Cada tanto pasa por mi casa Cristian, un chico que va arrastrando un carrito de metal y voceando «¡Compro libros!». Muchos como él recorrieron la ciudad durante la pandemia, cuando tantos nos dedicamos a sanear nuestras bibliotecas. El destino de esos libros, ... según me dicen, son los librovejeros del centro de la ciudad, en cuyos puestos puede encontrarse una que otra joya. De vez en cuando le armo una caja a Cristian con libros que sé que no volveré a leer, o porque no me gustaron o porque me parecieron intrascendentes.
Hace unos días metí en una de esas cajas dos libros recientes de Amélie Nothomb, y lo hice sin el menor remordimiento. Cuando los leí me parecieron disparatados, con historias traídas de los cabellos y personajes insoportables.
Pero, ¿por qué traigo a colación esta anécdota que parece irrelevante? Porque resulta que yo amé (y amo) los primeros libros de Nothomb, aparentemente livianos pero inteligentes, imaginativos, llenos de un humor extraño y capaces de descubrir las grietas de la cotidianidad y los lazos afectivos. 'Estupor y temblores', 'El sabotaje amoroso' y 'Metafísica de los tubos' son libros encantadores.
Pero recuerdo especialmente la lectura de 'Biografía del hambre' que hice en un viaje trasatlántico, tomando notas de una manera frenética porque había hecho eso que unos cuantos libros hacen en uno: despertar cientos de recuerdos y emociones. Su efecto fue tal que cuando pisé tierra emprendí la escritura de una novela breve con fondo autobiográfico que titulé con una frase que me dio el libro de Nothomb: 'El prestigio de la belleza'.
Dejar de amar es siempre muy triste, y esa tristeza incluye el desencanto que podemos llegar a sentir por autores que nos marcaron. En el caso de Amélie opino que se debe a su propósito insensato de escribir un libro por año, pues está visto que eso ha agotado su caudal imaginativo. Algo que no le pasa necesariamente a todos los escritores.
«Nunca hay que desahuciar a un escritor. Puede que la decadente Nothomb de pronto se ilumine y produzca algo valioso»
Los hay prolíficos, como Mircea Cartarescu, que escribe mucho y libros enormes, pero que, aun repitiéndose -porque lo hace- resulta siempre sorprendente y talentoso. Ahora bien: nunca hay que desahuciar a un escritor. Puede que la decadente Nothomb de pronto se ilumine y produzca, en un último canto del cisne, algo valioso.
También es cierto que a los buenos escritores hay que perdonarles uno que otro descalabro, porque humanos son y no están exentos de fracasar. O de copiarse a sí mismo, algo también bastante triste, que le pasó hasta al mismo García Márquez en alguna de sus últimas novelas breves.
Pero hay otra forma de perder viejos amores literarios: cuando volvemos a libros que creímos fascinantes y nos encontramos con que ya no nos dicen nada o que nos parecen ridículos o banales. Cada uno de los que son lectores tendrá su lista. Yo, claro, también tengo la mía, y en ella figura uno de los primeros libros de Haruki Murakami, 'Tokio blues', a la que volví esperando sentir las emociones de la primera vez y me pareció tonta y empalagosa. En ese caso, lo que se nos revela es que «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos», como escribió Pablo Neruda.
Siempre se corre un riesgo cuando volvemos a los lugares donde fuimos felices. O quizá con los viejos amores literarios deberíamos hacer algo equivalente a lo que aconseja Thomas Bernhard en 'Maestros antiguos': «No debemos penetrar en una persona con la que tenemos una relación ideal más de lo que hemos penetrado ya, porque si no, destruiremos esa relación ideal».
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