Como sea que tragedia y comedia son primas hermanas, todo empieza con una casualidad. Antonio Navarro Tacoronte, 47 años y verbo más que fluido, con una decenas de causas por estafa/robo y amistades políticas en la mochila -un vivales nato-, es detenido en un hotel de Vecindario (Gran Canaria) el 26 de febrero de 2022.
Le meten al calabozo y le quitan los dos móviles que lleva encima. El hombre se sienta en el suelo y empieza a darle vueltas la cabeza.
Sabe que está ahí por un delito de poca monta -robarle la cartera a un amigo, ex director de Deportes del Cabildo de Tenerife, en un restaurante, y ventilarse 2.000 euros de su tarjeta-, pero también que una enorme sombra pende sobre su calva.
Si por lo que fuera los agentes se pusieran a escudriñar en sus teléfonos, y no digamos ya a clonarlos, la hecatombe podría ser absoluta.
Nacido y crecido en la picaresca del archipiélago, en décadas de largos y sudorosos safaris por restaurantes con mantel de tela, bares con luces y clubes de putas, Navarro Tacoronte, a partir de ese momento El Mediador, hace lo de siempre: salir en tromba.
Toma la iniciativa. Pide que llamen al jefe de grupo, y cuando éste se persona le suelta la bomba. «En esos teléfonos que me habéis quitado hay pruebas de una organización criminal con diputados del PSOE, generales de la Guardia Civil y altos cargos del Gobierno canario», le espeta al estupefacto agente.
«Yo ponía en contacto a políticos con empresarios para que hicieran negocios a cambio de mordidas, y también a un general. Cubría las dos vías: la política y la de la Guardia Civil, y yo me llevaba picos», le dice.
El agente en principio le toma por loco, pero el Caso Tito Berni -por Juan Bernardo Fuentes Curbelo, el diputado socialista epicentro de la trama- acaba de empezar, y de la forma más insospechada.
Como explican en exclusiva a EL MUNDO fuentes de Fiscalía, de donde procede toda la información de este texto, «en realidad nadie iba a clonar sus móviles, se ofuscó pensando que si colaboraba iba a salir de rositas y se le fue la pinza».
En realidad -y esto es lo más interesante-, Navarro Tacoronte llevaba mucho tiempo esperando inconscientemente ese momento, como quien tejía una tela de araña para recoger las pruebas para este mismo artículo.
Desde hacía años grababa compulsivamente todas sus conversaciones, incluso las más banales, como sólo hacen los verdaderos profesionales de lo que Le Carré llamaba la duplicidad.
Uno de sus Iphones requisados por los agentes grababa todas las conversaciones que se mantenían por ese cauce, con una app. El otro sólo lo usaba como grabadora de ambiente, para grabar sus encuentros en persona. Entre ambos sumaban 42.000 audios. Una comparativa de urgencia: la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil le intervino 30.000 a Koldo García, que al saberse la pieza débil de todo un engranaje delincuencial -el «tonto útil», como él mismo se innominaba-, comenzó a grabarlo todo para cubrirse.
El 'Mediador', Antonio Navarro Tacoronte, a la izquierda, y el empresario Bautista, en un acto de Espinosa.Tacoronte fue más lejos. Se sacaba fotos, presuntamente amistosas pero en realidad incriminatorias, en cada comida o cena en que muñía tratos. Como un agente encubierto, fotografiaba cada tarjeta que le daban, cada escenario importante en que tejía delitos: llegó a fotografiarse en el despacho del general con el que traficaba presuntos cohechos.
A Antonio Bautista, el Curilla, uno de los presuntos sobornadores ahora a juicio, llegaba a pedirle que le repitiera algún trapicheo por teléfono, y Bautista le decía, como han recogido los investigadores: «Pero, si ya lo sabes, ¿para qué me pides que te lo repita?». Aún hoy, como han comprobado estos redactores, el Mediador te pide rellamarte él en cuanto tú le llamas, con cualquier excusa, y repetirle alto y claro qué quieres, y sobre todo por qué. Todo bien atado.
Ese «general» del que el Mediador hablaba en su debut será este jueves el primero en sentarse en el banquillo. La Justicia pide un año de cárcel para Francisco Espinosa Navas, 70 años, nada menos que general de División de la Guardia Civil, y director entonces de un potente operativo de seguridad de la Unión Europea para África, el Gar-Si Sahel.
Su presunto delito: intermediar, a cambio de sobornos, para poner en contacto a emprendedores peninsulares deseosos de hacer negocio en Canarias con grandes empresarios canarios -entre ellos Miguel Ángel Ramírez, presidente de la UD Las Palmas, y Eustasio López, de Lopesan-, a quienes él conocía de sus tiempos de jefe de la Comandancia de Gran Canaria (2008-2012), y por tanto como una de las más altas autoridades policiales de la isla -ambos han negado terminantemente nexos con la trama; al segundo Espinosa le llegó a condecorar-.
Es decir, como Navarro Tacoronte, pero a lo grande: no por nada éste llamaba al general «papá» -así lo tenía guardado en el móvil- y se autodenominaba su «hijo».
Y en la causa que se comienza a enjuiciar esta semana, en que se juzgan en concreto los manejos del grupo por mordidas a cambio de contratos de energías renovables, el paganini, quien engrasaba para conseguir pelotazos en las islas, era el empresario valenciano Antonio Bautista, para quien también se pide un año de prisión. En los mismos días de sus encuentro con el guardia civil Bautista sacó de cajero, con destino desconocido, hasta 23.500 euros.
Las debilidades del general eran, por ese orden, los puros -llegó a recibir uno de 5.000 euros de José Suarez, alias El Drones, otro de los engrasadores, tal y como ha podido comprobar la Guardia Civil-, las comilonas -fue convidado por Bautista a media docena y no se cortaba a la hora de pedir la mejor «gamba de Huelva»- y, de remate, agasajar a su amante, a A.P.S., el «Chocho Volador», como él mismo la llamaba, con viajes, cenas e incluso con un «sueldo» de 3.000 euros al mes que Bautista finalmente no se avino a pagar.
El citado «Chocho Volador», a quien el general conoció como camarera en un hotel de Fuerteventura y a quien Tacoronte insistía en llamar en los pinchazos telefónicos «el churumbel» -que en caló significa «bebé», lo que provocó algún titular sugiriendo pederastia en la trama de Tito Berni-, es mencionada en los audios como «prima» o «sobrina» de uno de los grandes empresarios vinculados a la trama, Miguel Ángel Ramírez, pero éste ha negado todo vínculo.
La casualidad fue también la que unió a Tacoronte con el general Espinosa, según ha contado el primero. El flechazo entre ambos tuvo lugar en julio de 2020, en plena pandemia, cuando Espinosa comía en una marisquería valenciana precisamente con El Drones, y olisqueó en el ambiente el olor del puro que Tacoronte se fumaba en una mesa aledaña. El acento del Mediador terminó por cautivarle: el general era un loco de las islas Canarias desde su paso por la comisaría de Las Palmas.
- Yo conozco a los empresarios más gordos de la isla -dice Tacoronte, según contará él luego.
- Pues yo a muchos empresarios de la Península que quieren hacer negocio allí -devuelve Espinosa.
Un mes después el general, haciendo uso de su autoridad, intenta que Lopesan contrate a Bautista. Un subordinado del primer empresario le dice que ya han recibido la oferta de placas fotovoltaicas de Bautista, el Curilla. El general responde: «Mi trabajo está hecho, el que sea puta que cruja».
Bautista ya ha empezado a pagarle comilonas al general. La primera en La Trainera, en Madrid, en septiembre de 2020: 402 euros. Otras dos en La Quinta una semana después: 320 euros. El 24 de noviembre invita a comer y a cenar: 250 euros. Bautista también lo guardará todo, presumiblemente para cubrirse. En una de esas comidas el guardia civil le admite a Tacoronte estar recibiendo cosas, pero "ni la mitad de lo que me merezco".
El general es, según la investigación, todo un canapero. Tacoronte fotografía casi todos los encuentros, para protegerse. Cuando Bautista empieza a impacientarse, el alto mando comienza a moverse con los empresarios para colocar las placas fotovoltaicas del Curilla. En paralelo, en una de esas comidas Espinosa pide al paganini que contrate a su querida, a la que se refiere como el «Chocho Volador».
En una conversación telefónica ese noviembre Bautista, a quien se ve durante toda la investigación dudando de si en realidad le están tangando, admite a Tacoronte que va a contratar a la mujer:
- Voy a contratar a Candelaria, vale [sobrenombre], como comercial.
- Pero hay algo más detrás, ¿no? -le devuelve el Mediador-.
- Ah, también es la cuñada del presidente del Las Palmas.
- Ah, mira esta.
En esa misma conversación el Curilla deja claro que ve posible el negocio con el clan:
- Bautista: Me dice, '¿Te parece bien?'. Y digo: 'Mi general, no es que me parezca bien, es que estoy feliz'. Y me dice: 'Yo también'.
- Tacoronte: Hijo de puta, me estás traicionando, te estás enamorando [lo dice en broma].
- B: No, hombre, es una bellísima persona, da gusto trabajar con él.
El Mediador se reúne luego con el general, y graba la charla:
- Tacoronte: ¿Ya llamaste al Chocho Volador para decirle que tal?
- Espinosa: Sí, está encantada [...]. Ya le he dicho a Antonio [Bautista] que nos interesa. Yo le digo al presi [Ramírez]: 'Te he traído a esta gente para las placas', va ella con el Curita y ya está. Y luego a por Lopesan.
Tacoronte manda luego puros (y fotos de puros) al general, de parte de Bautista. Incluso le dice: «Mi general, estoy llegando a comprar sus puros, después te mando una foto para ponerte los dientes largos». Espinosa contesta: «Muchas gracias, te enviaré una foto cuando me esté fumando uno, un abrazo». Justo en ese momento antes de ver al general, por ejemplo, Bautista retira 2.000€ de cajero.
Otro pinchazo evidencia el calado de los negocios que se proponían:
- Bautista: Lo del general de África va a darnos fuelle [...]. Quieren hacer una planta de 35 kilos.
- Tacoronte: Y le he dicho que se lleva el 10% de la operación.
No falta el cameo de Tito Berni. Según el Mediador, un fin de semana de agasajos al general y al diputado en Madrid, con «cenas y gastos en el club de alterne Sombras», los pagó el Curilla -quien además, según Tacoronte, hizo entrega allí mismo de 2.000 €-.
En diciembre de ese 2020, Espinosa informa al Mediador:
- Vamos a hacer negocio con la empresa importante esta, Eulen.
- Hostia, vale -contesta el otro.
- Ya os dije si vuestro circuito estaba preparado para un Ferrari.
- Usted es un híbrido entre Ferrari y Porsche.
Bautista llega a pagar un fin de semana en un hotelazo de Fuerteventura, aviones incluidos, al general Espinosa y su Chocho Volador, pero el empresario se niega, en una larga discusión con Tacoronte, a darle dinero «para gastos», para que su mujer no le pille gastando de su cuenta.
Tanto Espinosa como Tacoronte gastaban presuntamente dinero de Bautista en tarjetas prepago de Correos -«¿me vas a dar una tarjetita de esas, que me he enterado que tienes?», le pregunta el primero al segundo, demostrando no fiarse demasiado de él-.
Fajos hallados en el domicilio del general.Sin embargo, las cosas empiezan a torcerse. Las ofertas de las placas fotovoltaicas de Bautista a Ramírez y Lopesan resultan ser demasiado caras, el negocio se para. La influencia del general parece no ser tal. El empresario se huele algo y se niega a contratar a la querida de Espinosa. Tacoronte se lo reprocha, y también que le ha cortado el acceso a una de las tarjetas: «Me bloqueaste la tarjeta de Papá, que no soy tonto».
El Mediador es detenido un año después y todo explota.
Los sobornos, en 'cash': 61.100 euros escondidos en casa del general
EFECTIVO EN MANO. Los investigadores han cuadrado lo que es el epicentro de las dádivas del empresarios Antonio Bautista a Tacoronte y al general de división Francisco Espinosa: el dinero. Así, han determinado con sus pesquisas que el presunto 'paganini' de esta primera pieza separada del 'Caso Tito Berni' sacó de cajero en ese año 2020 en que tuvo contacto con la trama 56.950 euros, cuando en todos los años desde 2012 hasta 2021 no había sacado más de 5.800 euros como mucho.
FAJOS EN CASA. Además, los investigadores se incautaron de 61.110 euros en el domicilio del general Espinosa (30.250 en un estuche dentro de una caja de zapatos, 2.400 en un cajón y 28.460 en otro armario, envueltos en ropa). Los fajos, llamativamente, tenían cifras escritas y tachadas, que cuadraban con sucesivas entregas. Primero se escribía un 2.000, que se tachaba y se escribía un 3.000, y así hasta 4.000 o incluso 5.000.