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Cómo el libre comercio puede protegernos de El Niño

Cómo el libre comercio puede protegernos de El Niño
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Los impactos climáticos se han ido volviendo menos dañinos con el tiempo. Leer
Financial TimesCómo el libre comercio puede protegernos de El Niño
  • ALAN BEATTIE
Actualizado 3 SEP. 2026 - 15:36Un agricultor planta arroz en la provincia de Yunnan, en China.BLOOMBERG NEWSEXPANSIONSeguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

Los impactos climáticos se han ido volviendo menos dañinos con el tiempo.

Se acerca, estemos preparados o no. La comunidad científica coincide cada vez más: este último episodio del fenómeno meteorológico de El Niño será el más intenso que se recuerda.

Con El Niño ya presente y ante las previsiones de que alcanzará su apogeo a finales de año, los factores agravantes se han intensificado en tan solo unas semanas. Los precios de los alimentos, que antes se mantenían relativamente estables a pesar de la escasez de petróleo y fertilizantes derivada de la guerra con Irán, se han disparado desde mediados de agosto, debido a los ataques rusos contra el transporte marítimo ucraniano y viceversa, que han afectado a los envíos de cereales en el Mar Negro. Las sequías en el hemisferio norte han puesto de manifiesto cómo el cambio climático crea y amplifica los impactos.

Entonces, ¿hasta qué punto está preparado el mundo, y concretamente sus sistemas alimentarios, para un El Niño de gran magnitud? Las sequías, inundaciones y tormentas causarán graves daños a nivel local, pero la devastación generalizada puede limitarse siempre que los gobiernos permitan el funcionamiento de los mercados internacionales de alimentos e intervengan únicamente cuando sea necesario.

No es la ferocidad de un fenómeno meteorológico lo que mata a las personas, sino la falta de preparación para afrontarlo. La destrucción y las hambrunas que siguieron al tristemente célebre El Niño de 1877-78 causaron la muerte de 50 millones de personas de una población mundial de aproximadamente 1.400 millones en aquel entonces.

Más de un siglo después, gracias al aumento de la productividad agrícola y al fortalecimiento de la capacidad estatal, el episodio de 1997-98, probablemente el más grave del siglo XX, causó la muerte de tan solo 22.000 personas a causa de sequías e inundaciones, menos del 0,001% de la población mundial de la época.

Una lección de los episodios recientes es la importancia del comercio internacional. El impulso proteccionista hacia la autosuficiencia alimentaria, generalmente una mala idea, resulta especialmente imprudente durante un episodio de El Niño. El fenómeno tiene poco de simétrico: hay sequías en un lugar, inundaciones en otro; malas cosechas en un país, aumentos en el rendimiento de los cultivos en otros. El comercio puede equilibrar la producción y el consumo entre naciones.

El fenómeno de El Niño de 1997-98 perturbó la agricultura en toda Asia, en concreto el cultivo de arroz, un momento especialmente inoportuno dado que una crisis financiera asolaba gran parte del continente. La producción de arroz en Bangladesh, un país densamente poblado, cayó un 20 %.

Aunque las inundaciones y la hambruna subsiguiente en la década de 1970 causaron la muerte de aproximadamente 1,5 millones de personas en el país, el número de fallecidos en 1997-98 resultó ser muy inferior.

En la década de 1970, Bangladesh carecía de la capacidad para importar rápidamente a gran escala, y Estados Unidos retuvo los envíos de cereales debido a sus vínculos con la Cuba comunista. Sin embargo, a finales de la década de 1990, tras la liberalización del comercio de alimentos, Bangladesh importó arroz de India, estabilizando así los precios y evitando la hambruna.

En un artículo sobre el episodio, Paul Dorosh, del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias en Washington, argumentó que, si bien la productividad agrícola nacional a largo plazo era importante, el comercio podía desempeñar un papel fundamental durante las emergencias. Investigaciones posteriores llegaron a la misma conclusión en el África subsahariana, donde el factor más importante para mitigar las crisis era el volumen de las importaciones, más que la proximidad de los socios comerciales.

Es probable que esta asimetría se repita en esta ocasión. La producción de alimentos en Centroamérica y el norte de Brasil seguramente se verá afectada por las sequías, pero el aumento de la producción de maíz y soja, debido a las mayores precipitaciones en el sur de Brasil y Argentina, probablemente lo compense.

En general, los gobiernos deberían mantenerse al margen y permitir que los mercados alimentarios internacionales funcionen, pero desempeñan un papel fundamental en la preparación y respuesta ante las crisis.

El Programa Mundial de Alimentos de la ONU y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) han lanzado un llamamiento para que se adopten medidas preventivas ante la llegada de El Niño. Resulta sorprendente la precisión de sus planes, centrados en tan solo 8,8 millones de personas particularmente vulnerables en 22 países y con un modesto presupuesto de 202 millones de dólares. Los países también están preparando sus propias respuestas concretas. Brasil, por ejemplo, ha contratado a 4.600 personas para combatir los incendios forestales.

En un informe de 2021, la CMNUCC señaló que, aunque el número de desastres climáticos registrados se había quintuplicado en los últimos 50 años, gracias a los sistemas de alerta temprana, el número total de muertes causadas por estos desastres se había reducido en aproximadamente dos tercios. El extraordinario episodio ocurrido la semana pasada en Nepal, donde una escuela con 900 alumnos se salvó de morir ahogada gracias a las llamadas telefónicas realizadas al director minutos antes de la inundación, demuestra el inmenso poder de la información precisa en el momento oportuno.

El Niño no es un apocalipsis inevitable. Es una prueba de estrés para la red comercial global y un sistema de respuesta a crisis cada vez más sofisticado. El Niño se acerca, pero es una amenaza que la humanidad puede gestionar, no un destino al que deba resignarse.

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Fuente original: Leer en Expansión
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