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Bailando en un búnker: la historia de resiliencia del Ballet de Járkiv de Ucrania contada por dos de sus bailarinas

Bailando en un búnker: la historia de resiliencia del Ballet de Járkiv de Ucrania contada por dos de sus bailarinas
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La escalada de ataques rusos contra las ciudades del país ha obligado a la población civil a buscar espacios seguros para seguir viviendo (y danzando). Más información: 'Las hijas de Bernarda': la intimidad del universo de Lorca llevada a escena con ambición en Dansa València
Protagonistas Bailando en un búnker: la historia de resiliencia del Ballet de Járkiv de Ucrania contada por dos de sus bailarinas

La escalada de ataques rusos contra las ciudades del país ha obligado a la población civil a buscar espacios seguros para seguir viviendo (y danzando).

Más información: 'Las hijas de Bernarda': la intimidad del universo de Lorca llevada a escena con ambición en Dansa València

Járkiv (Ucrania) Publicada 22 abril 2026 02:44h

Con la guerra rugiendo ahora también en Oriente Medio, Ucrania ya no es portada de los periódicos y cada vez se escuchan menos historias sobre los civiles que siguen viviendo bajo los bombardeos. Aunque algunas sorprenden y emocionan por su resiliencia.

En ciudades como Járkiv, la segunda más grande del país, los ataques rusos se han duplicado con respecto al año pasado –tal y como señala la ONU en su último informe–. Pero a pesar de esta escalada, después de cuatro años de conflagración, la población se niega a dejar de vivir. Y también a renunciar a transmitir su cultura, aunque tenga que hacerlo bajo tierra.

Con el estruendo de los misiles y de los drones Shahed irrumpiendo a cualquier hora del día o de la noche, era imposible reabrir los teatros, los museos o las escuelas. Así que los jarcovitas decidieron construir nuevos espacios seguros en los refugios antiaéreos, en los túneles del metro o en los sótanos de los edificios.

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Ahora, bajo tierra, estudian, asisten a conciertos y danzan sobre espartanos escenarios improvisados en los búnkeres de hormigón de esta ciudad, que desafía los intentos del Kremlin de borrar su identidad a golpe de cañón.

Pero no ha sido fácil reinventarse bajo estas circunstancias, porque cientos de miles de civiles tuvieron que huir de Járkiv en 2022 cuando las tropas rusas llegaron a las puertas de la urbe.

Muchos de ellos han ido regresando con el tiempo. Algunos desde el oeste de la propia Ucrania y otros desde diferentes países de Europa donde se refugiaron de las bombas. Es el caso de la prima ballerina del Ballet de Járkiv, Antonina Radievskaya.

Las tablas del teatro

La forma en la que crujen las tablas de madera cuando Antonina camina sobre el escenario es como una melodía que revolotea entre cada una de las 1.500 butacas que se extienden ante ella.

Estamos en la sala principal del Teatro Académico de la Ópera y el Ballet de Járkiv, en un imponente edificio construido en 1875 para albergar la música y la danza en el corazón de la que entonces era la capital de Ucrania.

Antonina, además de ser la prima ballerina, es la directora de la compañía de ballet de Járkiv. Sin embargo, lleva cuatro años sin danzar sobre estas históricas tablas. Las recorre, ahora, sólo para posar durante la sesión de fotografía que ilustra este reportaje.

Y mientras se coloca ante la cámara, con sus zapatillas de ballet entre las manos, contempla con una expresión difícil de descifrar esas butacas vacías que el público llenó tantas veces para verla actuar antes de que empezara la guerra.

La bailarina, con sus zapatillas de ballet. María Senovilla

Durante los primeros días de la invasión a gran escala yo estaba en estado de shock, como la mayoría de la gente. No entendía en absoluto qué debía hacer; y pensé que tendría que despedirme para siempre de mi profesión, pensé que todo se acababa y que había que huir”, recuerda.

Afortunadamente, el ballet no se acabó. Ni siquiera con el estallido de la guerra. Porque precisamente en tiempos difíciles, la cultura une a las personas más que ninguna otra cosa. Pero la compañía de Antonina tuvo que continuar danzando fuera de Ucrania.

Ella, junto con el resto del elenco, inició una gira solidaria por Europa que duró más de dos años. Vivieron un tiempo en Lituania, luego se mudaron a Eslovaquia, y desde allí viajaron por una docena de países. “En Europa la gente nos aplaudía de pie, había muchos periodistas y muchas preguntas sobre cómo estábamos… Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más necesidad tenía de volver a casa”, confiesa Antonina.

¿Pero dónde iban a bailar si regresaban? El teatro fue bombardeado durante los primeros meses de la invasión: un proyectil aterrizó en el tejado del edificio, y la ciudad estaba bajo fuego a diario. No era seguro actuar, ni para los bailarines ni tampoco para el público.

Reinventarse para danzar

La compañía de ballet regresó a Járkiv en el verano de 2024, decidida a seguir actuando allí. Pero enfrentó un sinfín de dificultades: el elenco no estaba completo, porque muchos no quisieron volver a una ciudad en guerra; el espacio no era seguro, porque los misiles seguían cayendo.

Así que acordaron crear un grupo itinerante que ofrecía actuaciones en las estaciones de metro convertidas desde 2022 en refugios antiaéreos.

Esas actuaciones emocionaban al público más que las grandes galas. Todos se sorprendían cuando empezaban a sonar las bellas melodías bajo tierra, donde se estaban refugiando de los ataques. Los grababan con sus teléfonos, los aplaudían. Querían más.

Entonces organizaron conciertos en hospitales, también actuaron para las Fuerzas Armadas y bailaron en los territorios que habían sido liberados de la ocupación rusa. Hasta que encontraron una solución permanente: construir un escenario bajo tierra, en el refugio antiaéreo del propio teatro.

Un búnker de hormigón gris que no se parecía en nada al magnífico patio de butacas de 1875, un lugar mucho más espartano, reducido y frío. Pero era un espacio seguro.

Olga Sharikova, solista del ballet de Járkiv, durante una escena de 'La bella y la bestia'. María Senovilla

“Nosotras no lo percibimos como bailar en un sótano. Sí, es pequeño y no es muy cómodo para las puntas y para las funciones de ballet… pero sabemos que el público nos espera”, explica.

“Cuando el público te espera, puedes superar obstáculos como que el escenario sea reducido o el suelo no sea del todo profesional”, prosigue.

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Olga, al igual que Antonina, se inició en la danza con seis años. El ballet es parte de su identidad, y también su terapia en medio de la guerra. “Yo espero que los espectadores que vienen a vernos sientan que entran en una atmósfera como de tiempos de paz, y puedan olvidar no sólo sus problemas, sino todo ese dolor”.

Antonina coincide con ella: “La gente puede venir y, al menos durante un par de horas, sumergirse en un mundo casi de cuento, quizá llorar o quizá reír, y eso también es terapia”, asegura.

El espectáculo debe continuar

Mientras se desarrolla la conversación con Antonina y Olga, el público va llenando el sótano del teatro. Está a punto de comenzar La bella y la bestia. La adaptación es colosal… pero no la adaptación del libreto, sino la del nuevo espacio.

Los bailarines disponen de un escenario tres veces más pequeño que el de la sala principal. Los cambios de decorado se realizan por recovecos que no superan el metro de ancho. Y las 1.500 butacas destinadas al público se han sustituido por 400 sillas plegables.

Una de las encargadas de vestuario del Teatro de la Ópera y el Ballet de Járkiv ajusta el corsé de una de las bailarinas en los camerinos. María Senovilla

También la orquesta, que sin un foso dedicado se dispone al nivel del suelo, se ha reducido de 80 músicos a menos de 45. Pero el ambiente que se respira es cautivador. Hay muchos niños, expectantes, porque van a ver un cuento y a sus protagonistas. Hay gente joven y muy mayor, todos aprecian cada salto, cada punta, cada expresión.

“En esta función tenemos un momento en que bajamos del escenario y salimos hacia el público, como para estar un poco más cerca de ellos, algo interactivo. Vemos de cerca las sonrisas de los niños y nos dan las gracias. Siento que se inspiran con nuestro arte, así que creo que estamos haciendo algo bueno”, dice Olga, que interpreta al ama de llaves del castillo de la Bestia vestida con un exquisito traje rojo y un plumero multicolor entre las manos.

De una guerra a otra

El periplo por el que ha pasado el ballet de Járkiv en medio de esta guerra no es algo inédito. Igual que no lo son las guerras en Europa. Hay paralelismos muy curiosos, como la historia del ballet de Londres, que a lo largo del siglo XX no sólo sobrevivió a dos contiendas mundiales, sino que se consolidó gracias a ellas.

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Aunque muchos teatros cerraron por los bombardeos, en Inglaterra la danza se mantuvo en espacios pequeños alejados de los grandes escenarios, y fue vista como un entretenimiento moralmente necesario.

Tal y como está sucediendo ahora en Ucrania. La compañía británica salió a girar, no sólo por el extranjero, también por pequeñas ciudades e incluso bases militares. Se acercaron al pueblo, se reinventaron y el Estado les consideró un activo más para el país apoyándoles económicamente y fortaleciendo su existencia.

Dos bailarinas del ballet de Járkiv conversan detrás del escenario temporal construido en el sótano del teatro. María Senovilla

“Ahora nosotros también somos más fuertes —reflexiona Antonina—, a pesar de que queda muy poca gente en el cuerpo de ballet. Pero poco a poco estamos incorporando nuevos talentos, y el hecho de elegir quedarte en tu país, en tu ciudad, en tu teatro y con tu arte te convierte casi en un cíborg, en alguien muy fuerte”.

Una fortaleza de la que emana cada nota de música que sale del sótano del teatro, donde su personal ya trabaja para ampliar el repertorio porque “el público nos pide más”, aseguran. Y porque la danza se ha convertido en terapia, tanto para los bailarines como para los cientos de personas que acuden a verlos bajo tierra y bajo las bombas que siguen asediando Járkiv a diario.

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    Fuente original: Leer en El Español
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