- CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN Sotogrande
El mayor accidente nuclear se agravó con miles de mentiras y un bloqueo de información.
El más grave accidente nuclear de la historia se produjo hace cuarenta años, el 26 de abril de 1986, en una localidad de la que pocos habían oído hablar, pero que el mundo no olvidaría. Tuvo lugar en la entonces República Socialista Soviética de Ucrania, en la central más grande del mundo, la de Chernóbil.
En el año 2019 HBO emitió una excelente miniserie creada por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck, que reconstruye la tragedia. Sus primeras palabras son: "¿Cuál es el coste de las mentiras?". Es una acertada síntesis del comunismo, que es mentiroso en su esencia, como denunciaría Václav Havel.
Boris Cimorra, escritor español nacido en Moscú, recordó en El Imparcial que, aunque entonces ya había empezado el giro que Gorbachov imprimió a la URSS, "los dirigentes regionales y locales todavía seguían con el hábito de mentir y engañar a su pueblo, practicado en la Unión Soviética durante los 70 años del gobierno comunista".
La falta de transparencia también incluyó al gobierno central moscovita, lo cual afectó a toda la cadena de mando, lo que provocó "víctimas y daños añadidos que podían haber sido evitados si la información no hubiera sido ocultada y las medidas necesarias se hubieran tomado sin retraso". Pero la evacuación de la población más cercana a la central se demoró un día y medio. Y a esa población "tampoco les avisaron de la gravedad de la situación". Nunca más volverían a sus hogares. "El bloqueo informativo impuesto por las autoridades ucranianas durante la primera semana posterior al accidente fue casi absoluto. Incluso, arriesgando la salud de los millones de sus ciudadanos, las autoridades locales no suspendieron los festejos masivos al aire libre".
Todo estaba conectado con la sistemática mentira socialista, empezando porque la propaganda soviética sobre la inferioridad del capitalismo dependía de la energía barata, que solo brindaba la nuclear, pero la URSS, carente de los recursos de los países capitalistas, recurrió a las plantas más baratas posibles y con mayores riesgos.
Denuncia Cimorra: "la propaganda de los grandes logros de la economía socialista estaba por encima del riesgo para las vidas humanas de sus ciudadanos. Muy típico de un régimen totalitario como era el de la URSS". Se había producido unos años antes un accidente similar en una central estadounidense "pero allí no se llegó a una explosión del reactor, precisamente porque la central tenía un diseño más seguro y automatizado".
Las consecuencias humanas del accidente y las mentiras que lo rodearon fueron terribles: más de 4.000 personas murieron de cáncer provocado por la radiación recibida.
En el plano político, como escribió Alberto Rojas en El Mundo, la fatídica explosión de Chernóbil "minó la confianza pública: de pronto, el riesgo ya no parecía abstracto ni lejano. A partir de entonces, muchos gobiernos europeos endurecieron regulaciones, paralizaron proyectos o sometieron el desarrollo nuclear a un escrutinio político mucho mayor. Países como Italia votaron en referéndum el abandono nuclear en 1987, mientras otros como Alemania iniciaron un largo proceso de cuestionamiento que décadas después desembocaría en el cierre progresivo de sus centrales".
Es cierto que otros países, empezando por Francia, mantuvieron la apuesta nuclear, pero el freno fue evidente, y desde entonces se construyeron pocos reactores nuevos, en una reacción que fue potenciada después del accidente de Fukushima. Apunta Rojas: "Europa ha pasado de construir decenas de reactores por década a apenas un puñado en 30 años, con largos parones de más de una década sin nuevas centrales en varios países. Chernóbil no acabó con la energía nuclear en Europa, pero sí rompió su inercia energética". Si hoy se plantea un renacimiento nuclear "es, en realidad, un intento de revertir tres décadas de parálisis más que de expansión".
El oneroso coste económico, político y de credibilidad que representó para la Unión Soviética la explosión de Chernóbil contribuyó a liquidar el comunismo, al dificultar su reforma gradual. Amador Guallar recordó en La Razón que en 2006 el propio Gorbachov confesó que Chernóbil "fue la verdadera causa del colapso de la Unión Soviética".
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