranquila». Hay que escuchar un poquito más al otro y prestarle atención de verdad sin traspasar límites que no nos corresponden.
—Otro problema es la soledad no deseada.
—Sí, porque no es lo mismo envejecer de a dos que envejecer sola. Los hijos están, pero van a mil con sus trabajos y no tienen el tiempo. Son esos cinco minutos en los que los llaman y ya, pero no están ahí realmente para acompañar. Por eso es tan importante la amistad, porque, en general, son grupos de mujeres que se entienden y se apoyan entre ellas.
—¿Su madre ha leído la novela?
—Sí, sí, la leyó. Entiende muy bien esto de la ficción, y cuando quiere se separa y cuando quiere no: hay veces que dice «Soy Ruth» y hay veces que dice «¿De qué me hablan?». Ella entiende que yo elijo lo que es funcional para la novela.
—Usted tiene tres hijas. ¿Se sorprende diciéndoles lo mismo que le decía su madre?
—Claro. Me pasa no solo con la maternidad, sino también al ver que hago cosas que son exactamente las que hacía mi madre.
—¿Qué clase de vieja será usted? ¿Se parecerá un poco a Ruth?
—Ojalá llegue como ella con la curiosidad y el deseo de seguir aprendiendo intactos, porque ahí está la vitalidad, en seguir despertándose y decir: «¡Qué bárbaro que es el día!»
—La ironía ya la tiene.
—La risa es el superpoder que tenemos. Y, por suerte, no caduca.
comentarios Reportar un error