Ashley St. Clair, Elon Musk y Donald Trump.
EEUU Ashley, la 'influencer' MAGA que tuvo un hijo con Musk y ahora destapa la maquinaria en redes de propaganda de TrumpLa joven revela que el movimiento 'Make America Great Again' se comporta como "una secta" en la que sus líderes hablan al dictado y previo pago.
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Itziar Nodal Denver Publicada 23 mayo 2026 01:50h Las clavesLas claves Generado con IA
Antes de convertirse en una de las desertoras más incómodas del trumpismo digital, Ashley St. Clair fue una de sus alumnas más aplicadas. Entró en el universo MAGA con 19 años y durante casi una década hizo lo que ese mundo premiaba: atacar, exagerar, provocar y convertir cada batalla cultural en contenido para redes.
Acumuló más de un millón de seguidores en X, apareció en Fox News, se fotografió en Mar-a-Lago y se convirtió en una de las voces jóvenes más reconocibles de la derecha trumpista.
Ahora ha decidido hablar desde el otro lado. Tras revelar que había tenido un hijo en secreto con Elon Musk, St. Clair ha empezado a desmontar en TikTok el ecosistema que la hizo famosa.
Trump busca un nuevo Charlie Kirk: el voto joven puede decidir las próximas elecciones, pero no tienen líderes que seguirLo hace con vídeos de get ready with me, uno de los formatos más populares de la plataforma: se maquilla frente a la cámara mientras habla de chats privados, consignas compartidas, campañas pagadas y una red de influencers que, según ella, se presentaban como voces independientes mientras esperaban “órdenes y un ingreso en la cuenta”.
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La "reprogramación" de Musk
En sus últimos vídeos, Musk ya no aparece solo como el padre de su hijo o como una disputa sentimental. St. Clair lo presenta como la figura que terminó de absorberla ideológicamente cuando empezaba a dudar de MAGA.
En 2023, ha contado, seguía "muy metida en la secta", en plena guerra interna entre trumpistas y partidarios de Ron DeSantis. Cuando Musk empezó a acercarse a la derecha, ella y otros creadores de contenido lo vieron como una oportunidad para reactivar el movimiento.
St. Clair reconoce que esa fascinación también fue personal. Dice que buscaba su aprobación, absorbía sus intereses y acabó convirtiendo algunas de sus obsesiones en contenido.
"Era como si me estuvieran reprogramando", ha dicho. Según su relato, Musk insistía en que "el gran problema de la civilización" era la natalidad. Ella lo asumió y empezó a trasladarlo a sus redes.
@ashstc “What a privilege it is to be asked for growth and given responsibility” 🖤 #grwm♬ original sound - ashley st. clair
La cercanía con Musk le dio además algo decisivo dentro de MAGA: legitimidad. Si el hombre más rico del mundo interactuaba con ella, compartía sus bromas y la escuchaba, era porque su trabajo tenía valor.
Ese refuerzo, dice, borró las dudas que empezaba a tener sobre la crueldad del movimiento y la empujó a endurecer aún más sus posiciones.
Fabricar la espontaneidad
La acusación más grave de St. Clair apunta al corazón del trumpismo digital: la supuesta espontaneidad de sus influencers. Según su relato, existían varios chats privados en los que creadores, asesores políticos, figuras próximas a la Administración Trump e incluso miembros de la familia del presidente compartían argumentarios y decidían qué mensajes mover.
Lo que después parecía una reacción natural —decenas de cuentas indignadas sobre un cierto tema y casi al mismo tiempo— era, sostiene, una campaña coordinada.
St. Clair ha hablado de chats con nombres como “Fight, Fight, Fight”, la frase que Trump pronunció tras el intento de asesinato en Pensilvania. También ha señalado episodios en los que numerosos creadores difundieron mensajes casi idénticos en cuestión de horas.
El objetivo no siempre era cobrar. A veces bastaba con concentrar la atención: hacer circular una acusación, incendiar un asunto en redes o lograr que Musk amplificara un mensaje ante una audiencia mucho mayor.
Según St. Clair, Musk y su entorno también recurrieron a ella y a otras voces influyentes para montar campañas contra rivales personales o empresariales.
Cita a Media Matters, una organización progresista que vigila a medios conservadores; a Sam Altman, consejero delegado de OpenAI y rival de Musk en inteligencia artificial; y a Don Lemon, el expresentador de CNN que tuvo un fallido acuerdo con X.
En el caso de Lemon, afirma que ejecutivos de la plataforma filtraron detalles confidenciales de sus negociaciones para que creadores afines los difundieran.
Ella describe ahora esa etapa como una mezcla de vértigo, poder y falta de distancia. "Me sentía como una superespía internacional", ha contado. Entonces, asegura, no pensaba en las consecuencias para las personas señaladas.
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"Nada parecía real", ha explicado. En aquella burbuja, los adversarios eran amenazas a la civilización occidental y la crueldad se justificaba como parte de la batalla política.
El negocio del acoso viral
St. Clair no acusa solo a la derecha online de coordinar mensajes. También sostiene que una parte del ecosistema MAGA convirtió el acoso político en un negocio millonario. Su ejemplo más claro es Libs of TikTok, una de las cuentas más influyentes de la derecha estadounidense.
Se hizo conocida por viralizar vídeos de profesores, drag queens, activistas trans o empleados públicos como supuesta prueba de los excesos de la cultura "woke". Para St. Clair, no era solo un perfil militante: era una empresa dedicada a alimentar el pánico moral de la derecha.
"El contenido de protesta es dinero en MAGA", afirma. Según su relato, el modelo consistía en recibir avisos, capturas o vídeos; escoger los casos más extremos; y presentarlos como síntomas de una amenaza generalizada.
Después se lanzaban a una audiencia ya predispuesta a indignarse. Un episodio aislado podía convertirse así en prueba de una supuesta decadencia moral nacional.
St. Clair asegura que llegó a trabajar con Chaya Raichik, la mujer que creó Libs of TikTok. Dice que le advirtió varias veces de que no podía publicar imágenes de menores sin más ni exponer a personas trans por su identidad.
Ella misma admite, sin embargo, que sus manos "no están limpias": "Yo también contribuí a esta retórica y estoy profundamente arrepentida de mi papel", ha dicho.
Ese negocio no se limitaba a las redes. St. Clair también ha descrito la protesta como contenido pagado. Uno de sus primeros trabajos en una empresa del ecosistema conservador, cuenta, consistió en acudir a la convención demócrata como agitadora remunerada y sostener un cartel contra Joe Biden.
@ashstc this is when i start to realize i am in too deep #grwm♬ original sound - ashley st. clair
Según ella, algunas organizaciones de la derecha financiaban viajes y gastos de creadores para cubrir protestas que funcionaban como escenas de provocación política destinadas a hacerse virales.
La desertora bajo sospecha
La ruptura de St. Clair no la ha convertido automáticamente en una heroína. Sus antiguos aliados la presentan como una resentida u oportunista que intenta reconstruirse ante un público nuevo después de romper con Musk y con MAGA.
Fuera de la derecha también hay cautela: no llega desde fuera del sistema, sino desde el corazón de la maquinaria que ahora acusa.
Ella responde con una confesión incómoda. Admite que formó parte del problema, amplificó discursos de odio e ignoró durante años la crueldad ejercida contra otros.
Hasta que esa misma crueldad se volvió contra ella. Su desencanto, sostiene, fue creciendo al comprobar que casi todo estaba escenificado, tenía precio y giraba en torno al beneficio. "Todo está montado, todo es por un dólar, todo va de hacer dinero", resume.
St. Clair también ha intentado explicar su giro ideológico. Asegura que empezó a distanciarse de MAGA en debates como el de los visados H-1B, permisos muy habituales en Silicon Valley que permiten contratar a trabajadores extranjeros cualificados.
Zampolli, el 'conseguidor' que facilita los negocios con Trump: exsocio de Epstein y "celestino" de su relación con MelaniaEn esa discusión, acabó coincidiendo con el demócrata Bernie Sanders en que parte del sector tecnológico los usaba para conseguir mano de obra más barata y dependiente.
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Después, dice, empezó a leer a Cedric Robinson o Eric Williams, autores que le permitieron ver sistemas de explotación y poder que antes ignoraba.
Ashley puede estar arrepentida, ser vengativa, calculadora o todo a la vez. Esa ambigüedad no debilita su historia; la vuelve más incómoda.
Quien ahora acusa a la derecha online de funcionar como una industria de consignas, dinero y obediencia no es una observadora externa. Es una de las caras que ayudó a hacerla posible.