Últimamente, el algoritmo de Instagram ha cambiado de registro. Donde antes dominaban las zapatillas de suela infinita y las sudaderas con logos que gritaban a kilómetros, ahora aparecen vídeos cinematográficos, martinis servidos en copas de cristal tallado y chicos de veinte años que parecen haber salido de un rodaje de finales de los años 50. Han dejado atrás el uniforme del hypebeast para vestir como Paul Newman en un yate por la Riviera o como un joven JFK Jr. en Martha’s Vineyard.
No es solo una elección de armario, es un síntoma. Como explica el medio CNN, estamos ante un cambio "intencional, definido por la moderación", donde los jóvenes alinean sus prendas con la forma en que quieren ser percibidos hoy: como hombres con un propósito y control. Pero tras esta fachada de pulcritud, se esconde una narrativa mucho más compleja sobre el miedo al futuro y una preocupante deriva ideológica que ha encontrado en la chaqueta Barbour su estandarte definitivo.
El cambio es palpable en los datos. Según el informe de tendencias de Lyst, la demanda global de los suéteres de cuarto de cremallera (quarter-zips) aumentó un 31% a finales de 2025. Del mismo modo, las búsquedas de los icónicos mocasines Le Loafer de Saint Laurent subieron un 66%. Pero si miramos más allá, los datos de la consultora tecnológica Heuritech son reveladores de este giro conservador: las búsquedas de botas de estética ecuestre han subido un 39% y los estampados de cuadros vichy, típicos de la década de los 50, han crecido un 33%. El lenguaje del éxito ya no es el streetwear disruptivo; ahora es el "lujo silencioso".
Esta tendencia ha saltado de las pasarelas al estilo de vida. Según Business Insider, la Generación Z está "asaltando" los campos de golf, un deporte que históricamente ha sido el patio de recreo de la élite madura. El interés ha subido un 30% desde 2016, y en 2023 más de 3,4 millones de jóvenes jugaron por primera vez. Ya no se trata solo de la ropa, sino de habitar los espacios de la exclusividad para, como señalan algunos expertos, no quedar fuera de las "conversaciones de negocios" que ocurren en los greens.
En Xataka
El heredero de Hermés ha echado cuentas y le faltan 14.000 millones de euros en su fortuna: LVMH es el principal sospechoso
Una pieza que marca el cambio
En este tablero de ajedrez estético, la pieza reina es la chaqueta Barbour. Nació 1894 para proteger a pescadores y marineros, pero ahora forma parte de una seña de identidad distinta. Margaret Barbour entendió en los 80 que el futuro de la marca pasaba por capitalizar su conexión con el Old Money, logrando que la reina Isabel II y el entonces príncipe Carlos la convirtieran en el símbolo de la aristocracia rural británica.
En España, este regreso ha tomado una forma específica: se ha convertido en la fiebre estética de los chavales de derechas. Lo que antes era una prenda funcional para el campo, es hoy un símbolo de estatus en la ciudad que separa visualmente a quienes añoran un orden tradicional de quienes siguen las modas transitorias. El Barbour, con su olor a parafina y su forro de tartán, funciona como una armadura que proyecta estabilidad y pertenencia a una clase, incluso si el que la lleva no posee una hectárea de tierra.
Este giro no ocurre en el vacío. Coincide con lo que académicos como Vivek Chibber definen como el ocaso del "wokismo". Tras años en los que las marcas se volcaron en el activismo social (del Black Lives Matter a las campañas trans de Bud Light), el péndulo ha oscilado con fuerza hacia el lado conservador. Las corporaciones están desmantelando sus programas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) para evitar boicots y alinearse con un electorado que rechaza la "corrección política".
Como analiza Nesrine Malik en su columna para The Guardian, la caída de lo woke se debe en gran medida a su "captura por parte de las élites". Para Malik, la clase patricia secuestró las políticas de identidad, convirtiendo la justicia social en un ejercicio de gestos simbólicos y lenguaje elitista (como el uso de Latinx o los pronombres en las bios) que terminó alienando a la clase trabajadora. Esta "versión diluida y flácida" de la justicia social, creada a imagen y semejanza de los privilegiados, ha provocado un rechazo masivo. En este escenario, la juventud ya no busca "aliados", sino figuras de autoridad y marcas que, como Barbour, representen una herencia tangible y sin ambigüedades morales. La colaboración de Barbour con Chloé es el certificado de defunción de la vanguardia progre: la estética del privilegio es ahora el único valor refugio.
Una jerarquía de exclusión
Lo que antes conocíamos simplemente como estilo preppy, para la Generación Z es ahora, según define GQ, "un personaje que puedes interpretar". Inspirados por figuras como Dickie Greenleaf en El talento de Mr. Ripley, los jóvenes buscan prendas que "revelen que tienes, como mínimo, un yate aparcado en el puerto".
Sin embargo, esta interpretación tiene una "cara B" ideológica. En su investigación académica The Fascist Potential of the 'Old Money' Trend, la investigadora Veronica Bezold advierte que la estética no es solo nostalgia inocente. Bezold señala que el contenido Old Money en redes sociales a menudo retrata el "dinero nuevo" —fortunas tecnológicas o ligadas a minorías— como algo "vulgar". Al glorificar la "pureza" del linaje y la riqueza heredada, Bezold argumenta que la tendencia estetiza el neoliberalismo y conecta con narrativas de exclusión de derecha radical. Se valida así una jerarquía social donde el valor de una persona depende de su origen y no de su esfuerzo, alimentando una amnesia histórica sobre un pasado que solo fue "dorado" para unos pocos.
La pregunta que subyace de todo esto es: ¿por qué una generación que vive en desigualdad económica se viste como la clase que arruinó su futuro? La respuesta es sociológica. Un reportaje en Curation Edit describen este fenómeno como "cosplay de supervivencia". En un mercado inmobiliario inaccesible y una economía de bolos (gig economy), vestir como un heredero es una forma de reclamar una estabilidad que no poseen. "Si no puedes comprar una casa, al menos puedes comprar unos pantalones color crema que digan que podrías hacerlo", señalan.
Pero hay un componente de poder más profundo. Como explica Martina Porta en su tesis académica L'habitus della politica, el guardarropa es una herramienta de comunicación institucional que construye una imagen de autoridad. Al adoptar este estilo, el joven Gen Z busca integrarse en el habitus de las clases dominantes para parecer "competente" y "empleable" en un sistema cada vez más rígido. Es una estrategia de mimetismo: si no puedes vencer al sistema, vístete como su dueño. Es, en palabras de Morgan Housel en Fortune, una forma de doom spending (gasto del juicio final): al no tener acceso a la propiedad, se gasta en objetos de estatus para demostrar que "se está haciendo el trabajo" de optimizarse a uno mismo.
El retorno de la "hiper-masculinidad"
Este giro estético no es neutral en términos de género. Como analiza Madeleine Schulz en su columna para Vogue, estamos presenciando una vuelta a valores ultra-generizados. El auge del conservadurismo político ha traído consigo el declive del babygirl man —ese hombre que experimentaba con estéticas fluidas—. Ahora, el hombre Gen Z busca una imagen de autoridad y "preparación".
Según Dan Hastings-Narayanin, de The Future Laboratory, explica que el interés por el looksmaxxing (maximizar el atractivo físico mediante técnicas obsesivas) y deportes de resistencia como el Ironman responde a un sentimiento de crisis geopolítica. Lo que la experta Abha Ahad define como una especie de "eugenesia sofisticada" (yassified eugenics), busca rasgos simétricos y eurocéntricos que refuercen un ideal de belleza tradicional y excluyente.
No es el traje de un hombre libre, es la armadura de un hombre asustado. Los jóvenes están construyendo cuerpos y armarios "capaces de resistir y luchar". Es la estética de la disciplina frente al caos global, la sumisión disfrazada de sofisticación.
Además, el mercado está reforzando este fenómeno. Si los jóvenes quieren estatus pero no tienen capital, la industria les vende el "envoltorio". Un ejemplo radical es la nueva estrategia de Inditex. Zara ha reabierto su tienda en la Avenida Diagonal de Barcelona convertida en una "boutique de autor" diseñada por Vincent Van Duysen.
El movimiento es revelador. El precio de la ropa es el mismo, pero el entorno emula un hogar de lujo o un museo. Como analiza mi compañero Javier Lacort, bajo la presidencia de Marta Ortega, Zara busca alejarse del estigma del fast fashion para acercarse al "fast couture". Es el intento definitivo de vender estatus: adoptar los códigos visuales de Chanel o Louis Vuitton —firmando con arquitectos de renombre— pero manteniendo precios accesibles. Para el joven de la Gen Z, comprar en una boutique de autor es la validación final de su performance de heredero, una palmadita en la espalda del capitalismo a su nueva deriva conservadora.
Estamos ante un cambio de paradigma. Este nuevo conservadurismo ha matado incluso tendencias recientes como la "Office Siren", sustituyéndola por una "normalización" que busca refugio en lo básico, lo discreto y lo seguro. La moda actúa hoy como un "indicador de recesión", donde la audacia es sustituida por la cautela.
Lo que es innegable es que la masculinidad de 2026 ha decidido que prefiere parecer "competente" antes que "vanguardista". El hombre joven hoy se pone una americana azul marino o una chaqueta Barbour no porque vaya a heredar una fortuna, sino porque en un mundo que se desmorona, vestir como si supieras a dónde vas es la única forma de sentir que tienes el control. En un giro irónico y triste, la rebeldía de esta generación ya no consiste en romper las reglas, sino en pedir permiso para entrar al club de quienes las escribieron. Al final, el Old Money no es más que el uniforme de una rendición: la de una juventud que, ante la imposibilidad de cambiar el sistema, ha decidido que es más seguro —y más instagrameable— convertirse en su decoración más clásica.
Imagen | Rydale Clothing
Xataka | Zara llevaba años vendiendo ropa. Lo que acaba de abrir en Barcelona es su primer intento de vender estatus
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La noticia
Barbour, club de campo y estética del heredero: los hombres de la Gen Z están abrazando vestirse de "old money"
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
.
Barbour, club de campo y estética del heredero: los hombres de la Gen Z están abrazando vestirse de "old money"
De los algoritmos de las redes sociales a las pasarelas de alta costura, una nueva masculinidad basada en la restricción y la nostalgia está sustituyendo al streetwear
Últimamente, el algoritmo de Instagram ha cambiado de registro. Donde antes dominaban las zapatillas de suela infinita y las sudaderas con logos que gritaban a kilómetros, ahora aparecen vídeos cinematográficos, martinis servidos en copas de cristal tallado y chicos de veinte años que parecen haber salido de un rodaje de finales de los años 50. Han dejado atrás el uniforme del hypebeast para vestir como Paul Newman en un yate por la Riviera o como un joven JFK Jr. en Martha’s Vineyard.
No es solo una elección de armario, es un síntoma. Como explica el medio CNN, estamos ante un cambio "intencional, definido por la moderación", donde los jóvenes alinean sus prendas con la forma en que quieren ser percibidos hoy: como hombres con un propósito y control. Pero tras esta fachada de pulcritud, se esconde una narrativa mucho más compleja sobre el miedo al futuro y una preocupante deriva ideológica que ha encontrado en la chaqueta Barbour su estandarte definitivo.
El cambio es palpable en los datos. Según el informe de tendencias de Lyst, la demanda global de los suéteres de cuarto de cremallera (quarter-zips) aumentó un 31% a finales de 2025. Del mismo modo, las búsquedas de los icónicos mocasines Le Loafer de Saint Laurent subieron un 66%. Pero si miramos más allá, los datos de la consultora tecnológica Heuritech son reveladores de este giro conservador: las búsquedas de botas de estética ecuestre han subido un 39% y los estampados de cuadros vichy, típicos de la década de los 50, han crecido un 33%. El lenguaje del éxito ya no es el streetwear disruptivo; ahora es el "lujo silencioso".
Esta tendencia ha saltado de las pasarelas al estilo de vida. Según Business Insider, la Generación Z está "asaltando" los campos de golf, un deporte que históricamente ha sido el patio de recreo de la élite madura. El interés ha subido un 30% desde 2016, y en 2023 más de 3,4 millones de jóvenes jugaron por primera vez. Ya no se trata solo de la ropa, sino de habitar los espacios de la exclusividad para, como señalan algunos expertos, no quedar fuera de las "conversaciones de negocios" que ocurren en los greens.
En este tablero de ajedrez estético, la pieza reina es la chaqueta Barbour. Nació 1894 para proteger a pescadores y marineros, pero ahora forma parte de una seña de identidad distinta. Margaret Barbour entendió en los 80 que el futuro de la marca pasaba por capitalizar su conexión con el Old Money, logrando que la reina Isabel II y el entonces príncipe Carlos la convirtieran en el símbolo de la aristocracia rural británica.
En España, este regreso ha tomado una forma específica: se ha convertido en la fiebre estética de los chavales de derechas. Lo que antes era una prenda funcional para el campo, es hoy un símbolo de estatus en la ciudad que separa visualmente a quienes añoran un orden tradicional de quienes siguen las modas transitorias. El Barbour, con su olor a parafina y su forro de tartán, funciona como una armadura que proyecta estabilidad y pertenencia a una clase, incluso si el que la lleva no posee una hectárea de tierra.
Este giro no ocurre en el vacío. Coincide con lo que académicos como Vivek Chibber definen como el ocaso del "wokismo". Tras años en los que las marcas se volcaron en el activismo social (del Black Lives Matter a las campañas trans de Bud Light), el péndulo ha oscilado con fuerza hacia el lado conservador. Las corporaciones están desmantelando sus programas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) para evitar boicots y alinearse con un electorado que rechaza la "corrección política".
Como analiza Nesrine Malik en su columna para The Guardian, la caída de lo woke se debe en gran medida a su "captura por parte de las élites". Para Malik, la clase patricia secuestró las políticas de identidad, convirtiendo la justicia social en un ejercicio de gestos simbólicos y lenguaje elitista (como el uso de Latinx o los pronombres en las bios) que terminó alienando a la clase trabajadora. Esta "versión diluida y flácida" de la justicia social, creada a imagen y semejanza de los privilegiados, ha provocado un rechazo masivo. En este escenario, la juventud ya no busca "aliados", sino figuras de autoridad y marcas que, como Barbour, representen una herencia tangible y sin ambigüedades morales. La colaboración de Barbour con Chloé es el certificado de defunción de la vanguardia progre: la estética del privilegio es ahora el único valor refugio.
Una jerarquía de exclusión
Lo que antes conocíamos simplemente como estilo preppy, para la Generación Z es ahora, según define GQ, "un personaje que puedes interpretar". Inspirados por figuras como Dickie Greenleaf en El talento de Mr. Ripley, los jóvenes buscan prendas que "revelen que tienes, como mínimo, un yate aparcado en el puerto".
Sin embargo, esta interpretación tiene una "cara B" ideológica. En su investigación académica The Fascist Potential of the 'Old Money' Trend, la investigadora Veronica Bezold advierte que la estética no es solo nostalgia inocente. Bezold señala que el contenido Old Money en redes sociales a menudo retrata el "dinero nuevo" —fortunas tecnológicas o ligadas a minorías— como algo "vulgar". Al glorificar la "pureza" del linaje y la riqueza heredada, Bezold argumenta que la tendencia estetiza el neoliberalismo y conecta con narrativas de exclusión de derecha radical. Se valida así una jerarquía social donde el valor de una persona depende de su origen y no de su esfuerzo, alimentando una amnesia histórica sobre un pasado que solo fue "dorado" para unos pocos.
La pregunta que subyace de todo esto es: ¿por qué una generación que vive en desigualdad económica se viste como la clase que arruinó su futuro? La respuesta es sociológica. Un reportaje en Curation Editdescriben este fenómeno como "cosplay de supervivencia". En un mercado inmobiliario inaccesible y una economía de bolos (gig economy), vestir como un heredero es una forma de reclamar una estabilidad que no poseen. "Si no puedes comprar una casa, al menos puedes comprar unos pantalones color crema que digan que podrías hacerlo", señalan.
Pero hay un componente de poder más profundo. Como explica Martina Porta en su tesis académica L'habitus della politica, el guardarropa es una herramienta de comunicación institucional que construye una imagen de autoridad. Al adoptar este estilo, el joven Gen Z busca integrarse en el habitus de las clases dominantes para parecer "competente" y "empleable" en un sistema cada vez más rígido. Es una estrategia de mimetismo: si no puedes vencer al sistema, vístete como su dueño. Es, en palabras de Morgan Housel en Fortune, una forma de doom spending (gasto del juicio final): al no tener acceso a la propiedad, se gasta en objetos de estatus para demostrar que "se está haciendo el trabajo" de optimizarse a uno mismo.
El retorno de la "hiper-masculinidad"
Este giro estético no es neutral en términos de género. Como analiza Madeleine Schulz en su columna para Vogue, estamos presenciando una vuelta a valores ultra-generizados. El auge del conservadurismo político ha traído consigo el declive del babygirl man —ese hombre que experimentaba con estéticas fluidas—. Ahora, el hombre Gen Z busca una imagen de autoridad y "preparación".
Según Dan Hastings-Narayanin, de The Future Laboratory, explica que el interés por el looksmaxxing (maximizar el atractivo físico mediante técnicas obsesivas) y deportes de resistencia como el Ironman responde a un sentimiento de crisis geopolítica. Lo que la experta Abha Ahad define como una especie de "eugenesia sofisticada" (yassified eugenics), busca rasgos simétricos y eurocéntricos que refuercen un ideal de belleza tradicional y excluyente.
No es el traje de un hombre libre, es la armadura de un hombre asustado. Los jóvenes están construyendo cuerpos y armarios "capaces de resistir y luchar". Es la estética de la disciplina frente al caos global, la sumisión disfrazada de sofisticación.
Además, el mercado está reforzando este fenómeno. Si los jóvenes quieren estatus pero no tienen capital, la industria les vende el "envoltorio". Un ejemplo radical es la nueva estrategia de Inditex. Zara ha reabierto su tienda en la Avenida Diagonal de Barcelona convertida en una "boutique de autor" diseñada por Vincent Van Duysen.
El movimiento es revelador. El precio de la ropa es el mismo, pero el entorno emula un hogar de lujo o un museo. Como analiza mi compañero Javier Lacort, bajo la presidencia de Marta Ortega, Zara busca alejarse del estigma del fast fashion para acercarse al "fast couture". Es el intento definitivo de vender estatus: adoptar los códigos visuales de Chanel o Louis Vuitton —firmando con arquitectos de renombre— pero manteniendo precios accesibles. Para el joven de la Gen Z, comprar en una boutique de autor es la validación final de su performance de heredero, una palmadita en la espalda del capitalismo a su nueva deriva conservadora.
Estamos ante un cambio de paradigma. Este nuevo conservadurismo ha matado incluso tendencias recientes como la "Office Siren", sustituyéndola por una "normalización" que busca refugio en lo básico, lo discreto y lo seguro. La moda actúa hoy como un "indicador de recesión", donde la audacia es sustituida por la cautela.
Lo que es innegable es que la masculinidad de 2026 ha decidido que prefiere parecer "competente" antes que "vanguardista". El hombre joven hoy se pone una americana azul marino o una chaqueta Barbour no porque vaya a heredar una fortuna, sino porque en un mundo que se desmorona, vestir como si supieras a dónde vas es la única forma de sentir que tienes el control. En un giro irónico y triste, la rebeldía de esta generación ya no consiste en romper las reglas, sino en pedir permiso para entrar al club de quienes las escribieron. Al final, el Old Money no es más que el uniforme de una rendición: la de una juventud que, ante la imposibilidad de cambiar el sistema, ha decidido que es más seguro —y más instagrameable— convertirse en su decoración más clásica.