Hacía sólo unas horas que en el segundo piso habían asesinado a Eugenia. Era martes 4 de noviembre de 2025. Alas puertas del edificio -calle Privilegio de la Unión, Zaragoza- uno de los vecinos, Alejandro, «testigo principal» del crimen según el mismo se definía, contaba a Aragón TV cómo había hecho todo lo posible por ayudar a la víctima.
«Empiezo a escuchar '¡que me estás matando!, ¡que me desangro!, ¡socorro!, ¡auxilio!, ¡socorro!... Me lío a porrazos con la puerta, a puñetazos, a patadas, pero no había manera de abrir la puerta. Cuando ha aparecido la Policía, que ha sido muy instantánea, me han ayudado a reventar la puerta. Y, una vez que hemos abierto un agujero, nos hemos dado cuenta de que tenía echada las dos llaves y un candado gigante puesto en la puerta por dentro, la mujer estaba fallecida en un charco de sangre enorme», relataba entre sollozos el crimen de violencia de género.
«Han encontrado a este individuo [Abel, de 63 años, la pareja de Eugenia] con una botella de amoniaco, que quería suicidarse. Le han quitado de un porrazo la botella, le han reducido, le han echado al suelo, le han puesto las esposas y en un tiempo de diez minutos se lo han llevado. He saltado, lo siento mucho pero ha sido me reacción, cuando lo bajaban por las escaleras he saltado encima de él, le he metido dos puñetazos, me he cagado en su puta madre y le he dicho de todo», continuaba detallando su intervención.
«Yo me veo impotente en estos momentos, yo que he sido un hombre que he hecho mucho deporte y que he estado siempre muy fuerte, de no poder doblegar una puta puerta para poder salvarle la vida a esa mujer. Me han faltado un minuto o dos de reloj, porque yo ya había hecho dos agujeros cuando llegó la Policía, yo ya iba para adentro», añadía haciendo referencia a su pasado como campeón nacional de halterofilia y boxeador.
La valentía de Alejandro fue muy alabada en las redes sociales: «Pobre hombre que no ha podido entrar», «quizás si entra él también estuviera herido», «a ese vecino todas mis fuerzas, por algo la vida no te dejó entrar en ese momento y tener que verse a solas en ese cuadro y ese asesino...».
En cuestión de semanas, sin embargo, la historia sufriría un giro de guión inesperado. El vecino pasaría de héroe a denunciado como posible autor de un delito de omisión del deber de socorro. La denuncia penal, a la que ha tenido acceso este diario, la presentó el pasado 15 de diciembre, a través del abogado Marco Navarro, Karolina Blandón Guevara, la única hija de la víctima, Eugenia Guevara, nicaragüense de 49 años.
La víctima, Eugenia Guevara, de 49 años.El escrito, dirigido al juzgado de Violencia sobre la Mujer número 2 de Zaragoza, recoge que sobre las 08.30 de la mañana del 4 de noviembre, Alejandro llamó al 091. «Manifestaba que 'se había despertado porque la vecina del piso de arriba estaba pidiendo auxilio' y que 'al parecer el agresor sería su pareja sentimental'», recoge la denuncia.
Los dos agentes de Policía que se personaron en el lugar «lograron acceder al interior del domicilio tras forzar la puerta de entrada, comprobando que se trataba de una puerta antigua», continúa el escrito, que subraya que el fallecimiento de la víctima fue datado entre la llamada de Alejandro y la entrada a la vivienda.
«La muerte se produjo mientras el denunciado se encontraba al otro lado de la puerta, a escasos metros de lo ocurrido, sin intentar detener la agresión en ningún momento», se asegura en el escrito, en el que se solicita que se llame a declarar a los agentes para que expliquen «cómo era dicha puerta y la facilidad con la que se accedió al interior, ya que resulta importante para valorar si el denunciado podía haber intentado alguna actuación mínima de auxilio sin ponerse en peligro, en vez de ponerse a grabar los últimos momentos de la vida de la víctima».
Se refiere en este punto la denuncia al audio que Alejandro grabó desde el otro lado de la puerta, «en el que se escuchan con claridad los gritos de agonía de la fallecida instantes antes de su muerte», y que posteriormente envió a la hija de la víctima.
«En el audio lo primero que se oye es '¡mi hija, mi hija, Abel, mi hija'!», cuenta a EL MUNDO desde Indiana (EEUU), donde reside, Karolina, la hija de la víctima. «Luego dice '¡Abel, me estás matando!', y se escucha al animal este [Abel, el agresor] decirle 'no, yo no te estoy haciendo nada'. '¡Me estoy desangrando, auxilio, socorro'!. '¿Que te estás desangrando? Yo no te estoy haciendo nada'. 'En la cara no, no me des en la cara...'. Al final se oye que viene alguien, no sé si es la vecina, y dice '¿ya?', a lo que él [Alejandro] contesta 'ya'». La hija acabó borrando el archivo por lo duro que le era tenerlo pero está incorporado a la causa.
La existencia de la grabación es, se argumenta en la denuncia, una prueba más de que el vecino no actuó como debía: «Era plenamente consciente de la gravedad del episodio que presenciaba, hasta el punto de considerar oportuno documentarlo, y sin embargo no consta que adoptara medidas tendentes a proporcionar una mínima ayuda».
Alejandro y el presunto asesino de Eugenia se conocían desde hacía más de tres años. Abel se encontraba en situación de exclusión social y, según se recoge en la denuncia, Alejandro manifestó a los agentes que fue él quien le facilitó el acceso al piso donde sucedieron los hechos, que se encuentra en un edificio donde hay varias viviendas okupadas. Hacía 15 meses que Eugenia había iniciado una relación con Abel y se había instalado también en la vivienda.
Según la denuncia, Alejandro tenía conocimiento de que ella sufría una situación de violencia habitual y de que su integridad física estaba en riesgo: «El denunciante manifestó a los agentes que el presunto agresor 'maltrataba a su mujer con frecuencia' y que no era 'la primera vez que escuchaba gritos y discusiones violentas', y que en alguna de ellas incluso afirmó que la víctima tuvo que salir corriendo del piso, mientras su pareja y al mismo tiempo agresor le gritaba: 'Corre, corre, ya te cogeré'».
Recoge el escrito también que, tras escuchar los gritos, Alejandro no llamó inmediatamente a la Policía, perdiéndose así «un tiempo útil para que la víctima recibiera auxilio». «Percibió de forma directa los gritos de auxilio, conocía el contexto de violencia de género existente y disponía de los medios suficientes para activar un auxilio inmediato», concluye.
La denuncia ha sido admitida a trámite y la titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 2 de Zaragoza ha acordado deducir testimonio. Alejandro está por tanto investigado por un delito de omisión del deber de socorro.
«Se han pasado tres pueblos, tanto la jueza como la hija. ¿En qué cabeza cabe decir que yo no hice todo lo necesario?», responde a las acusaciones el propio Alejandro, con quien este periódico se ha puesto en contacto para recabar su versión de los hechos. «De no estar yo, ese asesino estaría en la calle con un dinero que tenía en casa escondido y que cogió la Policía. Se habría dado la fuga, no estaría en la cárcel», dice sobre el presunto asesino quien, tras dos meses ingresado en el hospital por la ingesta de amoniaco, fue trasladado a la prisión de Zuera el pasado 1 de enero.
«Estuve ocho minutos de reloj dando puñetazos y patadas a la puerta. Mi vecina me dijo 'graba, graba, que así tenemos una prueba' y me puse a grabar hasta que en dos minutos llegó la Policía», añade Alejandro, quien asegura que, desde dos días después del crimen, está «en tratamiento psiquiátrico por agorafobia, vértigos y depresión».
«Estoy encerrado en casa, destrozado sin haber hecho nada malo salvo haber intentado socorrer a una mujer a la que estaban matando. Del asesino no se habla nada, pero de mí, que soy el que he estado intentado salvar a esa mujer, que me podía haber buscado un fregado de mil narices, porque si abre la puerta, ¿qué pasa? Que ese psicópata me va a atacar a mí y a saber. O si no, lo voy yo a matar. Y entonces, ¿cómo acaba la película? Si llego a entrar, me juego la vida».