Ahora que una crítica del 'New Yorker' ha vapuleado a Rachel Cusk acusándola de engrandecimiento narcisista (¡precisamente a la novelista que, en una trilogía admirable, llevó al extremo la elisión del yo!) viene a colación una viejísima pregunta. ¿Puede el autor retirarse de la ... novela sin llevársela consigo?
Nuestro Galdós dio la respuesta mucho antes de que la desaparición del yo adquiriese prestigio de vanguardia. Afirmaba en el prólogo de 'El abuelo' que el autor es el «fundente indispensable» que da forma y vida a lo imaginado. El fundente, en el laboratorio alquímico, integra lo disperso y separa las escorias de la sustancia.
¿Qué valor tendrían los 'Episodios Nacionales' si fueran un mero registro de la historia y no, digámoslo así, una recreación pasada por el fuego del atanor literario? Ni los documentos hacen literatura ni los minerales en bruto son joyas.
Bueno es recordar que el propio Galdós asistió a la Noche de San Daniel, vivió el Sexenio, buscó testimonios de veteranos, frecuentó cafés, polemizó en el Ateneo y, en resumidas cuentas, se hundió hasta el corvejón en la vida cotidiana, sin quedarse en la crónica o el testimonio. ¿Qué garantiza por sí misma la experiencia? Algunos ven mucho y no por ello dejan una obra de valor. Por eso yerran quienes confunden presencia con exhibicionismo. El autor puede obrar como principio activo, como un agente discreto que se disuelve en la reacción. Hay quien se mira en el espejo y quien, como el doctor Anselmo de 'La sombra', trabaja calladamente en la retorta.
Sobra decir que Galdós no fue realista porque se limitara a copiar la realidad, como evidencia ese momento de plenitud febril en que encadenó tres obras maestras ('La desheredada', 'Tormento', 'Fortunata y Jacinta'), como si la materia acumulada exigiera su metamorfosis. Corrían los años ochenta del XIX y lo llamaban «garbancero». Claro que, si garbancero es quien trabaja con lo común y extrae la sustancia de lo humilde, el insulto deviene elogio. El garbanzo, como la realidad, pide cocción, mezcla, tiempo, fuego lento… ¡Fundente!
Frente a quienes querrían reducir al novelista a mecanismo de reproducción de la realidad, como un escribano que se limitase a levantar acta de lo observado, bueno es recordar que la literatura jamás se limita a copiar el mundo. El novelista es algo así como un hierofante que sublima y decanta la materia bruta y su crisol es, en consecuencia, la llama más o menos visible de su estilo. De ahí que el «autor impersonal» sea una quimera: sin mano que temple, no hay más novela que inventario. Hasta quien desaparece en la retorta acaba impregnando toda la sustancia.
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